LA INVASIÓN (251)

Llegué a la casa de Ariel cuando había caído la noche. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos pero igual, decidimos charlar por la mañana, mientras tomábamos mate, porque ambos teníamos que levantarnos temprano. Ariel para ir a la fábrica y yo, para buscar trabajo.

Se disculpó por no poder ofrecerme mayores comodidades ya que, en una de las dos piezas que ocupaba con su familia en el conventillo del viejo barrio de Constitución, alojaba momentáneamente a unos tíos llegados del interior.

-Por esta noche vas a tener que arreglarte como puedas  -dijo.

-No te hagas problema, viejo  -me apuré en contestarle-  Con el frío que está haciendo, te aseguro que con un catre y un par de mantas la paso bien en cualquier parte.

-¡Mirá, para que no te jodan los chicos, podés tirarte  en el cuartito que hay allá atrás! ¡Está lleno de trastos viejos! -señaló Ariel, indicando el codo del patio trasero.

-¡Esperá un momento! -dijo y entró en su pieza.

Me puse distraídamente a mirar el conventillo. No era distinto de aquél en el que viví cuando era un niño. La entrada consistía en una puerta de hierro con su parte superior de rejas pintadas, alguna vez, de negro. Era una calamidad. Tenía tanto óxido que hasta se podía dudar que funcionara. El frente del edificio, que daba a la calle Salta, consistía en una paresita de un metro y medio, llena de moho y con rejas tan herrumbradas como las de la puerta de entrada. Las piezas del conventillo se alineaban sobre el costado del patio principal, menos las que daban hacia el fondo que terminaba haciendo un codo. A un lado del mismo, se veían dos o tres salas grandes, por lo menos era lo que podía apreciar desde donde estaba. Tenía la seguridad, sin poder verlas, que enfrentándolas se hallaban las cocinas que correspondían a cada uno de los departamentos.  El patio, de grandes baldosones con guardas de colores, no estaba en mejores condiciones que el resto de la casa. Por todos lados se veía el paso devastador del tiempo que lo había convertido en un muestrario caótico de baldosas rotas y, las que aún quedaban enteras, estaban tan agrietadas que parecían rotas. Por toda iluminación, una bombilla de 40 wats parecía flotar en el aire nostálgico del conventillo.

-¡Ya está, che! -me dijo Ariel, saliendo de su cuarto. ¡Te conseguí dos frazadas que me afané en la colimba! En la pieza hay una cama vieja que espero sirva.

Sin decir más, tomé la almohada que me alcanzaba y nos fuimos hacia el fondo. Estábamos llegando cuando empezó a mascullar frases ininteligibles. Se disgustó al comprobar que las persianas de la pieza, de hojas exteriores metálicas, estaban cerradas con una cadena y un viejo candado de grandes dimensiones.

-¡Ésta es la Gallega! -aseguró refiriéndose al candado. ¡No sé quién carajo se va a robar algo, si todo lo que hay aquí son porquerías inservibles! ¡Aguantáme un cachito que ya vuelvo! -sin esperar un comentario de mi parte, me dio las frazadas que tenía en las manos y se fue a pedirle las llaves a la encargada.

Poco tiempo después volvió con un manojo y febrilmente empezó a probarlas en el candado hasta que cedió ruidosamente. Entramos. Encendí un fósforo tratando de encontrar la perilla de la luz que accioné en vano un par de veces.

-¡Debe estar cortada! –dije conciliador.

-¡No! -aseguró Ariel- ¡Seguro que está quemada la bombita! ¡Te vas a tener que arreglar sin luz, hermano! ¡Espero que no le tengas miedo al Cuco! –bromeó, mientras buscábamos a tientas la cama y el colchón que no aparecían por ningún lado.

En realidad, aunque no le tuviera miedo, no me agradaba la idea de quedarme en esa pieza toda la noche a oscuras. Instintivamente miré el reloj y metí la mano en el bolsillo del pantalón;  recordé que tenía dinero para comer sólo una vez al día hasta que consiguiera algún trabajo.

-¡No te hagas problema! ¡Con el sueño atrasado que tengo, si viene el Cuco, le hago un lugar en la cama y sigo durmiendo! -contesté siguiendo con la broma. Tendimos la cama y Ariel se despidió, no sin antes volver a disculparse por la precaria hospitalidad que me ofrecía.

-¡En la cancha se ven los pingos, Ariel! ¡Lo importante es que lo poco que tenés, lo compartís con los amigos! -dije y, con un apretón de manos, convinimos en tomar unos mates y charlar por la mañana.

Me desvestí y me metí en la cama. Traté de arroparme como pude con las escasas cobijas para entrar en calor. Estaba calado hasta los huesos con ese frío húmedo y pegajoso. Intenté acostumbrarme a la oscuridad tratando de distinguir las cosas que me rodeaban. El cansancio del viaje y el frío fueron ganando terreno y me quedé dormido.

Algo me despertó. Tenía la sensación de que me estaban mirando. Acostumbrado, por el hambre, a pasar las noches en sórdidas pensiones de pasajeros o en hoteluchos de mala muerte, traté de aguzar el oído poniéndome en guardia. Fui abriendo lentamente los ojos para distinguir la naturaleza del peligro. Buscando serenarme, contuve la respiración por un instante para que no se me notara alterada.

Nada. A pesar de mis esfuerzos nada me parecía anormal. Con un movimiento inesperado, salté fuera de la cama. Me quedé unos instantes allí, de pie, esperando que algo sucediera. Aunque estaba casi seguro que no había nadie en la pieza, me sentía observado. A tientas me vestí como pude. Cuando logré ponerme el saco, busqué los fósforos en su interior y encendí uno. El escaso radio de luz que se produjo no me permitió ver gran cosa. Lo alcé por encima de mi cabeza para que iluminara cuanto fuera posible, repitiendo la misma operación en tres oportunidades. Nada. Con un fósforo, encendí un cigarrillo y salí al patio.

