LA BITÁCORA DEL NAUFRAGIO – NIÑO BIEN (298) [PARTE 04/12]

La República Argentina, desde 1930 hasta 1983, fue azotada por golpes militares violentos, que derrocaban las democracias republicanas surgidas de elecciones libres. Esa es la triste historia de mi país, lamentablemente. Tampoco vale afirmar que han sido “solamente” las fuerzas militares quienes cometían esos atropellos; en general, eran apoyadas por diversos sectores de la sociedad: Partidos políticos, Iglesia, Sindicalistas y hasta el propio Partido Comunista. Pero sin lugar a dudas, durante el golpe sangriento del período: 1976/1983, llegamos a conocer el peor rostro de nuestra sociedad. Miles de Centros de Detención y Torturas Clandestinas, se instalaron en todo el territorio nacional. La tortura como método y la “desaparición forzada de personas” fueron aplicadas sin piedad con un saldo de 30.000 desaparecidos; cientos de niños secuestrados o nacidos en cautiverio, que al día de hoy se los sigue buscando; miles de muertos y un incalculable número de prisioneros que, si tenían suerte, eran blanqueados en las cárceles. Pero aquellos que consideraban demasiado íntegros y que no iban a delatar aportando algún dato; terminaban en una fosa común o tirados vivos desde los aviones en medio del Río de la Plata. Estos y muchos más son los atroces hechos ocurridos hasta el advenimiento de la democracia con el Dr. Raúl Alfonsín en 1983.

La historia la conocen y “La bitácora del Naufragio” pretende homenajear a aquellos que perdieron sus vidas durante dicho período. Los personajes son arquetipos de los diversos argentinos que murieron luchando en esta gesta y de su propia épica. Aunque argentino, mis abuelos paternos son asturianos y agradezco la posibilidad de dar a conocer estos cuentos en #memoriasdeundestierro. La idea es publicar un cuento de la “Bitácora” semanalmente, hasta completar la totalidad de ellos con el cuento de “La noche”, que describe acabadamente la mentalidad propia del torturador.

Daniel Granda 26/12/2020

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NIÑO BIEN (298)

Es cierto, era un tipo distinto. Pudo ser cualquier cosa, tener lo que quisiera pero prefirió su suerte. Esa fue su diferencia, su sello distintivo, pudo elegir y eligió.

Don León lo sabía aunque jamás lo quiso aceptar. Supongo que para un hombre importante de negocios como él, era una situación difícil de sobrellevar. Si bien nunca escatimó esfuerzos por su familia, profesaba el más romántico de los socialismos a pesar de reconocer sus propias contradicciones. Comunista de la vieja escuela, tenaz y tolerante al mismo tiempo, probablemente soñaba para su hijo otro destino. Su madre, merecería un capítulo aparte. Era, estrictamente hablando, un racimo de afectos. Lo cobijaba sin sobreprotecciones y sabía convertirse a veces en cómplice, siempre en amiga.

Dante creció así, entre un desmedido amor y los almohadones. Los mejores colegios, los mejores juguetes, los mejores vestidos, los mejores viajes, lo mejor de lo mejor, todo; incluso, la calidez de un buen hogar.

En los tiempos difíciles, durante su detención en el penal de Rawson, lo acompañaron permanentemente a pesar de la distancia. Seguramente proyectaron en él, viejos sentimientos por una revolución abortada mucho antes de nacer. Dante se convirtió en esa suerte de hijo soñado pero demasiado real. Cuando salió del penal quisieron creer que replantearía su vida y en alguna medida lo hizo, sólo que no en la dirección esperada por ellos. Era un hombre distinto el muchacho que encontraron. Sólido, definido, con urgencias incontenibles y con una claridad de objetivos ante los cuales no cabía otra actitud que aceptarlos. La tortura logró en Dante el efecto contrario al que buscaban. Sus íntimas preguntas hallaron su respuesta en la picana.

-¡Nos van a matar a todos! -sentenció una vez- Igual, desde la tumba, es preciso continuar. Hay que apostar al sueño de los hijos de nuestros hijos.

Y apostó. Apostó con tanta fuerza que de pronto se convirtió en el gran artesano de lo nuevo. Construía diariamente un hombre de otra dimensión: humano, solidario, generoso, alegre y tan cotidiano que a la vista de los otros era un hombre creíble.

Ese otro llenaba sus espacios, era el que importaba. Ese otro dejó de verlo como a un niño bien para incorporarlo afectivamente a su vida. Y así, con la simple magia de lo simple, fue el Dante de la mesa, del barrio, de la fábrica. En la soledad de la pobreza, siempre cabía un Dante; en la calle y en cualquier lugar donde fuera necesario, allí estuvo. Creció en todos y con todos. Creció de tal modo que nadie pudo creerlo aquella tarde.

Tenía que verse con Víctor, era imprescindible. Las cosas ya no estaban como antes. Esteban le había contado con lujo de detalles la situación del sur y no daba para más. Al cruzar Cabildo, desde una esquina, le hicieron señas para que se acercara.

-¿Cómo estás?, che… ¿Ya no te acordás de mí? Soy Julio, el Gringo.

-Sí, perdoname, es la sorpresa. Lo que pasa es que esperaba a otra persona. ¿Qué tal? ¿Cómo va tu gente?

-Te voy a hablar sin rodeos, no tengo tiempo. Mirá, hoy a las cinco de la tarde se tienen que encontrar la Pety con Esteban para pasarse un mensaje. No hay forma de ubicarlos y sabemos que la cita está envenenada. Ya agotamos todos los medios para avisarles, pero fue imposible engancharlos. Si por casualidad tenés la oportunidad de verlos antes de esa hora, pasales el santo. ¡Ah!, se tenían que encontrar en la esquina de la lechería. Adiós y cuidate por favor. ¡Chau!

