EN LA LONA (294)

Antes fui un luchador

de los que hicieron la historia,
buena o mala,
pero dolorosamente cierta:
La verdadera historia.

Mucho antes, 
fui un espermatozoide
que navegó por los sueños
de un pepino donjuanezco
y galán radioteatrero
que hoy no entiende la magia
tecnotrónica
de finales de siglo.

Y mucho antes, aun,
un sueño libertario
de mendrugos satisfechos
asturianos y mafiosos
que se encuentran, por milagro,
a la vuelta de este río
sin la plata suficiente
para ser un buen espejo.

Fuente de la imagen

Todo eso, fui antes,
y antes de antes,
hay vestigios,
documentos
y alguna que otra
declaración de principios.

El punto es,

qué diablos soy ahora:
mendrugo libertario
espermatozoide alienado
o un luchador en la lona.

*** Daniel Omar Granda ***

LA BITÁCORA DEL NAUFRAGIO – OLIMPO (292) [PARTE 03/12]

La República Argentina, desde 1930 hasta 1983, fue azotada por golpes militares violentos, que derrocaban las democracias republicanas surgidas de elecciones libres. Esa es la triste historia de mi país, lamentablemente. Tampoco vale afirmar que han sido “solamente” las fuerzas militares quienes cometían esos atropellos; en general, eran apoyadas por diversos sectores de la sociedad: Partidos políticos, Iglesia, Sindicalistas y hasta el propio Partido Comunista. Pero sin lugar a dudas, durante el golpe sangriento del período: 1976/1983, llegamos a conocer el peor rostro de nuestra sociedad. Miles de Centros de Detención y Torturas Clandestinas, se instalaron en todo el territorio nacional. La tortura como método y la “desaparición forzada de personas” fueron aplicadas sin piedad con un saldo de 30.000 desaparecidos; cientos de niños secuestrados o nacidos en cautiverio, que al día de hoy se los sigue buscando; miles de muertos y un incalculable número de prisioneros que, si tenían suerte, eran blanqueados en las cárceles. Pero aquellos que consideraban demasiado íntegros y que no iban a delatar aportando algún dato; terminaban en una fosa común o tirados vivos desde los aviones en medio del Río de la Plata. Estos y muchos más son los atroces hechos ocurridos hasta el advenimiento de la democracia con el Dr. Raúl Alfonsín en 1983.

La historia la conocen y “La bitácora del Naufragio” pretende homenajear a aquellos que perdieron sus vidas durante dicho período. Los personajes son arquetipos de los diversos argentinos que murieron luchando en esta gesta y de su propia épica. Aunque argentino, mis abuelos paternos son asturianos y agradezco la posibilidad de dar a conocer estos cuentos en #memoriasdeundestierro. La idea es publicar un cuento de la “Bitácora” quincenalmente, hasta completar la totalidad de ellos con el cuento de “La noche”, que describe acabadamente la mentalidad propia del torturador.

Daniel Granda 26/12/2020

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OLIMPO (292)

La Federación de box estaba repleta. Si se lograba dar ese arreglo hacia la unidad de la juventud peronista, se consolidaba un frente político fenomenal. Alberto Brito Lima y los compañeros de la Guardia de Hierro me habían advertido que no me arrimara tanto para la zurda, que el general tenía sus reservas, pero a mí no me importaba. Había que lograr la unidad del movimiento y eso sólo era posible luchando todos juntos contra los milicos que decían que al Viejo no le daba el cuero para volver, lo demás vendría por añadidura, éramos peronistas. Esa noche, entre los oradores, hacía su debut el candidato a gobernador por la provincia de La Rioja, un petizo patilludo que imitaba a Facundo Quiroga y que para la izquierda era de derecha y para la derecha del peronismo, estaba entongado con los sectores de la zurda. Los bombos sonaban cada vez más fuerte acompañando la palabra subida de tono o dicha con doble sentido. Luche y vuelve era la consigna. Una genialidad de la inventiva popular. Nada más claro, nada más simple. Si esta síntesis no lograba que los sectores de la izquierda y de la derecha trabajaran por un objetivo que les era común, nada lograría la unidad del movimiento. Al gritar como desaforados la estrofa final del Himno Nacional: “O juremos con gloria morir”, sentimos que todo comenzaba.

Mi casa era un despelote como el movimiento peronista. Mi vieja entendía, más o menos, eso de que había que jugarse de una vez por todas y tomar al toro por las astas pero en lo de Margarita, mi mujer, las cosas eran distintas. Las opiniones políticas eran de la más rancia ortodoxia peronista y estaban peleados a muerte con cualquiera que cuestionara el liderazgo del general. Ya me empezaron a mirar raro cuando me descolgué con el comentario de que Augusto Timoteo Vandor había querido jugarse la personal y cuando insinué que el movimiento necesitaba democratizarse, para que las bases se pudieran expresar, me hicieron la cruz. Creo que ese mismo día mi suegra se juramentó mandarme en cana. En ese entonces no podía.

Nuestra pareja fue sufriendo las transformaciones del movimiento, de derecha a izquierda. Al principio militábamos en la unidad básica del barrio, en parte por tradición familiar y en gran parte porque necesitábamos sentir que hacíamos algo para cambiar las cosas que pasaban. Con el tiempo nos fuimos comprometiendo más seriamente en lo que hacíamos y Margarita distanciándose del riñón de su familia, que por supuesto, no podían admitir que eran sus propias opciones y me culpaban irremediablemente por todo su proceso. Nuestro matrimonio fue intenso y urgente como los tiempos que corrían y más de una vez, me pregunté cómo fue que la perdí. Cuando tuvimos al pibe andábamos de maravillas, hasta recuerdo lo contenta que se puso cuando acepté que se llamara Gustavo como su viejo. Después, cuando quedó embarazada de la nena, ya veníamos mal. En todo sentido veníamos mal. A mí me costaba entender algunas cosas que pasaban, en cambio ella era como la madre, tozuda, pero pateando para el otro arco. Una vez que se le metía algo en la cabeza era muy difícil que cambiara de opinión.

No sé si nuestras primeras peleas fueron personales o políticas. A veces, por ser políticas, las convertíamos en agrias discusiones personales y otras, por el contrario, por no aceptar que eran personales, las llevábamos al plano de las diferencias políticas. Lo que sé es que cuando nació Martita, la cosa ya no daba para más y nos separamos. Nosotros nos fuimos arreglando pero a los chicos les hicimos mucho daño. Después de un tiempo, Margarita se juntó con otro compañero y los pibes mejoraron. Un buen tipo. En ese entonces fue difícil para mí unir todos los pedazos, mi matrimonio roto, los niños, mis dudas sobre lo que hacíamos, los compañeros de la infancia en la vereda de enfrente. Junto con el matrimonio se me fueron al tacho de la basura las viejas ilusiones de un movimiento sin agachadas. No aguanté más y me fui del país.

“La casa estaba rodeada y la zona liberada. No había salidas posibles ni posibilidad de resistencia. Margarita sólo atinó a proteger a los niños metiéndolos debajo de una vieja mesa de madera, echados de boca contra el piso, recibieron la primera descarga. Cuando una mano los izó de los cabellos arrastrándolos hacia la calle, supieron del llanto. Su madre, abrazada al pavimento, en su último intento logró desviar de ellos el tiroteo”.