El frío de la noche me resultó agradable. Caminé hasta la verja exterior para distenderme. Al mirar hacia atrás, advertí que sobre el costado de la puerta de la improvisada pieza, había una llave de luz. A pesar de mi desconfianza regresé y traté de  accionarla. La escasa luz que produjo la bombilla suspendida en el dintel no me dio tiempo a mirar hacia adentro, cuando de repente, volvió a apagarse. Supuse que estaba floja la llave interruptora y lo intenté nuevamente. Cuando casi alcanzaba la perilla, sentí que algo baboso y frío me tocaba la mano. La retiré bruscamente preso de un terror irracional. Logré sobreponerme y, como pude, salí corriendo hacia la pieza de Ariel. Iba a llamar pero me detuve. ¿Cómo podía explicarle lo que había pasado? No me creería una palabra. Seguramente pensaría que lo había soñado. Mientras encendía otro cigarrillo, escuché claramente su voz:

-¿Quién está allí?  –gritó desde adentro de la pieza.

-¡Soy yo, no grites tanto que vas a despertar a los vecinos! -le dije.

-¿Y se puede saber que carajo estás haciendo a estas horas? ¡Son las dos de la matina! ¡Esperá que ya salgo! -me indicó.

Realmente no sabía por dónde empezar a explicarle. Nada de lo que estaba sucediendo tenía explicación. Ariel me miraba con sus ojos chiquitos y legañosos, más pequeños que lo habitual por el sopor de la noche. De no ser por lo dramático de la situación, hubiese reparado en el ridículo dúo que formábamos: Yo, vestido con traje y sobretodo y mi amigo, en pijamas y envuelto en una frazada que le tapaba casi hasta la cabeza.

-Pero, ¿estás seguro, flaco? -dijo Ariel- Me parece que estás mirando muchas películas últimamente -bromeó.

-¡No jodas, che! Ya estoy bastante crecidito como para asustarme con los cuentos de brujas -dije indignado.

-¡Bueno! ¡Está bien! Era una broma. Esperá que me visto, traigo la linterna y vamos a ver  -sin esperar una respuesta, entró en su habitación.

Con la linterna en la mano y un palo en la otra, abrimos lentamente la puerta de la pieza del fondo. Ariel fue iluminando cosa por cosa. Había un poco de todo. Restos de muebles viejos, lámparas de pie ya herrumbradas, hasta una escupidera de porcelana con la manija rota.

-Esa, por la medida, debe ser de la Gallega  –bromeó Ariel- ¿Con qué sentarse tiene, no? Nada. Ya te lo dije Sergio, estás mirando muchas películas -siguió diciendo.

-¡Esperá! Algo se mueve. Apuntá para allí, más a la izquierda…

Nos miramos sin entender. En un ángulo de la pieza, debajo de una mesita de luz, estaba agachada una gallina. Ariel siguió recorriendo la pieza con la escasa luz de la linterna.

-¡Esto es insólito! -le dije a mi amigo.

Si algo restaba para colmar nuestro asombro fue descubrir a un grupo de gallinas, metidas en un viejo baúl tumbado en el piso, con sus colas ensangrentadas y que se arrastraban despidiendo un olor a podrido insoportable.

-No entiendo,  -dijo Ariel-  ¿A quién se le pudo ocurrir usar esta pieza para hacer un gallinero? ¡No puede ser! ¡Estamos todos locos! -aseguró indignado.

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-Eso no sería nada, -dije.  ¿Y vos cómo explicás ese inaguantable olor a mierda? ¡Mirá que he visto gallineros en mi pueblo, pero como éste…, ninguno! Aquí pasa algo raro, Ariel. ¡Ese olor no es caquita de paloma! Seguimos recorriendo la pieza con la luz de la linterna. Nos acercamos cuanto pudimos a las que estaban en el piso. Aún se movían. Luchamos entre el miedo, el asco y la curiosidad. El último fue el sentimiento más fuerte y nos aproximamos lo suficiente para ver con claridad qué era lo que hacía que las gallinas se convulsionaran. El asombro llegó al paroxismo al comprobar que eran gusanos que les entraban y salían por el orificio anal en febril actividad.

-¡Te juro que no lo entiendo!,  -dijo Ariel. ¡Pellizcame, Sergio! -bromeó con el último vestigio de coraje que le quedaba. Nos miramos en silencio. No sabíamos qué pensar, en realidad.

-¡Ariel, -dije asustado- alumbráme bien aquí! O yo estoy loco o, me parece que estos bichos van creciendo a medida que entran y salen por el culo.

Mi amigo enfocó mejor al enjambre de gusanos que aprovechaban  el menor hueco para introducirse en el animal. No había sido una impresión. Efectivamente, esos cuerpos blandos y de movimiento contráctil, iban creciendo en la medida en que ingerían los restos sanguinolentos del interior del ave. Cuando ya habían alcanzado, unos seis o siete centímetros de longitud, comenzaban a estrangularse por la mitad de su cuerpo, hasta separarse en dos gusanos idénticos. Se iban multiplicando, formando una masa nauseabunda y ondulante, que intentaba con más ímpetu penetrar en el animal del que se nutrían.

Salimos al patio. Nos miramos sin entender con la impresión de estar frente a algo más complejo que simples gusanos: ¿Pero qué?…

-¡Estos hijos de puta  se las comen por dentro!  -dijo Ariel asustado.

-¿Te fijaste que las gallinas tienen los ojos vidriosos, como si estuvieran muertas, pero que aún pueden caminar?  -le respondí.

-¡Mirá!, -dijo Ariel- Me parece que lo mejor que podemos hacer es cerrar la puerta con el candado y llamar a alguien.

-¿Y a quién, Ariel? ¿Vos pensás que nos van a creer?

-¡No sé! ¡Llamemos a la policía! Que vengan a ver, que joder -dijo enojado por la necesidad de decir algo.

Cerramos la puerta con el candado. Nos metimos en la pieza de Ariel y llamamos al Comando Radioeléctrico de la Policía Federal.

-¿Operación gusanos? ¿Constitución? ¡Zona Liberada! QSL…Cambio…

Nadie nos creyó. Suponían que estábamos borrachos o, que en algo andaríamos. La mujer y los pibes de Ariel no sabían qué creer. Los tíos, que con el revuelo que armamos se habían levantado, dijeron por lo bajo: los muchachos se pasaron con algunas copitas y en fin…, dejaban la frase por la mitad del camino, cómo si con eso explicaran algo.