Fuente de la imagen

Se quedó inmóvil. El semáforo se puso en verde y cruzó sin saber por qué. Automáticamente siguió caminando y mirando vidrieras. En los pequeños cafés al paso, los empleados se apretujaban masticando un distraído sandwich mientras desde las tiendas, aburridos vendedores esperaban que el reloj pulsera les diera la orden de partida.

Dante se detuvo. Tenía que llegar hasta la lechería y estudiar el terreno. Tal vez quedase tiempo. Paró un taxi y lo abordó. En el trayecto repasó mentalmente los pasos que pensaba dar. Hizo esfuerzos por recordar los nombres y las claves de los teléfonos de seguridad, para dejar en ellos algún mensaje que advirtiera a los compañeros lo que estaba sucediendo. Sabía que era simplemente un albur, pero tenía la esperanza de que se comunicaran antes de ir a la cita. Estos teléfonos se alquilaban para otros fines comerciales, pero nosotros los usábamos para nuestro control de seguridad. En realidad, eran pequeñas empresas familiares que con un teléfono en su casa, ofrecían el servicio a cualquier empresa de ventas que necesitara que sus vendedores pasaran los pedidos del día, para organizar la entrega de la mercadería al siguiente. Allí uno dejaba los mensajes y alguien, el supervisor por ejemplo, llamaba una o dos veces al día y le pasaban los pedidos de cada vendedor que había llamado durante esa jornada. De esa manera sencilla era posible saber que todos militantes que componían un grupo estuvieran bien o, por el contrario, si alguien no llamaba al teléfono del control (en tiempo y forma), el resto del equipo tomaba los recaudos necesarios para borrarse. Normalmente se usaban sencillas reglas mnemotécnicas para recordar las claves cambiando una vocal para convertir el nombre en apellido o poniéndole nombres de fantasía a los lugares del encuentro. Los servicios de estos teléfonos salían en los avisos clasificados del diario Clarín y se contrataban por un par de meses, pagando por adelantado. Así que, aunque los servicios pincharan los teléfonos y controlaran las llamadas, era casi imposible descifrar el jeroglífico de aquellas conversaciones en clave.

Al llegar, dos cuadras antes, pagó la tarifa que indicaba el reloj y descendió. Si Julio hubiera sido más claro le podría haber facilitado la tarea, pero Dante ya se
estaba acostumbrando a las emergencias. Compró cospeles en un bar y comenzó su periplo telefónico. Era preciso llamar de diversos teléfonos públicos ante la eventualidad de que estuviesen intervenidos; arriesgar a que rastrearan la llamada parecía una prevención extrema, pero no se sabía exactamente qué nivel tecnológico habían alcanzado durante este tiempo.

Las tres de la tarde y nada. Las esperanzas se alejaban junto al último número que recordaba. En media hora tenía que volver a llamar a todos para saber los resultados. Con suerte, alguno de los dos se comunicaba antes de ir a la cita.

Recordó que Esteban solía tomar café en un boliche del Abasto. ¡Siempre se vuelve al primer amor! Como tenía que hacer tiempo para volver a llamar a los teléfonos de control, decidió tentar esa posibilidad.

Corrió hasta la boca del subte y se perdió en él. Las dos cuadras hasta Bustamante lo agitaron. Al llegar al bar tuvo miedo de entrar. No quería desilusionarse, pero era preciso gastar esa posibilidad. Entró. En el salón principal no estaba y se dirigió al baño por las dudas. No quería darse por vencido tan fácilmente. Tuvo que rendirse ante la evidencia: no estaba. Pidió un café y esperó.

-¡Hola! Sí. Llamaba nuevamente para saber si había podido pasarle mi mensaje al señor Estebando. ¿No? Bueno, gracias. Sí, ¡por favor! Comuníqueselo.

Colgó y volvió a intentarlo por cuarta o quinta vez.

-Sí, de la agencia La Emergente. Quería saber si la supervisora Petiche llamó. No, bueno, gracias. Sí, lo reitero porque es un pedido urgente.

Compró más cospeles y cambió de teléfono. El tiempo se ausentaba. Prefirió llamar desde el centro; más cerca de donde debía llevarse a cabo la cita. Cuando ya no quedaban opciones, dudó. Intentó descubrir a los tiras entre la gente para saber dónde estaba parado. Todos le daban la impresión de tener la gorra marcada y ninguno parecía darse cuenta. Dante sabía que estaban… ¿pero dónde?

-¿Será ese que se hace el gil o aquel flaquito con cara de soñador? -pensó.

Volvió sobre sus pasos. Tenía que descubrirlos y se sentó con un diario en la ventana del bar, justo frente al lugar donde debía producirse el encuentro.

Del cristal surgió Mercedes con su panza grandota y con una caricia en los ojos para el hijo que esperaban. Dante rehuyó, quizás por primera vez, a esos ojos que lo ataban a la vida. Siguió buscando entre los autos para tratar de descubrir a los canas disfrazados de transeúntes. Estaba inquieto, demasiado ansioso.

Desde el fondo del bar, el jugueteo en soledad de una cucharita golpeando contra un pocillo de café cualquiera, lo distrajo. Se vio solo, en aquella Navidad, frente a su arma. La velaba en una venta distinta de la de aquel otro Quijote en su primera salida y sin ser nombrado aún caballero.

-¿Te acordás hermano qué tiempos aquellos? -los versos de un tango dolorido golpearon su recuerdo.

-Y pensar que yo lo criticaba al gordo García Elorrio por ser un liberal con las minas. Nunca me voy a olvidar lo que en esa oportunidad me dijo Mariano: ¡Mirá, no te doy un cachetazo porque te quiero! Pero antes de cuestionar a éste, o a cualquier otro compañero, debés hacer por lo menos, la mitad de lo que él hizo. Después, no sólo tenés el derecho a cuestionarlo, sino el deber de hacerlo para ayudarlo a cambiar.