Cuando supe lo de ella, no soporté más el exilio. Decidimos regresar de inmediato con mi nueva compañera y hacernos cargo de mis hijos. Al principio fue difícil, sobre todo con la nena. Martita se había pegado mucho a mi vieja durante todo ese tiempo, pero Beba es una mina de fierro y se los fue ganado de a poco con mucho cariño y paciencia. A Gustavo me lo llevaba de viaje a menudo y charlábamos hasta por los codos. Creo que le gustaba mi trabajo pero nunca me quiso contar lo que pasó aquella noche con su madre, era como si la hubiese borrado de su mente. No quise forzarlo pero, desde entonces, se despierta aterrado por las noches y tengo que apretarlo muy fuerte contra mí para que se calme.

Es muy duro para nuestros hijos tener que aceptar esta realidad y muy cruel para nosotros no poder ofrecerles otras opciones. Nunca tuve dudas de que el mundo que soñamos es cien veces mejor por igualitario, solidario, justo, sin exclusiones sociales, para todos las mismas oportunidades y utópico, sin duda alguna. La gran pregunta es si estamos dispuestos a pagar los costos para alcanzarlo. No hay otra forma de entenderlo sino a través de la ideología y ésta, a veces, entra en franca contradicción con nuestras propias tripas. Estando en el exilio, extrañaba e idealizaba a mis hijos sabiendo que Margarita los protegería y los cuidaría como buena madraza que era, hasta que llegó la noticia de su fusilamiento y entonces, ya no me sirvieron ni mis propias palabras en aquel viejo poema: […] “Los hijos de la guerra, crecen aunque no quieran” […]. Tenía que volver, hacerme cargo de ellos, protegerlos, darles la frágil seguridad de una vida insegura. Al menos, poder abrazarlos muy fuerte cuando sintieran el miedo.

“Se presentaron de repente. En un rápido operativo dos coches cortaron las intersecciones de la calle y de un tercero, personal con ropa de fajina, irrumpió en la vivienda. Gustavo dio un grito y se tapó la cabeza. Marta, que jugaba con los cubos, empezó a sollozar. Beba se asomó por detrás de la cocina para ver que estaba pasando y el culatazo de un Fal le cruzó la cara. Él no estaba. Dieron vuelta la casa revisándolo todo mientras se iban quedando con los objetos personales que tuvieran algún valor y como eran mercenarios, el saqueo estaba incluido en la paga.

A los tres los sacaron a empujones mientras los subían al Falcon. A Beba, encapuchada, la acostaron en el piso del auto mientras le daban algunas patadas. A los chicos los dejaron por el camino, sin que nadie interviniera. Una milagrosa vecina los reconoció y se los llevó a su abuela”.

Fue un golpe muy duro que la chuparan a Beba. El precario andamiaje de legalidad que había logrado construir por entonces, se me fue al diablo. Vivía del corretaje de máquinas y herramientas para talleres y pequeñas industrias que me había conseguido un amigo de la infancia. Me tuve que borrar para no poner en peligro a gente con buena intención que todo lo que hacían era por gauchada. Nobleza obliga. Decidí que no me iban a quebrar y empecé a frecuentar los cafés de los buscas y salía a vender por la calle, o puerta a puerta, las ofertas de la mercadería del día. Broches, pilas, lápices y lapiceras, una cajita con cincuenta carretes de hilo de coser, sábanas, cubrecamas, magiclik, encendedores y las chucherías que pudieran aparecer y uno cargarlas en un bolso. Si miraba para atrás se me llenaban los ojos de lágrimas pero estaba decidido a salir del pozo. Entonces creía que más abajo no podía caer y me equivoqué nuevamente.

Durante todo ese tiempo vivía en una piecita alquilada en un conventillo de Morón. Sabía que no debía ir a la casa de mi vieja y mucho menos quedarme a dormir, pero los chicos tienen mucho miedo y sufrieron bastante, pobrecitos. Era posible que controlaran la casa porque me andaban buscando, pero se los prometí y esta noche me quedo con ellos.

Cuando la puerta de calle recibió un escopetazo y después una patada, yo sabía que era inútil resistirme, para qué. Lo único que alcancé a ver, antes de que me pusieran la capucha, fueron los ojos de Gustavo. ¡No hijo, ni lo pienses! No es tu culpa, ni la mía, ni de ella. Tenía que ser. No, no es tu culpa.

Desperté en un vómito. Me dolía terriblemente la cabeza y una insoportable puntada en el bajo vientre me recordaba la sesión de picana de la noche anterior. Quise incorporarme y un nuevo vómito me contuvo. Estaba encadenado a la pata de una cama y maniatado, no podía sacarme la capucha que me ahogaba. La tanteé con la cabeza y comprendí que era sólo un elástico de malla para que la corriente eléctrica descargara a tierra. Las preguntas incesantes y las risas me martillaban la cabeza.

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-¿A quién conocés?

-¡Cantá, carajo!

-Te vamos a reventar como a la puta de tu mujer, pero no vas a tener su misma suerte. No va a ser tan rápido. Vas a pedir a gritos que te matemos.

-¿Dónde estuviste en Perú? ¿A quién viste? ¿Quién te bancaba? ¡Hablá, hijo de puta! ¡Hablá, carajo!

-Dale Julio, si ya lo sabemos todo. Sólo queremos confirmarlo. Para qué te vas a hacer amasijar. La Beba ya nos contó todo. Dale, hablá que después no te pegan más.

Beba, ¿qué pudo haberles contado? No, lo que pasa es que me quieren hacer pisar el palito. Beba es mi compañera. No, quieren quebrarme diciendo que ella les contó. ¿Qué les pudo contar? ¿Beba? ¡No!, no y no.

Sentí que con una pinza me agarraban de la lengua. La descarga fue inmediata. La lengua se contrajo, como queriendo escapar de esa aguda quemazón.

-Ay, mamita, ¿por qué?

Y otra vez el vómito. Ya no tenía qué largar y empecé a escupir sangre. El gusto acre llenó el ambiente.

-¡No! No, por favor basta, basta. ¡No aguanto más!

Tiritaba. Me castañeteaban los dientes y no podía evitarlo. ¿Cuánto hacía que estaba aquí? Allí vienen otra vez. ¡Otra vez no, por favor! ¡Otra vez no! Pasaron.

No, allí vuelven, vuelven, vuelven.

Una patada en los testículos me obligó a moverme y me levantaron por las axilas.

-Ahora vas a ver cine del bueno y sin cortes.

Me sentaron en un banco y esperamos. Temblaba de antemano y empecé a sollozar. Cuando me sacaron la capucha un penetrante dolor en los ojos me impidió mantenerlos abiertos. Mientras me amordazaban pensé que era la última vez, porque no podían arriesgarse a que los reconociera.

-Por qué llorás, maricón. No lloraste cuando te metiste en la joda, ¿no? Ahora, aguantátelas.

-Che, ¿te gustan las pornográficas? ¿Sí? Contestame, hijo de puta. Ahora nos vamos a cojer a tu mujer, a ver si te gusta la película.

Cerré con fuerza los ojos. No quería ver a Beba desnuda y atada sobre esa mesa. Ese sexo amado no podía hacer nada por evitarlos. Ella lloraba y se clavaba las uñas en las manos con la escasa movilidad que tenían sus muñecas. En la más terrible desesperación y en la impotencia, valoré su amor y lloré. Lloré por mí y por ella. Lloré.

El cachetazo sonó claro, me obligaban a mirar y se reían. Me sostenían de los cabellos para que no pudiera torcer la cara, mientras le quemaban los pezones con la brasa del cigarrillo.

-¿Te das cuenta que podemos hacer con ustedes cualquier cosa? La única salida que te queda es colaborar con nosotros.

-Hoy nos cojimos a la Beba, mañana le vamos a hacer lo mismo a tus hijos. Al Negro le gustan mucho los pibes. ¿No es verdad, Negro? Pensalo, pero pensalo muy bien, hijo de puta.