-¡Bueno!, -les dijo Ariel- ¡Ya qué nadie nos cree y son todos tan cojuditos como parece, ¿porqué no van ustedes mismos para ver si es cierto?

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire sacudiendo al auditorio. Aunque todos desconfiaban, ninguno tenía tanto valor como para ser el primero. Era preferible quedarse con la duda. Cuando parecía que nadie iba a hacer el intento, el tío dijo con la voz entrecortada por la indignación:

-¡Que joder! ¡A ver si creen que me van a asustar con cosas de pendejos!

Dio media vuelta, tomó la linterna y enfiló hacia el fondo del conventillo. Detrás de Don Ignacio, como atraídos por un imán, marchó el resto de la familia. Incluso la Gallega, que con tanto ruido se había despertado y vino a chusmear qué pasaba.

Salí en último lugar. Miré hacia la pieza y me di cuenta que la puerta estaba abierta. Se los dije pero nadie pareció escucharme. Cuando estaba a mitad de camino, vi que desde allí y en dirección contraria a la mía, caminaba un hombre de mediana estatura. Yo no lo conocía pero me dio la impresión de pertenecer al conventillo.

Al pasar a mi lado cruzó sin saludar y sin hacer el menor gesto que indicara haberme visto. Quizás fue el estado de nerviosismo o el terror que yo sentía pero, tuve la extraña sensación de que estaba muerto. Un fuerte olor a podrido invadió el patio. No lo quise creer y seguí a los otros. Cuando llegué a la piecita, alcancé aún a ver como los últimos entraban en ella. Algo me detuvo. No me atreví a enfrentarme nuevamente con aquello. Sin saber por qué, retrocedí. Frente a la pieza, se hallaban alineadas las cocinas del conventillo; vi la puerta abierta en una de ellas y entré.

El corazón me dio un salto. Al borde de la mesa estaba sentada la hija de Ariel con la cabecita gacha y, en su regazo, acunaba una muñeca de trapo con la camiseta de Boca.

-¡Eva!, -le dije casi en un grito-. ¿Qué hacés aquí? ¿Y mamá? -al instante recordé que a las dos las había visto salir detrás de los abuelos y los padres, pero en la cocina estaba solamente Eva, Julia estaría con Ariel.

Quise besarla y ella levantó su cabecita. Me quedé inmóvil. El mismo olor volvía a descomponerme. Era absurdo, un grotesco y satánico absurdo. Seguí mis impulsos tomando sus manitas entre las mías y grité. Grité como un loco. Grité de terror con las últimas fuerzas que me quedaban. Grité. Salí corriendo de la cocina en dirección a la pieza donde había empezado todo:

-¡Está helada, Ariel. Helada como un muerto y aún!… -me quedé paralizado por el espanto. Sentados en el suelo, estaban Ariel y su familia. Todos quietos, mudos, con los ojos vidriosos y la mirada fija del que no ve, en silencio y ese olor…

-¡Ese olor! ¡Dios mío, ese olor!…

*** Daniel Omar Granda ***

EL EMBRUJO Y LA MAGIA DE ESA CASA (247)

Y quiero dejar constancia que no hablo de encantamientos superfluos ni de simple hechicería. Sólo hablo de la magia que habita esas paredes. Del misterio develado que se encierra tras su puerta cancel.

Una noche cualquiera, una de tantas, caminaba lentamente por las calles de la ciudad de Concepción del Uruguay hasta que mis huesos, distraídos, se toparon de repente con uno de esos misterios que encierra la noche. Una casona vieja y hechizada, parecía llamarme desde el interior. Me detuve un instante, observé su fachada y busqué aclarar algunas ideas. La enorme puerta de madera se hallaba entreabierta y entré. Desde el patio, una suave música de saxo melancólico, parecía flotar en la noche uruguayense. Era una bar y en su barra iluminada por cálidas luces, una hermosa morena de increíbles ojos negros,  releía una y mil veces el mínimo poema de Ernesto Cardenal:

Al perderte yo a ti, tú y yo hemos perdido:
yo porque tú eras lo que yo más amaba
y tú porque yo era el que te amaba más.
Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo
porque yo podré amar a otras como te amaba a ti
pero a ti no te amarán como te amaba yo.

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Respeté su silencio y me acomodé en la mesa que se hallaba en el otro extremo de la barra. Cada una de las habitaciones de la casona, parecían querer hablarme y contarme cosas que yo desconocía. Una agradable penumbra contagiaba de misterio cada ambiente. Era un hermoso lugar y tranquilo. Me distraje leyendo la carta de las pizzas que ofrecían, mientras una inquietante sensación me invadía lentamente. Pedí unas empanadas y una cerveza;  traté de comprender. Esas paredes me hablaban de los otros que ya no estaban o quizás,  de las cosas que habían sucedido entre esos muros.

Recorrí con la mirada la casona. Tres habitaciones interconectadas por arcadas, daban la sensación de un lugar amplio y familiar. En cada una de ellas, un conjunto de mesas y colores,  permitían a  ocasionales comensales disfrutar de un lugar de encuentro y a la vez, de cierta intimidad para las parejas que adornaban la casona. Realmente era perfecta y habían aprovechado muy  bien el espacio. Disfruté de unas buenas empanadas riojanas y otras de humita, para suavizar el picante; una cerveza bien helada era la perfecta compañera.

Misterio y embrujo eran dos razones fuertemente atrayentes para que empezara a indagar. Charlando con Jorge, supe que en el lugar antiguamente, habrían funcionado un Juzgado Correccional  y más tarde un jardín de infantes. Qué extraña paradoja que encerraba aquella casa. Era la amalgama perfecta de la historia. De la culpa a la inocencia y de allí, en un audaz salto del tiempo,  a la síntesis que proponía, la música y  un lugar del encuentro con el otro. Quizás eran esos los murmullos, inaudibles por el tiempo transcurrido, que yo lograba percibir. Probablemente se confundían en el tiempo. Se entreveraban.  Deambulaban mezclados,  por los muros de la casa.