Creyó ver a Esteban y volvió bruscamente a la realidad. Ni siquiera se le parecía. La danza de fantasmas aceleraban su ritmo a medida que la hora de la cita se iba acercando. No tenía escapatoria. Su sentido trágico de la vida no le ofrecía más opciones. Perder la vida ganando en dignidad y en compromiso o ganar su seguridad, perdiéndose el respeto. Igual sensación experimentó aquella vez cuando el Negro -de los cabecitas- le preguntó si su vida valía más que la de él y si por eso, el calibre de su arma tenía que ser mayor. Dante no lo dudó ni un instante, le entregó su automática y salió a la calle con la pistola 22 mm del Negro.

Vio nuevamente a Mercedes -no la quería ver- llamó al mozo y salió.

La tarde era gris, pero no importaba. Levantó la solapa de su abrigo y cruzó la avenida. Un coche y cuatro armas se adelantaron al colectivo. El alto y el estampido sonaron al unísono. Cuando quiso alcanzar la pastilla de cianuro que guardaba celosamente en un bolsillo interior, una nueva descarga quebró su velero hundiéndolo para siempre en la noche que nos habita…

A Sergio Paz Berlín (Dante/Oaky)
militante montonero muerto
por las fuerzas represivas
el 25 de Agosto de 1976.

*** Daniel Omar Granda ***

Continuará…
El próximo Lunes 25 de Enero, un nuevo relato.

LA BITÁCORA DEL NAUFRAGIO – OLIMPO (292) [PARTE 03/12]

La República Argentina, desde 1930 hasta 1983, fue azotada por golpes militares violentos, que derrocaban las democracias republicanas surgidas de elecciones libres. Esa es la triste historia de mi país, lamentablemente. Tampoco vale afirmar que han sido “solamente” las fuerzas militares quienes cometían esos atropellos; en general, eran apoyadas por diversos sectores de la sociedad: Partidos políticos, Iglesia, Sindicalistas y hasta el propio Partido Comunista. Pero sin lugar a dudas, durante el golpe sangriento del período: 1976/1983, llegamos a conocer el peor rostro de nuestra sociedad. Miles de Centros de Detención y Torturas Clandestinas, se instalaron en todo el territorio nacional. La tortura como método y la “desaparición forzada de personas” fueron aplicadas sin piedad con un saldo de 30.000 desaparecidos; cientos de niños secuestrados o nacidos en cautiverio, que al día de hoy se los sigue buscando; miles de muertos y un incalculable número de prisioneros que, si tenían suerte, eran blanqueados en las cárceles. Pero aquellos que consideraban demasiado íntegros y que no iban a delatar aportando algún dato; terminaban en una fosa común o tirados vivos desde los aviones en medio del Río de la Plata. Estos y muchos más son los atroces hechos ocurridos hasta el advenimiento de la democracia con el Dr. Raúl Alfonsín en 1983.

La historia la conocen y “La bitácora del Naufragio” pretende homenajear a aquellos que perdieron sus vidas durante dicho período. Los personajes son arquetipos de los diversos argentinos que murieron luchando en esta gesta y de su propia épica. Aunque argentino, mis abuelos paternos son asturianos y agradezco la posibilidad de dar a conocer estos cuentos en #memoriasdeundestierro. La idea es publicar un cuento de la “Bitácora” semanalmente, hasta completar la totalidad de ellos con el cuento de “La noche”, que describe acabadamente la mentalidad propia del torturador.

Daniel Granda 26/12/2020

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OLIMPO (292)

La Federación de box estaba repleta. Si se lograba dar ese arreglo hacia la unidad de la juventud peronista, se consolidaba un frente político fenomenal. Alberto Brito Lima y los compañeros de la Guardia de Hierro me habían advertido que no me arrimara tanto para la zurda, que el general tenía sus reservas, pero a mí no me importaba. Había que lograr la unidad del movimiento y eso sólo era posible luchando todos juntos contra los milicos que decían que al Viejo no le daba el cuero para volver, lo demás vendría por añadidura, éramos peronistas. Esa noche, entre los oradores, hacía su debut el candidato a gobernador por la provincia de La Rioja, un petizo patilludo que imitaba a Facundo Quiroga y que para la izquierda era de derecha y para la derecha del peronismo, estaba entongado con los sectores de la zurda. Los bombos sonaban cada vez más fuerte acompañando la palabra subida de tono o dicha con doble sentido. Luche y vuelve era la consigna. Una genialidad de la inventiva popular. Nada más claro, nada más simple. Si esta síntesis no lograba que los sectores de la izquierda y de la derecha trabajaran por un objetivo que les era común, nada lograría la unidad del movimiento. Al gritar como desaforados la estrofa final del Himno Nacional: “O juremos con gloria morir”, sentimos que todo comenzaba.

Mi casa era un despelote como el movimiento peronista. Mi vieja entendía, más o menos, eso de que había que jugarse de una vez por todas y tomar al toro por las astas pero en lo de Margarita, mi mujer, las cosas eran distintas. Las opiniones políticas eran de la más rancia ortodoxia peronista y estaban peleados a muerte con cualquiera que cuestionara el liderazgo del general. Ya me empezaron a mirar raro cuando me descolgué con el comentario de que Augusto Timoteo Vandor había querido jugarse la personal y cuando insinué que el movimiento necesitaba democratizarse, para que las bases se pudieran expresar, me hicieron la cruz. Creo que ese mismo día mi suegra se juramentó mandarme en cana. En ese entonces no podía.