Me encapucharon nuevamente y me volvieron a encadenar, pero no en el mismo lugar. Olía distinto, como a taller. Quedé inmóvil sobre una colchoneta, boca abajo, sorbiendo la mugre de otros torturados. Sin tiempo.

El Turco me pateó las costillas para despertarme, mientras me sacaba la capucha.

-¿Te acordás de mí? Hace algunos años fuimos compañeros con Alberto Brito Lima en la Matanza, ¿te acordás? Yo estaba cuando te chuparon, pero vos no me viste. Julio, dejate de joder y colaborá. Mirá, estuve hablando con algunos compañeros y me dijeron que si yo respondía por vos, te podemos recuperar. Para que veas que no es joda, mañana te llevo a ver a tus pibes y dentro de un tiempo, cuando seas de los nuestros, te largamos.

Sabía que era posible y que a ese tratamiento lo llamaban “recuperar”. Recuperar qué: la vida, la dignidad, la vergüenza, los sueños, la libertad. ¿Y para recuperarse, a cuántos compañeros debería traicionar?

Gustavo quiso abrazarme pero el Turco se lo impidió. Lo detuvo agarrándolo de un brazo. Marta estaba en el colegio y mi vieja la había ido a buscar.

-¿Te gusta ver a tu papá? -dijo mientras lo sujetaba por los brazos para que no me abrazara- ¿Te gusta? Bueno, te prometo que si se porta bien lo traigo todas las semanas para que lo veas.

Después de forcejear, cuando logró soltarse, Gustavo se abrazó tan fuertemente a mis piernas que casi pierdo el equilibrio. Realmente no creí que pudiera tenerlo otra vez conmigo. La posibilidad de no volver a acariciarlo me golpeó con más fuerza que la propia tortura.

-Usted no tiene que decirle nada a nadie, señora -le dijo el Turco a mi mamá- Julito se está portando muy bien y pronto lo van a tener de vuelta. La Beba va a tardar un poco más, pero también va a volver. Además, usted ya me conoce. Soy un peronista de palabra. Lo fundamental es que no hagan nada y, sobre todo, que de esto no le digan una sola palabra a nadie. ¿Está claro? -concluyó.

Los días se fueron haciendo interminables, sobre todo las noches. Los gritos de los torturados me helaban la sangre. A pesar de taparme con fuerza los oídos,
no dejaban de atormentarme. El pensar en no volver a ver a los chicos, era la justificación a la que me aferraba con uñas y dientes. Sobrevivir, colaborar, sobrevivir. ¿Si me hubiese escapado ese día que me dejaron ir solo a mi casa, desde la parada del colectivo? El Turco me había advertido que me vigilarían, pero tenía mucho miedo y no hice nada. ¿Y si los traen a Gustavo y a Martita aquí? ¡No! ¡No, por Dios, no quiero ni pensarlo! ¡No! No aguanto más… ¿Hasta cuándo? ¡Basta, por favor! ¡Basta! Que se callen. ¡Que se callen de una buena vez! ¡Mátenlo, pero que se calle! ¡Por favor!

Estaba decidido. Cuando me dejaran solo con mi vieja, le contaría todo para que pida ayuda. El Turco me acompañó hasta la puerta de mi casa y dijo que pasarían a buscarme a las cuatro en punto. Era el momento que esperaba.

-Mamá, hacé algo por favor. No aguanto más los gritos de los torturados en la noche, pedí ayuda. ¡Por favor!

“La madre de Julio denunció ante la Comisión de la OEA la existencia de un campo de concentración clandestino de la Policía Federal llamado Olimpo, en el que estaban detenido su hijo y su nuera. Refirió todos los datos por él aportados y los relatos espeluznantes que eran parte de las torturas físicas e intelectuales que sufrían su hijo y todos los detenidos-desaparecidos que allí estaban: Los gritos y los llantos permanentes por las diversas torturas y la picana; los niños abortados y los nacidos a término en cautiverio, en partos clandestinos, para ser entregados a camaradas o vendidos; las violaciones habituales de todo tipo y las que tuvo que soportar por ver a su propia compañera violada y torturada; en definitiva: una pormenorizada descripción del mismo horror. Incluso le aportó a la Comisión de la OEA la dirección exacta del funcionamiento de dicho campo de concentración, llamado irónicamente: “El Olimpo” que funcionaba en los viejos talleres de la Policía Federal cito en la Avenida Olivera y Ramón L. Falcón.”

El velero de Julio naufragó junto a sus sueños y a los de Beba, en la noche que aún nos habita…

*** Daniel Omar Granda ***

Continuará…
El próximo Lunes 18 de Enero, un nuevo relato.

LA BITÁCORA DE UN NAUFRAGIO – LA NOCHE QUE NOS HABITA (288) [PARTE 02/12]

La República Argentina, desde 1930 hasta 1983, fue azotada por golpes militares violentos, que derrocaban las democracias republicanas surgidas de elecciones libres. Esa es la triste historia de mi país, lamentablemente. Tampoco vale afirmar que han sido “solamente” las fuerzas militares quienes cometían esos atropellos; en general, eran apoyadas por diversos sectores de la sociedad: Partidos políticos, Iglesia, Sindicalistas y hasta el propio Partido Comunista. Pero sin lugar a dudas, durante el golpe sangriento del período: 1976/1983, llegamos a conocer el peor rostro de nuestra sociedad. Miles de Centros de Detención y Torturas Clandestinas, se instalaron en todo el territorio nacional. La tortura como método y la “desaparición forzada de personas” fueron aplicadas sin piedad con un saldo de 30.000 desaparecidos; cientos de niños secuestrados o nacidos en cautiverio, que al día de hoy se los sigue buscando; miles de muertos y un incalculable número de prisioneros que, si tenían suerte, eran blanqueados en las cárceles. Pero aquellos que consideraban demasiado íntegros y que no iban a delatar aportando algún dato; terminaban en una fosa común o tirados vivos desde los aviones en medio del Río de la Plata. Estos y muchos más son los atroces hechos ocurridos hasta el advenimiento de la democracia con el Dr. Raúl Alfonsín en 1983.

La historia la conocen y “La bitácora del Naufragio” pretende homenajear a aquellos que perdieron sus vidas durante dicho período. Los personajes son arquetipos de los diversos argentinos que murieron luchando en esta gesta y de su propia épica. Aunque argentino, mis abuelos paternos son asturianos y agradezco la posibilidad de dar a conocer estos cuentos en #memoriasdeundestierro. La idea es publicar un cuento de la “Bitácora” quincenalmente, hasta completar la totalidad de ellos con el cuento de “La noche”, que describe acabadamente la mentalidad propia del torturador.

Daniel Granda 26/12/2020

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LA NOCHE QUE NOS HABITA (288)

Difícilmente podría hacerlo entrar en razones. Enrique ya había decidido que, a pesar de todo, no abandonaría el país. Tantos años a la cabeza de la juventud peronista de la zona, hacían que su resolución de vivir en el partido fuera peligrosa. Felizmente, con la ayuda de otros amigos, logramos convencerlo de que vendiera el departamento y se fuese con su mujer y su hija al interior.

-Mirá -me dijo una vez la Negra- Quito ya no es el de antes. Vive obsesionado por los diarios. Lleva un minuciosos registros de muertes y desaparecidos y, todos los días, se pregunta por qué Coco o el Negro y no él. Es como si quisiera llegar al final.