Tal vez,  habrían quedado atrapados en las paredes. O tal vez, siempre estuvieron allí, esperándome. La culpa y la inocencia. La inocencia y la culpa.  Quizás ambas pujaban por salir a la superficie, vestidas con las ropas de otra realidad distinta. Más humana e imperfecta. Me levanté atraído por la puerta que daba sobre los fondos. Pedí permiso y me dejaron ver el enorme patio. Cuando abrieron esa puerta, el sonido a negritud de un saxo bien soplado,  resonó en un Spiritual. Jorge me explicó que, en temporada, presentan allí  a grupos musicales y a veces, algún que otro espectáculo teatral. Todos esos sonidos se mezclaron. Se mezcló la risa y el canto dolorido de los esclavos del Mississippi. Se mezcló lo absurdo de Ionesco con el canto dulce de una chamarra entrerriana. Un títere me explicó, que las cosas se suceden, pero no pasan. Que todos estaban allí, esperando que se encendieran las luces y la risa de las gentes. Que alegría y dolor, son la dos caras de una misma moneda. Que a veces, jugaban a la ronda con los chicos del jardín y que otras, presentían la condena de un reo que iría a la cárcel. Luz y sombra inseparables, necesarias. Intentando aceptar el concepto del tiempo. Inventando el espacio, desandando los vientos. Noche y día, secuencia interminable de la vida.  Pero… ¿Qué es la vida? Me pregunté.

Cerré la puerta con cuidado para no molestar a los duendes, saludé a Jorge y me fui. Y por eso hoy afirmo y quiero dejar constancia,  que no hablo de encantamientos superfluos ni de simple hechicería. Sólo hablo de la magia y del misterio que se encierran en esa casa.

*** Daniel Omar Granda ***

EL DÍA DE LA INDEPENDENCIA: UNA DE COWBOYS (244)

Hace un tiempo largo fui al cine y me encontré con Carlos, un amigo de años. Nos vimos un peliculón de esos que hacía tiempo  no veíamos. Lo que más me impactó a mí, fueron los efectos especiales con los que se produjeron algunos de los pasajes más memorables. Digna  película para pochoclos, como en los viejos tiempos. Realmente siempre creímos estar solos en el Universo y si lo que el autor del film pensó como posible, fuese cierto, comparto con él el slogan de la película de que ahora desearíamos estar solos. Ya sobre el principio, uno se atornilla a la butaca. Una enorme nave espacial (dos tercios el volumen de la luna), ingresa en  nuestra atmósfera, dividiéndose en enormes porciones metálicas que se suspenden sobre las más importantes ciudades del mundo. Está muy bien tramada, porque inicialmente es un enigma saber cuáles son las intenciones que traen los visitantes. Tanto es así, que el presidente de los EEUU piensa que los mueve el interés científico y no actitudes bélicas, e intenta entonces, una serie de acercamientos de aproximación pacífica que son frustrados rápidamente.

El muchachito (infaltable, por cierto en una de cowboys) no es el personaje más importante, pero descubre por ser asiduo jugador de ajedrez, que las intenciones son  -Non Santas-  y decide advertirle al presidente de los EEUU. Una serie de vicisitudes previas, retrasan esta posibilidad, hasta que logra acceder a él por su ex-esposa, que dicho sea de paso, “casualmente” es la secretaria eficiente del primer mandatario norteamericano, con las típicas actitudes persuasivas que tiene Donald Trump, hacia los latinoamericanos que ingresan indocumentados.

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Al tomar conciencia de las verdaderas intenciones de los extraterrestres, se intenta por todos los medios bélicos, disuadir la posible invasión a la tierra. Hasta que se agota el tiempo. La misma se desata y es la parte más espectacular de la película por sus efectos especiales. Cuando se abre la nave sobre la Casa Blanca y lun halo de luz verde resuena al tiempo que los edificios estallan, los coches vuelan y una inmensa onda de fuego y escombros avanza por las calles.  El pánico es total. La gente huye sin sentido y sin posibilidad de salvación.

La evacuación de la Casa Blanca se produce sobre los instantes finales en  los que se desata el ataque. El avión presidencial (con el muchachito incluido) despega justo a tiempo, antes de ser alcanzado por una increíble onda expansiva y de fuego, que resulta espeluznante. A pesar de todo, el presidente de los EEUU se salva y coordina el ataque de las fuerzas del mundo contra los invasores.

Hay momentos en la trama, de un hondo dramatismo. Otro de los protagonistas, es un piloto de guerra negro, que logra derrotar un ovni y traer al extraterrestre capturado a las trompadas a su base. Lo cierto es que la contraofensiva se prepara a partir de un descubrimiento casual. La posibilidad de meterles un virus en su sistema de computación; permitiendo que se vulnere su blindaje que consiste en una suerte de escudo electromagnético, que no permite el ingreso de balas, misiles o lo que fuere que los terráqueos les dispararan, pudiendo entonces ser atacados en forma simultánea; en todos los frentes del mundo que se lucha contra los extraterrestres.

Dicha coordinación se logra comunicándose (para no ser descubiertos) reflotando el viejo sistema morse y por la actitud de toda la humanidad que se une frente a un enemigo común. Es admirable ver entonces, aviadores israelíes junto a los árabes y luchando por un objetivo único. Lo más conmovedor, es ver al presidente de los EEUU piloteando un avión de guerra y arengando a sus tropas. Entre otros conceptos, afirma que a partir de este hecho inaudito, el 4 de julio pasaría a ser el día de la independencia del mundo entero y no sólo de su país. Obviamente es una vieja aspiración imperialista que no dejan de mostrarle al mundo entero de forma permanente.

Finalmente, los invasores son vencidos en todos los frentes y como corresponde a  una película de este tipo, todo concluye con un final feliz. Con Juan analizamos estas últimas escenas, mientras nos instalábamos cómodamente en una pizzería, que es el lugar ideal para comentar un buen film y discutir acerca de su contenido y la difusión inequívoca de querer expandir el imperio en pleno siglo XXI.  Una típica película de cowboys, sin pistolas al cinto, pero con el sheriff que comanda a las fuerzas internacionales y logra el imperio de la ley (la de ellos, por supuesto).