Nuestra pareja fue sufriendo las transformaciones del movimiento, de derecha a izquierda. Al principio militábamos en la unidad básica del barrio, en parte por tradición familiar y en gran parte porque necesitábamos sentir que hacíamos algo para cambiar las cosas que pasaban. Con el tiempo nos fuimos comprometiendo más seriamente en lo que hacíamos y Margarita distanciándose del riñón de su familia, que por supuesto, no podían admitir que eran sus propias opciones y me culpaban irremediablemente por todo su proceso. Nuestro matrimonio fue intenso y urgente como los tiempos que corrían y más de una vez, me pregunté cómo fue que la perdí. Cuando tuvimos al pibe andábamos de maravillas, hasta recuerdo lo contenta que se puso cuando acepté que se llamara Gustavo como su viejo. Después, cuando quedó embarazada de la nena, ya veníamos mal. En todo sentido veníamos mal. A mí me costaba entender algunas cosas que pasaban, en cambio ella era como la madre, tozuda, pero pateando para el otro arco. Una vez que se le metía algo en la cabeza era muy difícil que cambiara de opinión.

No sé si nuestras primeras peleas fueron personales o políticas. A veces, por ser políticas, las convertíamos en agrias discusiones personales y otras, por el contrario, por no aceptar que eran personales, las llevábamos al plano de las diferencias políticas. Lo que sé es que cuando nació Martita, la cosa ya no daba para más y nos separamos. Nosotros nos fuimos arreglando pero a los chicos les hicimos mucho daño. Después de un tiempo, Margarita se juntó con otro compañero y los pibes mejoraron. Un buen tipo. En ese entonces fue difícil para mí unir todos los pedazos, mi matrimonio roto, los niños, mis dudas sobre lo que hacíamos, los compañeros de la infancia en la vereda de enfrente. Junto con el matrimonio se me fueron al tacho de la basura las viejas ilusiones de un movimiento sin agachadas. No aguanté más y me fui del país.

“La casa estaba rodeada y la zona liberada. No había salidas posibles ni posibilidad de resistencia. Margarita sólo atinó a proteger a los niños metiéndolos debajo de una vieja mesa de madera, echados de boca contra el piso, recibieron la primera descarga. Cuando una mano los izó de los cabellos arrastrándolos hacia la calle, supieron del llanto. Su madre, abrazada al pavimento, en su último intento logró desviar de ellos el tiroteo”.

Cuando supe lo de ella, no soporté más el exilio. Decidimos regresar de inmediato con mi nueva compañera y hacernos cargo de mis hijos. Al principio fue difícil, sobre todo con la nena. Martita se había pegado mucho a mi vieja durante todo ese tiempo, pero Beba es una mina de fierro y se los fue ganado de a poco con mucho cariño y paciencia. A Gustavo me lo llevaba de viaje a menudo y charlábamos hasta por los codos. Creo que le gustaba mi trabajo pero nunca me quiso contar lo que pasó aquella noche con su madre, era como si la hubiese borrado de su mente. No quise forzarlo pero, desde entonces, se despierta aterrado por las noches y tengo que apretarlo muy fuerte contra mí para que se calme.

Es muy duro para nuestros hijos tener que aceptar esta realidad y muy cruel para nosotros no poder ofrecerles otras opciones. Nunca tuve dudas de que el mundo que soñamos es cien veces mejor por igualitario, solidario, justo, sin exclusiones sociales, para todos las mismas oportunidades y utópico, sin duda alguna. La gran pregunta es si estamos dispuestos a pagar los costos para alcanzarlo. No hay otra forma de entenderlo sino a través de la ideología y ésta, a veces, entra en franca contradicción con nuestras propias tripas. Estando en el exilio, extrañaba e idealizaba a mis hijos sabiendo que Margarita los protegería y los cuidaría como buena madraza que era, hasta que llegó la noticia de su fusilamiento y entonces, ya no me sirvieron ni mis propias palabras en aquel viejo poema: […] “Los hijos de la guerra, crecen aunque no quieran” […]. Tenía que volver, hacerme cargo de ellos, protegerlos, darles la frágil seguridad de una vida insegura. Al menos, poder abrazarlos muy fuerte cuando sintieran el miedo.

“Se presentaron de repente. En un rápido operativo dos coches cortaron las intersecciones de la calle y de un tercero, personal con ropa de fajina, irrumpió en la vivienda. Gustavo dio un grito y se tapó la cabeza. Marta, que jugaba con los cubos, empezó a sollozar. Beba se asomó por detrás de la cocina para ver que estaba pasando y el culatazo de un Fal le cruzó la cara. Él no estaba. Dieron vuelta la casa revisándolo todo mientras se iban quedando con los objetos personales que tuvieran algún valor y como eran mercenarios, el saqueo estaba incluido en la paga.

A los tres los sacaron a empujones mientras los subían al Falcon. A Beba, encapuchada, la acostaron en el piso del auto mientras le daban algunas patadas. A los chicos los dejaron por el camino, sin que nadie interviniera. Una milagrosa vecina los reconoció y se los llevó a su abuela”.

Fue un golpe muy duro que la chuparan a Beba. El precario andamiaje de legalidad que había logrado construir por entonces, se me fue al diablo. Vivía del corretaje de máquinas y herramientas para talleres y pequeñas industrias que me había conseguido un amigo de la infancia. Me tuve que borrar para no poner en peligro a gente con buena intención que todo lo que hacían era por gauchada. Nobleza obliga. Decidí que no me iban a quebrar y empecé a frecuentar los cafés de los buscas y salía a vender por la calle, o puerta a puerta, las ofertas de la mercadería del día. Broches, pilas, lápices y lapiceras, una cajita con cincuenta carretes de hilo de coser, sábanas, cubrecamas, magiclik, encendedores y las chucherías que pudieran aparecer y uno cargarlas en un bolso. Si miraba para atrás se me llenaban los ojos de lágrimas pero estaba decidido a salir del pozo. Entonces creía que más abajo no podía caer y me equivoqué nuevamente.