El final. La palabra quedó suspendida del asombro. Sonó en mis oídos como un lejano grito aún audible. En su voz, la de todos, el final. ¿Cuántas veces me hice la misma pregunta? Sentir en la piel el sudor de los otros. La garganta que se cierra, a medida que el miedo desciende por los hombros. El final y las pupilas que se dilatan conteniendo el vacío dejado por las lágrimas y el miedo que avanza por el vientre. Las terribles imágenes del último combate acuden ahora golpeándonos los muslos. Solo frente al enemigo y en nuestra soledad; el otro. El final y el miedo por las piernas. Mordiendo nuestra espalda, ese último combate del que todo sabemos y aun así, es preciso pasarlo en la mesa de torturas. Solos, frente a frente. El enemigo, yo y el mudo testigo del otro. También el miedo que se aloja definitivamente en la garganta. El final.

Qué lejos están aquellas proyecciones de “La hora de los hornos”, la “Operación masacre”, los reportajes al Viejo. Cuántas ilusiones corrieron por debajo de los puentes y cuántos sueños flotan hoy con las manos atadas a su espalda. La esperanza, acribillada a balazos, rugió en silencio desde una tumba sin nombre. Regresar a la playa es necesario para el hombre que cae al mar desde un helicóptero artillado. Regresar es necesario.

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De Enrique, lo que me impresionaba eran sus ojos. Increíblemente tiernos. Quizás favorecía esa expresión el tener los párpados caídos y sobre todo el derecho, notoriamente más marcado que el otro.

Una vez se lo hice notar y se rio con ganas, retrucándome con una idiota semblanza vacuna que me pareció exagerada. Como aquella vez que, por tomarme el pelo, me pintó de rojo los labios de un afiche de Belmondo que tenía en mi pieza, diciéndome que un compañero no podía ser tan puto para que le gustase un rostro masculino, aún en nombre de la estética. Desde entonces, la realidad latinoamericana era analizada bajo la sensual vigilancia de un francés muy distinto a aquel Debray que testimonió los primeros pasos.

A las ocho tengo que pasar a buscarlo para comer un asado, y ver a Boca ganar la Libertadores. Las excusas son buenas para volver a encontrarnos. ¿Cuántos años pasaron desde Belmondo? La vida nos arrastró varias veces hasta sus límites. La urgencia por ver un mundo nuevo nos puso viejos en éste y a pesar de todo, no dejábamos de soñar con esa vieja utopía llamada libertad.

Durante cuatro años vimos gastársenos las ganas en encuentros casuales. Enmarcados en un barrio o en alguna movilización, nos buscábamos para saber que estábamos. Nos bastaba. Cuando encontré a la Negra, casualmente, en el andén de Liniers, el tiempo desapareció. La distancia nunca había sido verdaderamente cierta. Vernos y sentir que ayer nos habíamos buscado, fue una misma alegría.

Al rato la mesa de su casa se tendió, albergando la amistad. Con nosotros Belmondo, Roberto, el Mosquito y tantos otros que nos ayudaban a sentirnos vivos.

Los ridículos calzoncillos antieróticos de Enrique surtieron efecto. Hoy ofrecíamos a nuestro afecto dos hijas, la suya y la mía. Junto al pan soñamos en voz alta la posibilidad futura de que crecieran juntas por continuar a nuestros ojos. Ese fue el camino que elegimos algunos años atrás.

Me dolía tener que convencerlo, pero era necesario. Sabía que si lograba que se fuera sería un nuevo compás de espera en nuestras vidas. Pero si no lo lograba, la espera del reencuentro podría ser mucho más larga y peligrosa. A pesar de que Enrique ya no militaba, lo buscaban por todas partes. Supimos de varios compañeros a los que les habían hecho preguntas muy concretas sobre su paradero. No era prudente seguir creyendo en la suerte.

Aún no era el tiempo de la síntesis. Los muertos conocidos eran muchos, demasiados y deambulaban vivos por nosotros. Se cometieron errores, pero no era posible dimensionarlos. No ahora.

¿Cómo ocurrió todo? ¿Por qué Roberto, que soñaba con un tonto tanque amarillo a lunares, hoy no sueña con nosotros? ¿Qué fue lo que hizo trizas ese gran sueño colectivo? El Mosquito cayó en una sonrisa.

Pero Boca juega la final y el asado es una buena excusa. Esa noche atentaba contra nosotros. Llegamos con Enrique a casa, ya de noche y un corte de luz, casi nos obliga a volver a su departamento asesino. Por suerte volvió la luz y nos dispusimos frente a Boca y, no nos fallaron ni Boca ni el asado.

Inevitablemente, superada ya la excusa, vienen los raccontos necrológicos.

-Ya sabés de Juan, que el Loco, que Horacio, Mecha, Esteban, Jorg…

Necrológicamente nos sumergimos en el tema, apretándonos fuertemente las manos. Los asesinatos de presos (durante los traslados) eran moneda corriente. Se leía en los periódicos que Mengano había pretendido huir. El cómo se desprendía de nuestra angustia, si sabíamos que estaba esposado, desarmado, sin esperanzas y que a pesar de todos se había entregado creyendo en la justicia.

El proceso de Reorganización organizaba la infamia. La noche cubría cualquier posibilidad de luz que quisiera filtrar por la ventana. Con la noche crecían los ruidos de cadenas, extendiéndose en el grito de un vientre roto a patadas o en el de algún testículo amorotonado a 220 voltios.

-Por eso te tenés que ir. ¿A quién le importa si sos culpable o inocente? ¿Quién te va a juzgar? ¿Una picana? Con el torturador no se razona y, además, el país es un gran campo de concentración.

-¿No te das cuenta que el terror impune nos invade?

Era difícil darse cuenta, mientras el áspero silencio nos aturdía. Sonó el teléfono. A pesar de ser temprano, nos despertó a casi todos. Por suerte las nenas dormían.

La voz quebrada de la Gorda sonó como un latigazo. Tuve que hacérselo repetir otra vez, porque no quería oírlo.

-Se lo llevaron a Cacho del banco. Fue anoche, mientras trabajaba, a la madrugada. Les aviso para que se cuiden. Suerte.

Colgó, era preciso proteger a nuestros sueños y había tiempo. Sólo un bolso y la calle. A las dos nos veríamos para saber que estábamos bien y darnos las manos. Enrique, con la calle, fue en busca de su bolso y no debió hacerlo.

Las ratas habían roído su cerradura durante la noche. Al entrar al edificio, lo atraparon.

-El oficial Benítez es el que está a cargo del procedimiento, señora; no tema que a su hijo no le va a pasar nada.

Tita, la mamá de Enrique, había sido detenida horas antes de que él llegara al departamento. Toda la noche habían masticado sus entrañas. Tita fue por la mañana para cuidar la beba y se encontró con ellos. La interrogaron por horas acerca del paradero de su hijo, pero lo ignoraba. Ahora lo tenían, a Enrique y a su bolso.

-Vos sos un boludo, pibe -dijo uno-. Para qué guardás estos viejos documentos, si ya no sirven. Nosotros sabemos que no estás en nada, pero igual vas a tener que acompañarnos. Es sólo rutina.

-Si querés, despedite de tu vieja en la cocina… -agregó el oficial.

Se negó. Sabía que era condenarla a una segura tortura posterior. Quizás, por eso mismo, no quiso llevarse la foto de su hija que le ofrecían. Tenía la certeza de que no iba a ser el primero al que torturaran con ella. Por eso prefirió dejarla en la biblioteca, agregando: Vamos.

-Señora. Mañana vaya a buscarlo al Regimiento 1ª de Palermo, que allí el oficial de guardia le va a informar dónde va a estar el pibe.