*** Daniel Omar Granda ***

SOLILOQUIO I (239)

¿Cómo estás?…
tus ojos se ven cansados
quizás, algo tristes,
más de lo que debiera
no sería saludable.

¿No me hablás?…
la lengua se te anuda
en las palabras
y en este silencio vacío
que te abruma, poco a poco,
sin apuros
va comiendo tus contornos
y tus formas
y reformas.

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¿Qué callás?…
Su ausencia,
o la presencia
de esta ausencia.

¿Duele, verdad?…
Dice que es precio justo
para verte crecer,
o creer, quién sabe,
quién quiere saber
quién puede saber.

Sólo tú, soledad,
sólo tú
estás
y esa es la verdad.

*** Daniel Omar Granda ***

DECRETO (238)

Basta, se acabó.
Hoy, por decreto
de necesidad y urgencia,
tiro mi vida al basurero de la historia.
Afirmo, definitivamente,
que mañana: no existe
(más que en la imaginación)
que ayer: es el recuerdo
(pegoteado en la memoria)
que ahora: es lo único que cuenta
(al menos, por el rato que nos dura la existencia).
Para qué desangrarme
inútilmente,
por mejorar mañanas
por superar ayeres.

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Decreto, entonces:
vive hoy
como puedas,
como sepas,
quizás,
en utópico intento.
Lo sé, lo palpo, lo siento y lo veo:
mientras digo la palabra, mientras,
la vida se me escurre
como el agua entre los dedos
y nada,
nada,
puede detenerla.

*** Daniel Omar Granda ***

LA ETERNA DUDA (237)

Néstor luchaba consigo para no caer en la desesperanza. Desde la adolescencia fue la víctima propiciatoria de sus propias ideas; pero esta vez, avanzaba peligrosamente hacia el abismo.

Cursaba el último año de filosofía en la universidad estatal y aún, no sabía qué hacer. Veía a otros estudiantes hallar sus destinos; mientras que él, era un diletante entre una corriente de pensamiento y otra, sin acertar un rumbo definitivo a tomar. Le resultaban extraños los laberintos de su mente. Cuando creía haber descubierto el hilo de Ariadna que inefablemente lo guiaría hacia la verdad, simple y contundente; una mínima duda, un concepto oculto hasta ese momento, una pequeña falla en el esquema del análisis o, la aparición catastrófica y fortuita de una nueva teoría en el horizonte, ponía en tela de juicio sus certezas, dando por tierra con la estructura de su pensamiento. Sobre todo, lo obsesionaba saber que la aparente complejidad de la realidad sensible, podía reducirse a un manojo de verdades obvias. Aún así, no por obvias, menos ciertas. “Ama y haz lo que quieras”, dijo alguna vez San Agustín y, en ese axioma, centró la visión de la ética cristiana. Así de simple y de complejo al mismo tiempo: ¿Qué se puede hacer en amor, que contradiga al propio amor?  Nada. Absolutamente nada. Tan solo amar.

Néstor aseguraba que estas verdades, deberían serle reveladas por la inspiración, en un destello de lucidez y plenitud. Mágica inspiración a la que convocaba, sin la necesaria transpiración del conocimiento, al decir de Rilke. En cada una de las inagotables charlas filosófico-literarias de café, intentaba encontrar el fin último del ser y de las cosas. Arriesgaba respuestas, para inmediatamente retroceder y quedarse rumiando la lógica aplastante de su circunstancial oponente.

Sócrates, Dilthey, Platón, Husserl, Bergson y Schelling legañosos, soportaban estoicamente los embates de Descartes y Kant. Dios, mientras tanto, sentado a la otra mesa, pretendía entender a Hegel y su razón absoluta. Heidegger, Ortega y Gasset, Unamuno, Parménides, Locke, Leibniz y Spencer aguardaban su oportunidad. Mientras tanto, Sartre, los tenía a mal traer con su ser y con su nada. En total, nada. Y, aunque inaudito, una nada tan pesada que se materializaba por la acumulación precipitada de conceptos contradictorios.

Como el Erdosaín de Arlt, Néstor se sentaba en el banco de una plaza esperando su respuesta. ¿Qué es la vida?, se preguntaba cien veces y se daba cien respuestas. Sabía que esto no era posible. Sólo una contaba…, ¿pero cuál? ¿Por dónde empezar?

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Tantos caminos que se entrecruzaban, significaban respuestas encontradas y perdidas al mismo tiempo. Cuando el cansancio lo abatía, seguía los sabios consejos del general, desensillar hasta que aclare; aunque a veces sentía que la tormenta venía de sudestada. Nada desechaba a priori. Todas las teorías eran pasibles de ser analizadas, tamizándolas a través de una lógica aplastante. Justo es decir que había teorías  que sufrían un proceso más minucioso que otras y algunas, lograban sostenerse por un mayor lapso de tiempo. Muchas soportaron una larga agonía antes de caer en el descrédito. El caso del cristianismo, por ejemplo. Tenía respuestas para casi todo; excepto, para aquello que sólo fuese develado por el acto de fe. Cuando Néstor llegaba a ese punto crítico del análisis, la frase mágica era esgrimida por el interlocutor de turno y sonaba como un chicotazo artero. Era cuestión de fe y no había más discusión: creer o reventar. Y Néstor reventaba.

Un día, por casualidad o por causalidad (como le gustaba pensar), acertó a ingresar en un bar cercano a la facultad donde, un grupo de ruidosos estudiantes, discutían acaloradamente acerca de las posibilidades de las filosofías orientales.

-¡Los occidentales, nos aproximamos a una encrucijada que los pensadores de la India alcanzaron 700 años antes de Cristo!, -afirmaba alguien, citando a Heinrich Zimmer-. ¡Por eso, frente a los conceptos e imágenes de la sabiduría oriental, nos sentimos intranquilos y molestos pero también atraídos! -concluyó.

Néstor se quedó azorado. Esas palabras, para él, fueron una trampa mortal y lo supo en ese instante. Había sido atrapado y entonces pensó:

-¿Por qué no? ¿Por qué busco la verdad en el occidente, cuando es en el oriente donde lo trascendente juega a las escondidas con los conceptos y con las palabras? ¿Por qué no perderme entre las visiones y los rituales de un mundo que respira sabiduría?  -reflexionó.