Durante todo ese tiempo vivía en una piecita alquilada en un conventillo de Morón. Sabía que no debía ir a la casa de mi vieja y mucho menos quedarme a dormir, pero los chicos tienen mucho miedo y sufrieron bastante, pobrecitos. Era posible que controlaran la casa porque me andaban buscando, pero se los prometí y esta noche me quedo con ellos.

Cuando la puerta de calle recibió un escopetazo y después una patada, yo sabía que era inútil resistirme, para qué. Lo único que alcancé a ver, antes de que me pusieran la capucha, fueron los ojos de Gustavo. ¡No hijo, ni lo pienses! No es tu culpa, ni la mía, ni de ella. Tenía que ser. No, no es tu culpa.

Desperté en un vómito. Me dolía terriblemente la cabeza y una insoportable puntada en el bajo vientre me recordaba la sesión de picana de la noche anterior. Quise incorporarme y un nuevo vómito me contuvo. Estaba encadenado a la pata de una cama y maniatado, no podía sacarme la capucha que me ahogaba. La tanteé con la cabeza y comprendí que era sólo un elástico de malla para que la corriente eléctrica descargara a tierra. Las preguntas incesantes y las risas me martillaban la cabeza.

Fuente de la imagen

-¿A quién conocés?

-¡Cantá, carajo!

-Te vamos a reventar como a la puta de tu mujer, pero no vas a tener su misma suerte. No va a ser tan rápido. Vas a pedir a gritos que te matemos.

-¿Dónde estuviste en Perú? ¿A quién viste? ¿Quién te bancaba? ¡Hablá, hijo de puta! ¡Hablá, carajo!

-Dale Julio, si ya lo sabemos todo. Sólo queremos confirmarlo. Para qué te vas a hacer amasijar. La Beba ya nos contó todo. Dale, hablá que después no te pegan más.

Beba, ¿qué pudo haberles contado? No, lo que pasa es que me quieren hacer pisar el palito. Beba es mi compañera. No, quieren quebrarme diciendo que ella les contó. ¿Qué les pudo contar? ¿Beba? ¡No!, no y no.

Sentí que con una pinza me agarraban de la lengua. La descarga fue inmediata. La lengua se contrajo, como queriendo escapar de esa aguda quemazón.

-Ay, mamita, ¿por qué?

Y otra vez el vómito. Ya no tenía qué largar y empecé a escupir sangre. El gusto acre llenó el ambiente.

-¡No! No, por favor basta, basta. ¡No aguanto más!

Tiritaba. Me castañeteaban los dientes y no podía evitarlo. ¿Cuánto hacía que estaba aquí? Allí vienen otra vez. ¡Otra vez no, por favor! ¡Otra vez no! Pasaron.

No, allí vuelven, vuelven, vuelven.

Una patada en los testículos me obligó a moverme y me levantaron por las axilas.

-Ahora vas a ver cine del bueno y sin cortes.

Me sentaron en un banco y esperamos. Temblaba de antemano y empecé a sollozar. Cuando me sacaron la capucha un penetrante dolor en los ojos me impidió mantenerlos abiertos. Mientras me amordazaban pensé que era la última vez, porque no podían arriesgarse a que los reconociera.

-Por qué llorás, maricón. No lloraste cuando te metiste en la joda, ¿no? Ahora, aguantátelas.

-Che, ¿te gustan las pornográficas? ¿Sí? Contestame, hijo de puta. Ahora nos vamos a cojer a tu mujer, a ver si te gusta la película.

Cerré con fuerza los ojos. No quería ver a Beba desnuda y atada sobre esa mesa. Ese sexo amado no podía hacer nada por evitarlos. Ella lloraba y se clavaba las uñas en las manos con la escasa movilidad que tenían sus muñecas. En la más terrible desesperación y en la impotencia, valoré su amor y lloré. Lloré por mí y por ella. Lloré.

El cachetazo sonó claro, me obligaban a mirar y se reían. Me sostenían de los cabellos para que no pudiera torcer la cara, mientras le quemaban los pezones con la brasa del cigarrillo.

-¿Te das cuenta que podemos hacer con ustedes cualquier cosa? La única salida que te queda es colaborar con nosotros.

-Hoy nos cojimos a la Beba, mañana le vamos a hacer lo mismo a tus hijos. Al Negro le gustan mucho los pibes. ¿No es verdad, Negro? Pensalo, pero pensalo muy bien, hijo de puta.

Me encapucharon nuevamente y me volvieron a encadenar, pero no en el mismo lugar. Olía distinto, como a taller. Quedé inmóvil sobre una colchoneta, boca abajo, sorbiendo la mugre de otros torturados. Sin tiempo.

El Turco me pateó las costillas para despertarme, mientras me sacaba la capucha.

-¿Te acordás de mí? Hace algunos años fuimos compañeros con Alberto Brito Lima en la Matanza, ¿te acordás? Yo estaba cuando te chuparon, pero vos no me viste. Julio, dejate de joder y colaborá. Mirá, estuve hablando con algunos compañeros y me dijeron que si yo respondía por vos, te podemos recuperar. Para que veas que no es joda, mañana te llevo a ver a tus pibes y dentro de un tiempo, cuando seas de los nuestros, te largamos.

Sabía que era posible y que a ese tratamiento lo llamaban “recuperar”. Recuperar qué: la vida, la dignidad, la vergüenza, los sueños, la libertad. ¿Y para recuperarse, a cuántos compañeros debería traicionar?

Gustavo quiso abrazarme pero el Turco se lo impidió. Lo detuvo agarrándolo de un brazo. Marta estaba en el colegio y mi vieja la había ido a buscar.

-¿Te gusta ver a tu papá? -dijo mientras lo sujetaba por los brazos para que no me abrazara- ¿Te gusta? Bueno, te prometo que si se porta bien lo traigo todas las semanas para que lo veas.