Enrique jamás pudo abrir esa ventana, como había convenido con la Negra, para avisarle que todo estaba bien.

La ventana y los sueños quedaron cerrados frente a la noche que aún nos habita…

*** Daniel Omar Granda ***

A Enrique Maratea (Quito).
Detenido / desaparecido desde el 29/04/1977 y en él, 
a todos los compañeros detenidos / desaparecidos 
durante la feroz dictadura militar de los años 70’
en la República Argentina.

Continuará…
El próximo Lunes 11 de Enero, un nuevo relato.

LA BITÁCORA DEL NAUFRAGIO – CARTA ABIERTA DE UN NAÚFRAGO (283) [PARTE 01/12]

La República Argentina, desde 1930 hasta 1983, fue azotada por golpes militares violentos, que derrocaban las democracias republicanas surgidas de elecciones libres. Esa es la triste historia de mi país, lamentablemente. Tampoco vale afirmar que han sido “solamente” las fuerzas militares quienes cometían esos atropellos; en general, eran apoyadas por diversos sectores de la sociedad: Partidos políticos, Iglesia, Sindicalistas y hasta el propio Partido Comunista. Pero sin lugar a dudas, durante el golpe sangriento del período: 1976/1983, llegamos a conocer el peor rostro de nuestra sociedad. Miles de Centros de Detención y Torturas Clandestinas, se instalaron en todo el territorio nacional. La tortura como método y la “desaparición forzada de personas” fueron aplicadas sin piedad con un saldo de 30.000 desaparecidos; cientos de niños secuestrados o nacidos en cautiverio, que al día de hoy se los sigue buscando; miles de muertos y un incalculable número de prisioneros que, si tenían suerte, eran blanqueados en las cárceles. Pero aquellos que consideraban demasiado íntegros y que no iban a delatar aportando algún dato; terminaban en una fosa común o tirados vivos desde los aviones en medio del Río de la Plata. Estos y muchos más son los atroces hechos ocurridos hasta el advenimiento de la democracia con el Dr. Raúl Alfonsín en 1983.

La historia la conocen y “La bitácora del Naufragio” pretende homenajear a aquellos que perdieron sus vidas durante dicho período. Los personajes son arquetipos de los diversos argentinos que murieron luchando en esta gesta y de su propia épica. Aunque argentino, mis abuelos paternos son asturianos y agradezco la posibilidad de dar a conocer estos cuentos en #memoriasdeundestierro. La idea es publicar un cuento de la “Bitácora” quincenalmente, hasta completar la totalidad de ellos con el cuento de “La noche”, que describe acabadamente la mentalidad propia del torturador.

Daniel Granda 26/12/2020

Todos los Lunes, un nuevo relato. Recopilado por Daniel Omar Granda.

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CARTA ABIERTA DE UN NÁUFRAGO (282)

Dónde estás, te necesito. La espesura de la sombra de tu noche espanta la mañana y crece, igual que los gigantes de los cuentos, a medida que el terror avanza frente a mis ojos. Entonces me apichono, tiemblo, literalmente me cago de miedo y me tapo la cara con las dos manos para no ver, pero es imposible no ver: “Una vez que abras los ojos, nunca más podrás volver a cerrarlos”, decía aquel famoso graffiti del París-Mayo 68’, que a la militancia de los 70′ nos quemaba la cabeza. Y que cierto, carajo. La mirada fija del miedo. El triste asombro que no puede con sí mismo. Esta puta conciencia que te castañetea en los dientes. Tus ojos y los de tantos gritando esa urgencia de cambiarlo todo. Los que están y no están. Los que no deberían estar pero están. Los traidores a los otros y los traidores a sí mismo. El comemierda de siempre y los nuevos comemierda. Los “José yo te lo explico” que denunciaba Tato Bores y lo inexplicable para José, para doña Rosa y para toda la parentela. Pasa, pasa, pasa… decían los gallegos, pero no pasa, se queda pegado como moco en los agujeros del alma. La sombra de tu noche no tiene mañana y eso la hace más sombra y la hace más noche. Pasa, pasa, pasa… un carajo pasa.
El gigante, con el día, parece diluirse y aparecen los enanos con su discurso de la hora del perdón, del olvido necesario, de la conciliación obligatoria, de la teoría de los dos demonios, del algo habrán hecho porque los argentinos somos todos derechos y humanos, que estamos a salvo si nos portamos bien y si no pensamos en boludeces como esas de la igualdad, la libertad y la fraternidad, que la mano dura era necesaria para restablecer el orden, que en algo andarían, que el caos es un caos y el big bang no existió; y entonces, después de una noche dura nos aflojamos, tomamos unos mates, nos miramos por un rato el ombligo, a veces hacemos el amor -con sábanas o sin sábanas da igual al decir de Mario Benedetti- cerramos un cachito los ojos y parece que dormimos. Aún no, ojo, en guardia. Los enanos también la ofician de alcahuetes, se meten por cualquier agujero. En el baño, en las cloacas, en los bolsillos de tu camisa, en la cama, en la puerta de tu casa, en la sopa. Donde quiera que vayas, allí están los enanos. Anotando, atisbando, midiendo, botoneando, marcando. Hay miles de enanos. Son los creyentes devotos del santo oficio que, por ganarse el cielo, persiguen a los demonios y no les dan tregua, los entregan a la santa purificación de la picana. Son los tacheros afables que te conversan verde para recoger maduro. Los relatores de fútbol hijos de puta que incitan a la argentinidad boluda para pasar por la Avenida de Mayo -mientras la Comisión de la OEA registra las denuncias de los familiares por las desapariciones- gritando que en la Argentina no existió la noche, ni vos. Son los curas en tecnicolor que reciben a los familiares para consolarlos, contenerlos, calmarlos y sacarles de paso algún dato, de amigos, de conocidos, de parientes, de peligrosos pensantes o de cualquiera que pudieran convocar para tener alguna que otra charla amable con el dueño de los candados; para después, eso sí, hacer los debidos actos de contrición y agradecerle al buen señor el favor de permitirles servir a la patria como dios manda.