Pagó el café y viajó a la India. Claro que no fue tan sencillo; previamente tuvo que resolver algunas cuestiones materiales como vender su Citroën, la flauta traversa y alguna que otra chuchería que le permitiera afrontar los gastos del viaje.

Al descender del avión, en Nueva Delhi, el corazón se le estrujó. Debía convertirse en discípulo cumpliendo con una serie de disciplinas preliminares, hasta alcanzar la madurez suficiente para ser considerado el adhikârin de algún gurú que lo aceptara. Néstor llevaba dentro la angustia de la verdad apetecida que sólo el maestro podía satisfacer. Estaba dispuesto a someterse al gurú. A reverenciarlo como la personificación del divino saber. A compartir su casa el tiempo que fuera necesario, sirviendo en la misma y ayudándolo en su trabajo.

En esta nueva aventura que había emprendido, el conocimiento venía de la mano de una práctica constante; de una forma de vida que significaba: la reclusión monástica, el ascetismo, la meditación, la plegaria, los ejercicios de yoga  y muchas horas diarias dedicadas al culto. Sabía que si el guru lo aceptaba, él era la verdad encarnada y lo iba a imbuir de la divina esencia.

Se adentró en el Vedânta. Estudió con devoción el Vedântasâra, que era un pequeño tratado para principiantes; teniendo la certeza que para ser considerado un estudiante competente, máxime por su condición de occidental, debía conocer en profundidad los cuatro Vedas para poder ejercer los elementos necesarios del rito: la dieta, el ayuno y la meditación.

Al poco tiempo, Néstor estaba irreconocible. La cabeza rapada, una túnica de tela rústica, un cuenco al que debía limpiar varias veces al día por si los dioses lo necesitaban para beber. Eran sus únicas pertenencias terrenales. Las flores de rododendro, las aletas de tiburón o los retoños de bambú, eran sus comidas favoritas durante los días de fiesta. Pero a diario, había aprendido a conformarse con el tradicional tsampa, que era su alimento principal. También aprendió a prepararlo, tostando la cebada hasta que adquiría un color castaño y una consistencia crocante; después, partía los granos para convertirlos en harina. Inmediatamente se volvían a tostar y se colocaban en el cuenco, agregándole un té mantecado caliente, elaborando una masa. Se le agregaba sal, bórax, manteca de yac a gusto y se la comía, tratando de no pensar en las parrillas humeantes de un asado bien argentino. A pesar de las penurias y las dificultades, Néstor estaba contento. Se sentía coherente y ansioso de respuestas. Después de muchos años de sacrificio purificante, tuvo la oportunidad de indagar al gurú con su pregunta vital:

-¿Qué es la vida, maestro?

-La vida  -dijo el sabio-  está en la práctica del Jainismo. El universo es un organismo vivo, animado en todas sus partes por las Mônadas vitales que circulan por sus miembros y esferas. Este organismo es inmortal y nosotros, las mônadas vitales que constituimos la substancia misma del Gran Cuerpo imperecedero, también somos imperecederos. Ascendemos y descendemos pasando por diversos estados del ser, ora humano, ora divino, ora animal. Y los cuerpos parecen morir y nacer, pero la cadena es continua, las transformaciones infinitas y todo lo que hacemos es pasar de un estado al siguiente…, -sentenció el gurú.

-¡Pero, maestro!  -argumentó con humildad Néstor-  ¿Debería tener entonces la visión de un santo y vidente Jaina, para poder percibir como las indestructibles mônadas vitales circulan por el universo?

-Y…, sí. – le aseguró el gurú- ¡Es una cuestión de fe!

Néstor se deshizo en llanto. Tanto sacrificio, tanta búsqueda, para llegar por otro camino al mismo sitio. Desesperado, le contó al maestro su historia y éste, sinceramente conmovido, le aconsejó que marchara al lamasterio de Chakpuri, en las afueras de Lhasa y tratara de ver al Dalai Lama, el Más Recóndito…

En las casas de techos planos de los campesinos tibetanos, con pequeños parapetos para conservar y secar el estiércol de yac como combustible, se albergó Néstor durante su penoso viaje. No era una deshonra ser mendigo en el oriente. En ocasiones, como un monje budista que jamás pide limosna, se detenía frente al umbral de una puerta esperando con su escudilla en la mano y, cuando estaba llena, seguía su camino sin decir palabra.

En las misteriosas tierras altas de Chang-Tang alcanzó su destino. Fue admitido como peregrino en el lamasterio de Potala, en espera de ser recibido por el Dalai Lama. El piso de piedra de la catedral de Jo-Kang, con gastados surcos horadados por los peregrinos que recorrían reverentemente el Círculo Interno mientras rezaban sus mantras, le produjo una visión dolorosa. Evidentemente, su búsqueda de la verdad se sumaba a la de millones que, con el correr de los siglos, habrían recorrido caminos semejantes. El pesado olor a incienso flotaba como nubes en la montaña. Se concentró en la rueda de oraciones, repitiendo su mantra:

-¡Om! ¡Mani padme hum!

En algún momento del peregrinaje, un lama se acercó y le hizo una reverencia. El momento había llegado. Sobre una escalinata ricamente alfombrada, un anciano de luenga cabellera y barba blanca como la nieve del Himalaya, lo aguardaba. Néstor no pudo menos que sobrecogerse ante la dulzura de los profundos ojos azules del Más Recóndito. Este lo miró y le dijo:

-¡Hijo mío! ¿Qué te ha traído hasta mí?

Néstor, postrado a sus pies, carraspeó suavemente para aclarar la voz y con un profundo respeto, preguntó:

-¡Maestro! Necesito saber…, ¿Qué es la vida?

El Dalai Lama sonrió. Creyó entender los pesares profundos que contenía la simple pregunta de ese peregrino. Alzó su mirada al infinito y dijo:

-¡Hijo mío! ¡La vida, es procurar la felicidad del otro, de tu prójimo!

Néstor, maravillado por la sencillez de la respuesta del Dalai Lama y conmovido hasta las lágrimas, necesitó comprobar una vez más lo que sus oídos se negaban a escuchar.