Después de forcejear, cuando logró soltarse, Gustavo se abrazó tan fuertemente a mis piernas que casi pierdo el equilibrio. Realmente no creí que pudiera tenerlo otra vez conmigo. La posibilidad de no volver a acariciarlo me golpeó con más fuerza que la propia tortura.

-Usted no tiene que decirle nada a nadie, señora -le dijo el Turco a mi mamá- Julito se está portando muy bien y pronto lo van a tener de vuelta. La Beba va a tardar un poco más, pero también va a volver. Además, usted ya me conoce. Soy un peronista de palabra. Lo fundamental es que no hagan nada y, sobre todo, que de esto no le digan una sola palabra a nadie. ¿Está claro? -concluyó.

Los días se fueron haciendo interminables, sobre todo las noches. Los gritos de los torturados me helaban la sangre. A pesar de taparme con fuerza los oídos,
no dejaban de atormentarme. El pensar en no volver a ver a los chicos, era la justificación a la que me aferraba con uñas y dientes. Sobrevivir, colaborar, sobrevivir. ¿Si me hubiese escapado ese día que me dejaron ir solo a mi casa, desde la parada del colectivo? El Turco me había advertido que me vigilarían, pero tenía mucho miedo y no hice nada. ¿Y si los traen a Gustavo y a Martita aquí? ¡No! ¡No, por Dios, no quiero ni pensarlo! ¡No! No aguanto más… ¿Hasta cuándo? ¡Basta, por favor! ¡Basta! Que se callen. ¡Que se callen de una buena vez! ¡Mátenlo, pero que se calle! ¡Por favor!

Estaba decidido. Cuando me dejaran solo con mi vieja, le contaría todo para que pida ayuda. El Turco me acompañó hasta la puerta de mi casa y dijo que pasarían a buscarme a las cuatro en punto. Era el momento que esperaba.

-Mamá, hacé algo por favor. No aguanto más los gritos de los torturados en la noche, pedí ayuda. ¡Por favor!

“La madre de Julio denunció ante la Comisión de la OEA la existencia de un campo de concentración clandestino de la Policía Federal llamado Olimpo, en el que estaban detenido su hijo y su nuera. Refirió todos los datos por él aportados y los relatos espeluznantes que eran parte de las torturas físicas e intelectuales que sufrían su hijo y todos los detenidos-desaparecidos que allí estaban: Los gritos y los llantos permanentes por las diversas torturas y la picana; los niños abortados y los nacidos a término en cautiverio, en partos clandestinos, para ser entregados a camaradas o vendidos; las violaciones habituales de todo tipo y las que tuvo que soportar por ver a su propia compañera violada y torturada; en definitiva: una pormenorizada descripción del mismo horror. Incluso le aportó a la Comisión de la OEA la dirección exacta del funcionamiento de dicho campo de concentración, llamado irónicamente: “El Olimpo” que funcionaba en los viejos talleres de la Policía Federal cito en la Avenida Olivera y Ramón L. Falcón.”

El velero de Julio naufragó junto a sus sueños y a los de Beba, en la noche que aún nos habita…

*** Daniel Omar Granda ***

Continuará…
El próximo Lunes 18 de Enero, un nuevo relato.

LA BITÁCORA DE UN NAUFRAGIO – LA NOCHE QUE NOS HABITA (288) [PARTE 02/12]

La República Argentina, desde 1930 hasta 1983, fue azotada por golpes militares violentos, que derrocaban las democracias republicanas surgidas de elecciones libres. Esa es la triste historia de mi país, lamentablemente. Tampoco vale afirmar que han sido “solamente” las fuerzas militares quienes cometían esos atropellos; en general, eran apoyadas por diversos sectores de la sociedad: Partidos políticos, Iglesia, Sindicalistas y hasta el propio Partido Comunista. Pero sin lugar a dudas, durante el golpe sangriento del período: 1976/1983, llegamos a conocer el peor rostro de nuestra sociedad. Miles de Centros de Detención y Torturas Clandestinas, se instalaron en todo el territorio nacional. La tortura como método y la “desaparición forzada de personas” fueron aplicadas sin piedad con un saldo de 30.000 desaparecidos; cientos de niños secuestrados o nacidos en cautiverio, que al día de hoy se los sigue buscando; miles de muertos y un incalculable número de prisioneros que, si tenían suerte, eran blanqueados en las cárceles. Pero aquellos que consideraban demasiado íntegros y que no iban a delatar aportando algún dato; terminaban en una fosa común o tirados vivos desde los aviones en medio del Río de la Plata. Estos y muchos más son los atroces hechos ocurridos hasta el advenimiento de la democracia con el Dr. Raúl Alfonsín en 1983.

La historia la conocen y “La bitácora del Naufragio” pretende homenajear a aquellos que perdieron sus vidas durante dicho período. Los personajes son arquetipos de los diversos argentinos que murieron luchando en esta gesta y de su propia épica. Aunque argentino, mis abuelos paternos son asturianos y agradezco la posibilidad de dar a conocer estos cuentos en #memoriasdeundestierro. La idea es publicar un cuento de la “Bitácora” semanalmente, hasta completar la totalidad de ellos con el cuento de “La noche”, que describe acabadamente la mentalidad propia del torturador.

Daniel Granda 26/12/2020

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LA NOCHE QUE NOS HABITA (288)

Difícilmente podría hacerlo entrar en razones. Enrique ya había decidido que, a pesar de todo, no abandonaría el país. Tantos años a la cabeza de la juventud peronista de la zona, hacían que su resolución de vivir en el partido fuera peligrosa. Felizmente, con la ayuda de otros amigos, logramos convencerlo de que vendiera el departamento y se fuese con su mujer y su hija al interior.