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Y uno debajo de la cama, cagado de miedo, creyendo o soñando que en ese agujero de enfrente vas a estar más seguro y entonces tomas aliento y uno, y dos y tres. Respiras profundo y saltas. Al fin voy a poder descansar. El lugar es chico y un poco precario pero no importa, están juntos y vivos. Sin dudas las cosas se te complican porque no estás solo, tenés con vos a tu mujer, a tus hijas y como mucho el bolso que pudiste rescatar con los documentos personales, cuatro papeles, dos mangos con cincuenta y el muñequito de trapo con la camiseta de Boca que la más grande bautizó como Tito. El problema más serio es que hay que comer todos los días y, para comer, hay que laburar. Pero claro, al diario no podés volver y entonces vendés café por la calle, huevos, sábanas, máquinas de escribir, estanterías para negocios, libros, probás con las ofertas del colectivo de por si esto fuera poco, la biblia, el calefón, yira yira y toda la filosofía de Enrique Santos Discépolo que, si bien no te alcanza, le pone a tu entendimiento una pequeña mueca parecida a una sonrisa.
Mientras jugás con la más chica, sentís que unas pezuñas rascan la puerta, crick, crick, crick, las ratas te encontraron de nuevo. Las llevan de a racimos los enanos, una sujeta a cada dedo.
-Me tironean del meñique, oficial.
-No, mejor sigamos la del índice, es el indicado. Ya olfatean la tierra. Por allí…
Y vos que te mordés los labios, y otra vez, y uno, y dos y tres ¡hop! A correr. Como puedas, con el último aliento que nunca es el último, corrés. En una mano tus hijas, en la otra el bolso, tres papeles, seis botones, una camisa. Fiódor Dostoyevski por lo menos te acompaña. Los demás se quedaron, no hubo tiempo.
Te agarró otra vez la tormenta. La cáscara de nuez en la que flotabas se te fue al carajo y caes al agua, te aferrás con fuerza a un madero, flotás a la deriva pero todavía flotás. La vela fue deshecha pero aún flotan los maderos, sólidos, seguros, indestructibles. Aunque te hundieras vos sabés que ellos seguirán allí, de eso estás seguro. Te alegrás y descubrís algo importante. Ahora estás seguro que el error estuvo en la elección del velamen, en los vientos, en el timón, donde vos quieras; pero nunca en la madera. La madera es noble, fue bien elegida. Flota con vos a cuesta o sin vos, pero flota. En la noche de mar embravecido, allí estará. Será la base de nuevas embarcaciones. Otros veleros la tendrán en sus costillas. Manos más diestras que las tuyas harán nuevos encastres. Sueñas…
La sombra de tu noche se extiende en esta mañana incierta. Me pregunto si es función de la luz librar esa batalla. Será posible una noche de luz o estamos condenados a vivir ciclos inevitables. No será un absurdo sinsentido la noche. Aferrado al madero te adormecés. De la misma vieja madera está hecha tu guitarra. Sabés que en algún rincón de la noche los amantes se aman. En ella cabe todo, el amor, el odio, el miedo, la locura, la tortura, la esperanza. Hay abrazos nocturnos y urgentes que sueñan, que aman, que copulan con rabia pariendo mañanas. Será la noche el punto de partida y su proyecto el mañana. Entre ambos, noche y día, el amor y el desamor. Pero también la noche es silencio, abandono, dolor, desesperanza. Cerrás los ojos y está en vos, los abrís, pero cada día hay que construirlo. Una nos envuelve, al otro hay que andarlo. Saber que no hay camino, como dijo Antonio Machado, que todo es andar haciendo camino.
El sopor de la seguridad te afloja los músculos. Dormido profundamente, flojo, caés al agua. El chapuzón te despierta -el madero- Si no te aferrás a él, seguro que te hundís para siempre. Qué será siempre. Habitantes de la noche, cómo es siempre. Nosotros fuimos mañana, ayer, pero nunca siempre. Qué cambió el nosotros entusiasta. El mundo marcha al revés de lo previsto. Hoy las madres suceden a sus hijos como un signo de esperanza: “Nuestros hijos nos parieron”, dicen las Madres de Plaza de Mayo. Cómo fuimos capaces de parir estas tigras y nos resultó imposible copular con la historia. Tal vez la embarazamos y no nos dimos cuenta o tal vez no alcancen siete años sino setenta, o setenta veces siete. Mientras tanto, debajo de la cama, recibimos delirantes mensajes desde el éter con la orden de reorganizarse, caracterizando el desbande como estratégico. Ya verán cuando avancemos, decían un puñado de hijos de puta delirantes mientras tanto, disfrazados de comandantes guerrilleros, se peleaban en París para ver quién se quedaba con más guita, se traicionaban, nos traicionaban, se puteaban, se acusaban de alta traición, se condenaban a muerte y viceversa. Eso sí, en Europa, con la seguridad de estar bien lejos de tu noche negociaban con el Almirante Emilio Eduardo Massera, quién había dejado organizadita y funcionando la ESMA y pretendía ser el nuevo Perón, con el apoyo de la traición de la conducción Montonera. A vencer y a resistir que la victoria es nuestra. Como a Dante Alighieri: me dan un infinito asco los traidores.
Y si fueran ciertos nuestros sueños, no los de ellos, los nuestros. Si a pesar de todo retoñamos. Si se cumple a pie juntillas el regreso en el viento, en una canción, en una madre, en vos, en el pueblo. Sobreviviente: hay que sacudirse el polvo del silencio, no está dicha la última palabra, unamos los maderos.
Dónde estás, hermano, te necesito. Sé que soy muchos y a veces no soy capaz de ser yo mismo. Tengo miedo o estoy cansado que es igual. Cómo amarrar tantos maderos. Todos los días pienso qué hubieras hecho vos si la vida nos cambiaba los papeles. Pero la vida no quiso. A veces puteo contra esta jodida vida y lloro en el silencio. Hoy te escribo. Hoy, y ayer, y antes de ayer, estuve con el pueblo. Vos eras la consigna y yo, tu testigo. Las banderas flameaban como antes, el tiempo es otro y no flamea. No estás ni vos, ni Tito, ni Nené, ni Héctor, ni Simona, ni Oaki, ni el Gordo, ni Tomás, ni Román, ni tantos ni. En qué recodo de la historia se quebraron sus veleros. Hasta cuándo esta noche que nos habita…

*** Daniel Omar Granda ***

“Morir es dormir. ¿No más?
Morir es dormir… y tal vez soñar.”
«Hamlet (Acto III – Escena IV)
W. Shakespeare

CONTINUARÁ…
El Lunes 4 de Enero, un nuevo relato.

ROSAS DE FUEGO (282)

Hoy cayó tu esperanza boca arriba en el suelo.
Tu pelo, chuza y tierra, rodó junto al viento
el yerto pavimento floreció con tu sangre
llenándose de rosas, coronando tus sienes.
Tal vez te ungió la calle
en mudo intento por hacerte su dueño.

Después de tu caída,
con ese ruido sordo y seco,
la muerte escurridiza se adelantó al silencio
haciendo pedazos tu apuro y el asesino premio.

Seguramente pensaste ganarle al horario,
buscando este mes conseguir ese aumento.
Qué absurdas suenan ahora las siniestras palabras:
Horario, presentismo, producción y hasta el mísero sueldo.
Tus ojos ya vencidos no entienden qué pasa
o sí, tal vez, quién sabe…

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Como mirando al grupo que formamos,
a esas manos callosas que aprietan fuerte el bolso
a esos mudos testigos del acto de tu muerte.
Intentaste moverte y fue inútil.
Solamente tus ojos gritaban desde lejos, diciendo:
No corran.
No vale la pena.
No hay que hacerle el juego
ni al reloj ni a los dueños.
Ser pobre no se cambia en una sola carrera.

Nos fuimos de uno en uno y vos, allí quedaste
tirado
durmiendo
solamente la calle coronó tu apuro.
Todos llegamos tarde, tal vez unos minutos.
Ninguno ganará en esta quincena el asesino premio.
Pero… sólo a vos,
la calle le ciñó su corona con las rosas de fuego.

*** Daniel Omar Granda ***

*A Juan Pavimento, arrollado en la vía pública en la madrugada del 13/6/80.

LA BITÁCORA DEL NAUFRAGIO (281) [00/12]

La República Argentina, desde 1930 hasta 1983, fue azotada por golpes militares violentos, que derrocaban las democracias republicanas surgidas de elecciones libres. Esa es la triste historia de mi país, lamentablemente. Tampoco vale afirmar que han sido “solamente” las fuerzas militares quienes cometían esos atropellos; en general, eran apoyadas por diversos sectores de la sociedad: Partidos políticos, Iglesia, Sindicalistas y hasta el propio Partido Comunista. Pero sin lugar a dudas, durante el golpe sangriento del período: 1976/1983, llegamos a conocer el peor rostro de nuestra sociedad. Miles de Centros de Detención y Torturas Clandestinas, se instalaron en todo el territorio nacional. La tortura como método y la “desaparición forzada de personas” fueron aplicadas sin piedad con un saldo de 30.000 desaparecidos; cientos de niños secuestrados o nacidos en cautiverio, que al día de hoy se los sigue buscando; miles de muertos y un incalculable número de prisioneros que, si tenían suerte, eran blanqueados en las cárceles. Pero aquellos que consideraban demasiado íntegros y que no iban a delatar aportando algún dato; terminaban en una fosa común o tirados vivos desde los aviones en medio del Río de la Plata. Estos y muchos más son los atroces hechos ocurridos hasta el advenimiento de la democracia con el Dr. Raúl Alfonsín en 1983.