-¿Eso es la vida, Maestro?  -preguntó.

El Dalai Lama posó su profunda mirada azul sobre el peregrino y, humildemente preguntó:

-¿Ah, no?…

*Este relato fue publicado por EDUNER (Universidad de Entre Ríos), Argentina, en 1999 en una Antología llamada “Patria de Luz – Tomo 3” dentro de la Selección de Autores Entrerrianos.  

*** Daniel Omar Granda ***

LOS CRÊPES DEL ARCO IRIS (236)

En un mes de enero de hace unos años, tuve la oportunidad de visitar el barco de Green Peace: el Rainbow Warrior II (guerrero del arco iris), amarrado en el puerto de Buenos Aires, para efectuar una serie de reparaciones. Este es el barco insignia de la Organización No Gubernamental (ONG), de carácter mundial dedicada a la defensa de la ecología y del medio ambiente.

El guerrero anterior, fue hundido por buzos tácticos de la marina francesa en un atentado en oportunidad de efectuarse las pruebas nucleares en el Atolón de Mururoa, en el Océano Pacífico. Como todo guerrero de la esperanza, otras manos, otros pechos, otras ganas reemplazaron al caído que descansa sus sueños de utopías en las profundidades del océano.

Las pruebas nucleares continuaron, pero los sueños de los hombres también. Francia tuvo que indemnizar a Green Peace y un nuevo barco insignia surca incansable, los mares y océanos, proclamando la posibilidad de un mundo mejor. Según los entusiastas militantes de Green Peace, este Rainbow Warrior es un barco absolutamente ecológico: Navega a vela y a motor pero, utilizando un combustible apto para el medio ambiente y que no contamina.

Su tripulación rota cada cuatro meses y está compuesta por un ramillete de muchachos y de chicas del mundo entero, que buscan la armonía del planeta. Como todo barco que se precie de tal; cuenta con un Capitán, un Primer y Segundo Oficial, además de los esforzados voluntarios que embarcan en todos los puertos del mundo, participando en acciones preventivas para defender al medio ambiente.

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Los chicos y chicas en el Rainbow, hacen de todo. Desde cocinar; lavar las cubiertas; atender las sentinas o subirse a un Gomón con motor, para ponerse debajo de otro barco que pretenda tirar al mar containers con desechos nucleares, arriesgando sus propias vidas. O también, en otras oportunidades, con esos Gomones con motor, logran interferir en la operación de los barcos balleneros para intentar obstruir, por lo menos, en la matanza indiscriminada de dichos cetáceos en todos los mares del planeta.

En nuestro país, entre otras acciones, Green Peace se opuso enérgicamente a la posibilidad de que la localidad de Gastre, en la provincia del Chubut, se convirtiera en un enorme reservorio de desechos nucleares; así también como a la posibilidad de que se empleen incineradores de residuos tóxicos, que emanen al aire libre contaminando la atmósfera, como el que funciona en la ciudad de Zárate, Provincia de Buenos Aires.

Pero estas chicas y muchachos ambientalistas, no sólo accionan protegiendo la naturaleza, también saben disfrutar de la buena mesa y sobre todo con los amigos. En oportunidad de mi visita como cronista del diario La Voz de la Histórica, de Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos; no podía dejar de husmear por la cocina del Guerrero del Arco Iris, donde  una de sus asistentes de campaña del ozono y voluntaria desde 1992, Marina Orman, nos preparó unos crêpes rellenos que merecen estar en el libro Guinnes de la gastronomía mundial.

*** Daniel Omar Granda ***

LOS CAMINOS DEL OTOÑO (235)

El otoño en la vida, es mansedumbre, alguna que otra sabiduría adquirida por allí y sostenida por esta fuerza aún intacta, de una juventud todavía plena y pletórica de encantos. No voy a negar que algunos piensan que sólo es la antesala del invierno y que otros, creen que es sólo un día fresco del verano que se resisten dejar. Lo cierto, como dice Serrat, «la vida es lo que es, lo que no tiene: es remedio».

Siempre amé la poesía y a su vez, amé a los profetas de la metáfora que con ella lograron asombrarme. Quizás resulte que el asombro, sea también una cualidad del alma. Por qué no. Lo cierto es que la vida pasa sin detenerse ni un sólo instante. La vida, siempre fue una señora de compromiso abyecto, que no acepta el ciego traqueteo de andar y detenernos. Ella sólo genera. No vive del ensueño.

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Nosotros sí. Soñamos y nos ensoñamos. Buscamos y perseguimos, como posesos a veces, cosas que con el tiempo se diluyen o simplemente, que se extravían en sus contornos. Intentamos una y mil veces: alcanzar el prestigio, el poder, el dinero, la grandilocuente «realización personal» y no nos damos cuenta de que la vida es más simple. La vida es sólo vida, la de todos los días, la de las pequeñas cosas.

Esa es la vida, la verdadera: la que se nos escapa por entre los dedos sin poder retenerla. La simple vida. La vida simple. Cuántas veces nos detenemos a pensar por un instante, en las pequeñas cosas que nos rodean. Esas pequeñas cosas que nos dan felicidad. 

Alguna vez, Borges, confesó amargamente que había cometido el peor de los pecados: no haber sido feliz.  Alguna vez; quizás nosotros mismos, nos confesemos en la intimidad cometer el mismo error: dejar que la vida pase «sin pena, ni gloria».

Por eso es una buena estación «el otoño». Uno tiene la mochila cargada con alguna sabiduría. Tiene también la fuerza suficiente para poder transportarla. Todavía camina con ojos de asombro por la vida. Por eso, a pesar de todo. A pesar de la sentencia de Discépolo que nos acompaña y señala: la Biblia y el calefón.  A pesar de otras certezas,  dolorosas y crueles. Digo: a pesar de todo y a pesar de uno mismo «hay que andar por los caminos del otoño».  A pesar de la vida misma, somos este animal de luz que tan bellamente pintó con palabras el gran Vate de la poesía latinoamericana: Pablo Neruda

Animal de luz (Pablo Neruda)

Soy en este sin fin sin soledad
un animal de luz acorralado
por sus errores y por su follaje:
ancha es la selva: aquí mis semejantes
pululan, retroceden o trafican,
mientras yo me retiro acompañado
por la escolta que el tiempo determina:
olas del mar, estrellas de la noche.