-Mirá -me dijo una vez la Negra- Quito ya no es el de antes. Vive obsesionado por los diarios. Lleva un minuciosos registros de muertes y desaparecidos y, todos los días, se pregunta por qué Coco o el Negro y no él. Es como si quisiera llegar al final.

El final. La palabra quedó suspendida del asombro. Sonó en mis oídos como un lejano grito aún audible. En su voz, la de todos, el final. ¿Cuántas veces me hice la misma pregunta? Sentir en la piel el sudor de los otros. La garganta que se cierra, a medida que el miedo desciende por los hombros. El final y las pupilas que se dilatan conteniendo el vacío dejado por las lágrimas y el miedo que avanza por el vientre. Las terribles imágenes del último combate acuden ahora golpeándonos los muslos. Solo frente al enemigo y en nuestra soledad; el otro. El final y el miedo por las piernas. Mordiendo nuestra espalda, ese último combate del que todo sabemos y aun así, es preciso pasarlo en la mesa de torturas. Solos, frente a frente. El enemigo, yo y el mudo testigo del otro. También el miedo que se aloja definitivamente en la garganta. El final.

Qué lejos están aquellas proyecciones de “La hora de los hornos”, la “Operación masacre”, los reportajes al Viejo. Cuántas ilusiones corrieron por debajo de los puentes y cuántos sueños flotan hoy con las manos atadas a su espalda. La esperanza, acribillada a balazos, rugió en silencio desde una tumba sin nombre. Regresar a la playa es necesario para el hombre que cae al mar desde un helicóptero artillado. Regresar es necesario.

Fuente de la imagen

De Enrique, lo que me impresionaba eran sus ojos. Increíblemente tiernos. Quizás favorecía esa expresión el tener los párpados caídos y sobre todo el derecho, notoriamente más marcado que el otro.

Una vez se lo hice notar y se rio con ganas, retrucándome con una idiota semblanza vacuna que me pareció exagerada. Como aquella vez que, por tomarme el pelo, me pintó de rojo los labios de un afiche de Belmondo que tenía en mi pieza, diciéndome que un compañero no podía ser tan puto para que le gustase un rostro masculino, aún en nombre de la estética. Desde entonces, la realidad latinoamericana era analizada bajo la sensual vigilancia de un francés muy distinto a aquel Debray que testimonió los primeros pasos.

A las ocho tengo que pasar a buscarlo para comer un asado, y ver a Boca ganar la Libertadores. Las excusas son buenas para volver a encontrarnos. ¿Cuántos años pasaron desde Belmondo? La vida nos arrastró varias veces hasta sus límites. La urgencia por ver un mundo nuevo nos puso viejos en éste y a pesar de todo, no dejábamos de soñar con esa vieja utopía llamada libertad.

Durante cuatro años vimos gastársenos las ganas en encuentros casuales. Enmarcados en un barrio o en alguna movilización, nos buscábamos para saber que estábamos. Nos bastaba. Cuando encontré a la Negra, casualmente, en el andén de Liniers, el tiempo desapareció. La distancia nunca había sido verdaderamente cierta. Vernos y sentir que ayer nos habíamos buscado, fue una misma alegría.

Al rato la mesa de su casa se tendió, albergando la amistad. Con nosotros Belmondo, Roberto, el Mosquito y tantos otros que nos ayudaban a sentirnos vivos.

Los ridículos calzoncillos antieróticos de Enrique surtieron efecto. Hoy ofrecíamos a nuestro afecto dos hijas, la suya y la mía. Junto al pan soñamos en voz alta la posibilidad futura de que crecieran juntas por continuar a nuestros ojos. Ese fue el camino que elegimos algunos años atrás.

Me dolía tener que convencerlo, pero era necesario. Sabía que si lograba que se fuera sería un nuevo compás de espera en nuestras vidas. Pero si no lo lograba, la espera del reencuentro podría ser mucho más larga y peligrosa. A pesar de que Enrique ya no militaba, lo buscaban por todas partes. Supimos de varios compañeros a los que les habían hecho preguntas muy concretas sobre su paradero. No era prudente seguir creyendo en la suerte.

Aún no era el tiempo de la síntesis. Los muertos conocidos eran muchos, demasiados y deambulaban vivos por nosotros. Se cometieron errores, pero no era posible dimensionarlos. No ahora.

¿Cómo ocurrió todo? ¿Por qué Roberto, que soñaba con un tonto tanque amarillo a lunares, hoy no sueña con nosotros? ¿Qué fue lo que hizo trizas ese gran sueño colectivo? El Mosquito cayó en una sonrisa.

Pero Boca juega la final y el asado es una buena excusa. Esa noche atentaba contra nosotros. Llegamos con Enrique a casa, ya de noche y un corte de luz, casi nos obliga a volver a su departamento asesino. Por suerte volvió la luz y nos dispusimos frente a Boca y, no nos fallaron ni Boca ni el asado.

Inevitablemente, superada ya la excusa, vienen los raccontos necrológicos.

-Ya sabés de Juan, que el Loco, que Horacio, Mecha, Esteban, Jorg…

Necrológicamente nos sumergimos en el tema, apretándonos fuertemente las manos. Los asesinatos de presos (durante los traslados) eran moneda corriente. Se leía en los periódicos que Mengano había pretendido huir. El cómo se desprendía de nuestra angustia, si sabíamos que estaba esposado, desarmado, sin esperanzas y que a pesar de todos se había entregado creyendo en la justicia.

El proceso de Reorganización organizaba la infamia. La noche cubría cualquier posibilidad de luz que quisiera filtrar por la ventana. Con la noche crecían los ruidos de cadenas, extendiéndose en el grito de un vientre roto a patadas o en el de algún testículo amorotonado a 220 voltios.

-Por eso te tenés que ir. ¿A quién le importa si sos culpable o inocente? ¿Quién te va a juzgar? ¿Una picana? Con el torturador no se razona y, además, el país es un gran campo de concentración.