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La historia la conocen y “La bitácora del Naufragio” pretende homenajear a aquellos que perdieron sus vidas durante dicho período. Los personajes son arquetipos de los diversos argentinos que murieron luchando en esta gesta y de su propia épica. Aunque argentino, mis abuelos paternos son asturianos y agradezco la posibilidad de dar a conocer estos cuentos en #memoriasdeundestierro. La idea es publicar un cuento de la “Bitácora” quincenalmente, hasta completar la totalidad de ellos con el cuento de “La noche”, que describe acabadamente la mentalidad propia del torturador.

***Daniel Omar Granda***

Todos los Lunes, un nuevo relato. Recopilado por Daniel Omar Granda.
El Lunes 28 de Diciembre, comienza el primer relato.

UN DOMINGO DIFERENTE (280)

Diferente de otros domingos porque habíamos decidido salir a remar por el río Uruguay. Con Julián, desde temprano, tomamos unos mates y nos preparamos el bolso con todas las cosas indispensables para divertirnos a lo grande con este deporte del que sinceramente, yo no tenía la menor idea. Sobre las 08:30 Agustín nos pasó a buscar para ir al Club Regatas de Concepción del Uruguay. Cuando llegamos, Alberto ya nos estaba esperando. Ellos, que eran socios, hicieron los trámites para sacar las canoas y las aprontaron para echarlas a flotar. Ya en el embarcadero, lo pensé más de una vez, pero estaba decidido a probar y entonces lo hice.

Realmente sensacional, jamás pensé que el canotaje resultara tan divertido. Al principio me costó coordinar los movimientos con Julián, pero de a poco fui regulando mis esfuerzos para no entorpecer las maniobras de mi ocasional compañero. Al rato de navegar, los remos se hundían (más o menos) al unísono, y entonces la canoa se deslizaba suavemente sobre el Uruguay. El paisaje era un espectáculo en sí mismo. Jamás había visto tal variedad de pájaros y menos se me hubiese ocurrido, que los verdes del slogan periodístico, fuesen absolutamente ciertos. Debo aclarar aquí que al río Uruguay le dicen popularmente “El río de los pájaros” y además, a la provincia de Entre Ríos se la destaca con el slogan publicitario de “Todos los verdes”. Realmente disfruté de un paisaje sobrecogedor. Ese contacto con la naturaleza me fortificaba el espíritu y me hacía olvidar del cansancio natural de quién no está habituado a realizar ejercicios físicos permanentemente.

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No sé, a ciencia cierta, cuanto tiempo remamos. Tampoco sé, cómo se llamaban esas playas de arenas blancas que teníamos sobre el costado (a babor, supongo), lo cierto es que al tiempo de navegar apaciblemente, alcanzamos a la otra canoa con Agustín y Alberto y convinimos a los gritos, dar la vuelta y emprender el viaje de regreso. Cuando desembarcamos, las piernas no me respondían. Los muchachos me dijeron que era absolutamente normal, por ser la primera vez que remaba y me aconsejaron, que para elongar los músculos, lo mejor era jugarnos un partidito al paddle. Desde chico fui habilidoso con las manos, así que en este deporte no hice tan mal papel. Además, estaba habituado a jugar pelota paleta, y nada menos que con la pelota rápida (la negra, de caucho macizo). Después de un reparador descanso, unos largos en la pileta nos permitieron refrescarnos y realmente elongar los músculos de verdad. Supe por los muchachos, que el Club Regatas funciona en Concepción desde hace más de sesenta años y que dispone de excelentes instalaciones para practicar todo tipo de deportes: natación, remo, padle, tenis, rugby, futbol, gimnasio con aparatos y todo lo que se les ocurra. Una buena ducha, y a practicar otro deporte que me encanta: el masticatorio. Después de cansar el cuerpo, estaba realmente hambriento. Así que decidimos encontrarnos en el buffette del club, para poner en práctica mis conocimientos gastronómicos. Cuando llegué al buffette, Alberto y Julián ya estaban masticando. Al rato llegó Agustín. Nos atendió Miguel, el dueño y nos contó que la cocina estaba comandada por su propia esposa: Irma, reina y  señora del lugar. Por lo tanto, nos aconsejó pensar en las pastas que son absolutamente caseras, afirmando que nos decía caseras pero, con toda la significación que tiene hacer las pastas del domingo en nuestra propia casa.

Nos trajo un buen vinito tinto, que no conocía y que nos recomendó Miguel, un borgoña que realmente nos pareció estupendo. Inevitablemente, me tuve que hacer cargo de las bromas “por mi habilidad con el remo”. Hice de tripas corazón y los dejé que disfrutaran. De paso, me reí a lo grande con los relatos mímicos de Julián. Y entonces llegó el momento de la verdad. Después de un rato, hizo su aparición Miguel con sendos platazos de Canelones a la Rossini que Irma prepara con los panqueques, verdura fresca y con las dos salsas. De postre, una nueva botella de borgoña y helados para todos. Realmente de primera.

Felicité sinceramente a Irma por su mano en la cocina y sin hacer demasiado barullo (para no despertar a los pájaros), me pedí un taxi y me hundí en una reparadora siesta entrerriana.

*** Daniel Omar Granda ***

LA SIEMBRA (276)

La angustia eterna del solo ser
queda en mi alma.
El tiempo, pasajero necio,
voló entre mis dedos,
mientras mis manos,
tejieron en tu cuerpo
la trama de sus sueños.
Este amor sin regresos
no se gestó en tus entrañas porque,
(al menos eso creo)
la vida,
esa señora de compromiso abyecto,
no acepta el ciego traqueteo
de andar y detenernos.

Fuente de la leyenda

Ella solo genera.
No vive del ensueño.
Pero quizás, el grito enfurecido
de nuestro amor absurdo,
quiebre de un solo golpe
el quiste del pasado,
y renazca
en los labios duroblando
del sinrostro,
el brote cristalino
del ser que nos fundimos.

*** Daniel Omar Granda ***

VIEJA ESQUINA DEL RECUERDO (275)

¡Si habremos desculado hormigas! -dijo el Braulio en alusión a la vieja parrilla que ya no estaba y que ahora, se había convertido en una parrilla-restaurante espectacular y con un local totalmente renovado.

– ¡Más que hormigas, botellas!  -le recordó Venturini, mientras observaban la exquisita decoración del nuevo restaurante.

Como todos los 20 de julio, en la Argentina se festeja el día del amigo y ellos; se habían reunido por años por ese viejo ritual de la amistad. Esta vez era distinto. Se encontraron gratamente con un  cambio que no se lo esperaban. Los «muchachos» de la desaparecida “Administración General de Puertos”, de Concepción del Uruguay; solían reunirse año tras año, sólo por festejar su amistad.

– Mirá, ahí viene Renato. Fijate la cara que pone cuando vea los cambios en el local  -dijo Venturini.

– No nos vio. Si será corto de vista el boludo. Mira para todos lados, desorientado como Adán en el día de la madre -bromeó el Braulio.

– ¡Aquí Renato!  -saludó Venturini ayudándolo a ubicarse.