Es poco, es ancho, es escaso y es todo.
De tanto ver mis ojos otros ojos
y mi boca de tanto ser besada,
de haber tragado el humo
de aquellos trenes desaparecidos:
las viejas estaciones despiadadas
y el polvo de incesantes librerías,
el hombre, yo, el mortal, se fatigó
de ojos, de besos, de humo, de caminos,
de libros más espesos que la tierra.


Y hoy en el fondo del bosque perdido
oye el rumor del enemigo y huye
no de los otros sino de sí mismo,
de la conversación interminable,
del coro que cantaba con nosotros
y del significado de la vida.

Porque una vez, porque una vez,
porque una sílaba o el transcurso de un silencio
o el sonido insepulto de la ola
me dejan frente a la verdad,
y no hay nada más que descifrar,
ni nada más que hablar: eso era todo:
se cerraron las puertas de la selva,
circula el sol abriendo los follajes,
sube la luna como fruta blanca
y el hombre se acomoda a su destino.

*** Daniel Omar Granda ***

LA COSTERA, CON ALMA DE BANDONEÓN Y DE CHAMARRA (232)

Como trabajaba de cronista para el diario “La voz de la Histórica,” esa noche me tocó hacerle una nota a “La Costera”; y allí estaba contento como ternero en la teta. La queja del bandoneón se apoderó de la noche. Sin quererlo, cerré los ojos y el barrio del Abasto de Buenos Aires (donde nací), me apareció de repente. La barra de la esquina, los muchachos del café “La Esmeralda”, donde el gordo Aníbal Troilo caía con las primeras luces del día, a tomarse el último trago. El loquito infaltable de cualquier barrio de Buenos Aires, que se creía Gardel y que se vestía igualito imitándolo y cuando entraba en el café decía para todos los parroquianos: «Salú a la barra, que baten los chochamus…».

Cuántas noches de insomnio creativo. Allí aprendí la cruel filosofía de Enrique Santos Discépolo (Discepolín) de la “Biblia y el calefón”, de la ternura cruel y del amor ausente; aprendí de la amistad sin grupo y también, de las pilas secas de todos los timbres que vos apretás. Allí empecé a amar al tango. A sentirlo para que la gran ciudad no te aplaste. Recuerdo las palabras del poeta mendocino, Armando Tejada Gómez, que decía en su «Muchacho en setiembre»: …” Andar de rigurosa adolescencia, como buscando qué, que no he perdido…” […] A veces, me siento ese muchacho. Otras, siento el peso de los siglos de una vida intensamente vivida. Y algunas otras, como hoy, me dejo llevar por la quejumbre de un fuelle que suena como los dioses, en una parrilla-restaurante de Concepción del Uruguay llamada “La Costera” y que lamentablemente ya se la comió el olvido y desapareció junto a la nostalgia de aquellos tiempos.

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Cuando entré, estaba tocando la típica “Yumba Cuatro”, una orquesta de aquellas que ya no se ven y que según supe, era tradicional en la zona. El bandoneón de Rubén Crosignani arrancó con los primeros compases de “Tinta Roja” y  sobre el pucho; el «Chileno» (que no es chileno), Carlos Assín lo secundó con la guitarra eléctrica y para no quedarse atrás, Rodolfo Guidoni con el contrabajo; le sirvió de contrapunto preparando el terreno para que entrara el cantor del grupo: Reno Crosignani quién me dedicó (como porteño) amablemente ese tema. Y después: “El motivo”; “La abandoné y no sabía”; “Más sólo que nunca”; “De igual a igual”; y como broche de oro: “Cuesta abajo”.

Al terminar con la primer entrada, nos sentamos todos juntos en una mesa amablemente tendida por su dueño, Don Ricardo Dupin, quién nos prometió un asado de rompe y raja, y no falló. Para empezar a despuntar el vicio, como los muchachos tenían que seguir actuando, solo tomamos “algunas” botellas de un buen borgoña cojonudo. Como formamos una mesa grande, casi tanto como las ganas que le pone Ricardo a la defensa y la difusión de la música nuestra, hubo algunos comensales que no se prendieron en el asado. Pedro “Chamamé Larroque” prefirió una suprema de pollo a la napolitana y su compañero, Coco Serrano, se entusiasmó con un pesceto al vino, con una salsita de cebollas y vino, que era un espectáculo aparte. Al resto nos castigaron con un asado flor y truco, que Ricardo fue trayendo de a poco, desde el asador, para que no se nos enfriara. Qué decir y cómo describir una de las comidas más populares de la Argentina: Un asado de primera y la hermosa compañía de la gente que ama el canto y las cosas nuestras.

A los postres, flanes caseros y copas heladas, Ricardo nos leyó una carta que le había enviado, la semana anterior, el Gobernador de la Provincia de Entre Ríos, con motivo de cumplirse el 14 aniversario de la parrilla. Entre otros conceptos decía: …” Que la Costera, es una bandera en alto de la música nacional, encuentro de amigos y sobre todo, festejo del amor entre los seres humanos…” Aplausos cerrados y de inmediato, alguien pegó el grito, pidiendo a los musiqueros y se armó el bailongo.  El conjunto de Pedro “Chamamé Larroque”, con su acordeón de tres hileras, secundado por la guitarra del “Chileno” y el bajo de Coco Serrano, arrancó sin más trámite con el típico chamamé correntino: “Kilometro 11”, de don Tránsito Cocomarola. Y las parejas, deseosas de hacer galas de sus amplios conocimientos en estas lides, no se hicieron esperar y se adueñaron de la pista de baile. Después de haber aceptado el convite y bailar un par de chamarras dulzonas, y algún que otro paso doble también; enfile para la puerta de salida, despidiéndome de todos como aquel loquito de mi viejo barrio: «Salú a la barra y hasta la vuelta»… Entonces llegó el momento de trabajar y escribir estas notas que debía llevar a la redacción, para el diario de la edición de mañana.

*** Daniel Omar Granda ***