– ¡Pero qué nivel, che! -dijo Renato a modo de saludo, mientras se acercaba a la mesa que ocupaban sus amigos.

– Nos reíamos con el Braulio, por la cara de desorientado que traías  -replicó Venturini.

– ¡Realmente me sorprendió! No pensaba encontrarme con semejante restaurante. Y menos con un asador  en el medio del local. Esto sí que es una novedad para ésta ciudad  -aseguró Renato.

– ¿Che, qué es de la vida de la Vieja?  ¿Saben algo?  -preguntó Braulio por su compañera en la administración de la que no se tenían datos después del cierre.

– ¡Mirá, sé que se había casado y que andaba viviendo por Gualeguay o por Gualeguaychú! -dijo Venturini mirando hacia la puerta desde dónde, con la misma desorientación de Renato, se acercaba el Rengo Rodríguez.

– ¡Salú, a la barra!  -saludó el Rengo, mientras se acomodaba como podía con su pierna ortopédica a cuesta.

– Raúl no va a venir  -aseguró Renato-  Así que el único que nos falta es el Tarta. Amigos por años, le decían “El Tarta” porque era tartamudo, por esas bromas inocentes que entre los amigos no importaban.

– ¡Essso, sssi lo dededejan vevenir! -se burló el Braulio del evidente defecto para hablar de corrido de su viejo compañero de trabajo.

– ¡Hablando de Roma…!  -Venturini le hizo señas al Tarta para que los viera.

– ¡Cacacaca! -se atascó el Tarta al saludar.

– ¡Epa, que modales!  -mmme paparece que este no es el momento para ir a hacer caca, replicó Braulio mientras los otros soltaban las carcajadas.

– ¡Cacaramba, nno los eencontraba!  -dijo de Tarta de un tirón y como pudo.

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Todos rieron y llamaron al mozo para empezar con el ritual. De entrada atacaron con un par de provoletas a la parrilla. Eso sí, cuando llegó el momento de elegir los vinos todos opinaron y al unísono. Al final, hubo consenso general con aceptar regar la mesa con la línea del Calvet y del Cabernet Sauvignon. El pobre Tarta, tuvo sus dificultades para decir que él prefería un: Chachachardodonnnay.  Como no le hicieron caso, se terminó conformando con sumarse a la mayoría. Llenaron las copas e hicieron el primer brindis de la noche. Y entonces empezaron los raccontos: Venturini hacía ya dos años que trabajaba en una hostería de la ciudad de Colón y sobrevivía decorosamente. El Braulio era el único que se había quedado fiel al puerto. Consiguió que lo absorbiera el nuevo Ente Autárquico que administraba el puerto y seguía trabajando en los silos. Renato, correteaba todo artículo agropecuario que circulara por las dos orillas del río Uruguay: Argentina y la República Oriental del Uruguay. El Rengo ya se había jubilado por su discapacidad y se las rebuscaba como podía haciendo algunos trabajitos de gráfica. El Tarta quedó en el misterio ya que nunca hubo el tiempo suficiente para que explicara, con exactitud, en que empleaba sus días.

Venturini llamó al mozo y arrancamos con las achuras. Una maravilla. Nos trajeron una rosca que llamaban «la rueda», y por lo que pudimos saber, las armaba el mismo frigorífico con tripa gorda cortada para el convite. Los chorizos eran de campo y eso se notaba. Nada que ver con los que vendían en las carnicerías o en los supermercados. Se notaba que estaban hechos realmente de carne vacuna y carne de cerdo. Un par de riñoncitos y una mollejitas completaron el pedido. Cuando arrimaron la mesita para poner la parrilla al lado de nuestra mesa, estalló la fiesta. Las botellas del Calvet y del Cabernet Sauvignon iban y venían, con tanta asiduidad, que rápidamente hubo que reemplazarlas.

– Tarta – le dijo Braulio- Habla a repetición, pero no cocomás pppor dddos que no va a alcanzar para los demás. Todos rieron por la broma pero el Tarta no aflojaba con los dientes. Sin dejarlo respirar, lo llamaron al mozo y arrancamos con la carne. Cordero al asador para Braulio y Venturini, unas porciones de costillar al asador para Renato y, el Negro y el Tarta, prefirieron la tapa de asado mechada. Una verdadera olimpíada masticatoria. No se daban ventajas ni tampoco la pedían. El mozo nos observaba atentamente, no se sabe si para acudir rápidamente a nuestro llamado o simplemente, por qué no podía creer en tanta voracidad.

A la hora de los postres las cosas se calmaron. Para no perder la costumbre el fallo también fue dividido. Braulio y Venturini atacaron sendas Islas Flotantes mientras que Renato y el Rengo se conformaron con el mamón en almíbar. El Tarta, para llevarnos la contra, se pidió unos huevos Quimbos con crema y todos se rieron. Cuando el mozo trajo el pedido, nos quedamos esperando conocer los comentarios del Tarta.

– ¿Qqqué ssson, mmmozo?  -dijo el Tarta.

– Los huevos Quiquimbos que mme pppidió, seseñor  -respondió el mozo hablando por primera vez y poniéndose colorado al tartamudear igual que el cliente. Además, se ponía más nervioso, pensando que los comensales pudieran creer que se estaba mofando de su amigo.

– ¡Ahh!  -dijo el Tarta sabiendo que todos esperábamos que la embarrara.

– Grraccias, hermamano -le dijo el Tarta con un gesto de aliento hacia el pobre mozo, que se sentía molesto por no poder controlar su tartamudeo.

La carcajada de la mesa fue general. Hasta el mozo, superado el primer momento, se sumó a la risa colectiva de todos aquellos amigos festejando.

Y ese fue el broche de oro de esa noche que, sin lugar a dudas, iban a recordar por siempre como se recuerdan las cosas simples y bellas que tiene la vida.

*** Daniel Omar Granda ***

MAÑANA, TAL VEZ MAÑANA… (274)

El otoño de la vida es un misterio.
¿Será el final de todo?
Ya está lo que se daba, se terminó señor:
C’est fini, it’s over, è finita, auf wiedersehen, no va más… se acabó.

¿Será como dicen? La cruda antesala del último invierno.
Esperamos que suceda lo inesperado,
lo inaudito, algo insólito, algo loco, algo…
En un intento desesperado por aferrarnos a lo vivo,
sin un por qué manifiesto,
aparece una pequeña luz, un atajo atrevido
un nuevo horizonte en nuestro deshojado otoño.

Entonces nos preguntamos:
¿Cuántas primaveras caben en una vida?
¿Alguien lo sabe? ¿Quién se atreve a saberlo?
Y es en esa encrucijada fatal,
en ese atajo de primavera inaugural,
cuando aparece alguien y nos hace soñar
con una nueva oportunidad de amar,
quizá la última,
pero no por eso menos valedera.

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A lo largo de mi vida,
cuántas veces me visitó la Parca para decirme:
-Ya está señor, esto fue todo
-Y sobre el final, va y se arrepiente
dejándome jugar el tiempo del descuento.

El único conjuro que me rescata de esos miedos,
es saber que mis manos no conocen el tiempo,
recorren tu cuerpo codiciosamente,
golosamente,
mis besos te cubren de nuevas ternuras,
desconocidas hasta entonces,
distintas,
mi lengua que te busca y te estremece hasta la locura,
nos lleva al paroxismo de volver a amar,
a recorrer tus cavernas,
tu cintura infinita,
navegar por tus miedos y tus dudas,
renacer una y mil veces
con cada petite mort
hasta agotarnos en lo profundo de la noche.
Entonces y por eso señor:
Mañana, tal vez mañana…

*** Daniel Omar Granda ***