-¿No te das cuenta que el terror impune nos invade?

Era difícil darse cuenta, mientras el áspero silencio nos aturdía. Sonó el teléfono. A pesar de ser temprano, nos despertó a casi todos. Por suerte las nenas dormían.

La voz quebrada de la Gorda sonó como un latigazo. Tuve que hacérselo repetir otra vez, porque no quería oírlo.

-Se lo llevaron a Cacho del banco. Fue anoche, mientras trabajaba, a la madrugada. Les aviso para que se cuiden. Suerte.

Colgó, era preciso proteger a nuestros sueños y había tiempo. Sólo un bolso y la calle. A las dos nos veríamos para saber que estábamos bien y darnos las manos. Enrique, con la calle, fue en busca de su bolso y no debió hacerlo.

Las ratas habían roído su cerradura durante la noche. Al entrar al edificio, lo atraparon.

-El oficial Benítez es el que está a cargo del procedimiento, señora; no tema que a su hijo no le va a pasar nada.

Tita, la mamá de Enrique, había sido detenida horas antes de que él llegara al departamento. Toda la noche habían masticado sus entrañas. Tita fue por la mañana para cuidar la beba y se encontró con ellos. La interrogaron por horas acerca del paradero de su hijo, pero lo ignoraba. Ahora lo tenían, a Enrique y a su bolso.

-Vos sos un boludo, pibe -dijo uno-. Para qué guardás estos viejos documentos, si ya no sirven. Nosotros sabemos que no estás en nada, pero igual vas a tener que acompañarnos. Es sólo rutina.

-Si querés, despedite de tu vieja en la cocina… -agregó el oficial.

Se negó. Sabía que era condenarla a una segura tortura posterior. Quizás, por eso mismo, no quiso llevarse la foto de su hija que le ofrecían. Tenía la certeza de que no iba a ser el primero al que torturaran con ella. Por eso prefirió dejarla en la biblioteca, agregando: Vamos.

-Señora. Mañana vaya a buscarlo al Regimiento 1ª de Palermo, que allí el oficial de guardia le va a informar dónde va a estar el pibe.

Enrique jamás pudo abrir esa ventana, como había convenido con la Negra, para avisarle que todo estaba bien.

La ventana y los sueños quedaron cerrados frente a la noche que aún nos habita…

*** Daniel Omar Granda ***

A Enrique Maratea (Quito).
Detenido / desaparecido desde el 29/04/1977 y en él, 
a todos los compañeros detenidos / desaparecidos 
durante la feroz dictadura militar de los años 70’
en la República Argentina.

Continuará…
El próximo Lunes 11 de Enero, un nuevo relato.

LA BITÁCORA DEL NAUFRAGIO – CARTA ABIERTA DE UN NAÚFRAGO (283) [PARTE 01/12]

La República Argentina, desde 1930 hasta 1983, fue azotada por golpes militares violentos, que derrocaban las democracias republicanas surgidas de elecciones libres. Esa es la triste historia de mi país, lamentablemente. Tampoco vale afirmar que han sido “solamente” las fuerzas militares quienes cometían esos atropellos; en general, eran apoyadas por diversos sectores de la sociedad: Partidos políticos, Iglesia, Sindicalistas y hasta el propio Partido Comunista. Pero sin lugar a dudas, durante el golpe sangriento del período: 1976/1983, llegamos a conocer el peor rostro de nuestra sociedad. Miles de Centros de Detención y Torturas Clandestinas, se instalaron en todo el territorio nacional. La tortura como método y la “desaparición forzada de personas” fueron aplicadas sin piedad con un saldo de 30.000 desaparecidos; cientos de niños secuestrados o nacidos en cautiverio, que al día de hoy se los sigue buscando; miles de muertos y un incalculable número de prisioneros que, si tenían suerte, eran blanqueados en las cárceles. Pero aquellos que consideraban demasiado íntegros y que no iban a delatar aportando algún dato; terminaban en una fosa común o tirados vivos desde los aviones en medio del Río de la Plata. Estos y muchos más son los atroces hechos ocurridos hasta el advenimiento de la democracia con el Dr. Raúl Alfonsín en 1983.

La historia la conocen y “La bitácora del Naufragio” pretende homenajear a aquellos que perdieron sus vidas durante dicho período. Los personajes son arquetipos de los diversos argentinos que murieron luchando en esta gesta y de su propia épica. Aunque argentino, mis abuelos paternos son asturianos y agradezco la posibilidad de dar a conocer estos cuentos en #memoriasdeundestierro. La idea es publicar un cuento de la “Bitácora” semanalmente, hasta completar la totalidad de ellos con el cuento de “La noche”, que describe acabadamente la mentalidad propia del torturador.

Daniel Granda 26/12/2020

Todos los Lunes, un nuevo relato. Recopilado por Daniel Omar Granda.

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CARTA ABIERTA DE UN NÁUFRAGO (282)

Dónde estás, te necesito. La espesura de la sombra de tu noche espanta la mañana y crece, igual que los gigantes de los cuentos, a medida que el terror avanza frente a mis ojos. Entonces me apichono, tiemblo, literalmente me cago de miedo y me tapo la cara con las dos manos para no ver, pero es imposible no ver: “Una vez que abras los ojos, nunca más podrás volver a cerrarlos”, decía aquel famoso graffiti del París-Mayo 68’, que a la militancia de los 70′ nos quemaba la cabeza. Y que cierto, carajo. La mirada fija del miedo. El triste asombro que no puede con sí mismo. Esta puta conciencia que te castañetea en los dientes. Tus ojos y los de tantos gritando esa urgencia de cambiarlo todo. Los que están y no están. Los que no deberían estar pero están. Los traidores a los otros y los traidores a sí mismo. El comemierda de siempre y los nuevos comemierda. Los “José yo te lo explico” que denunciaba Tato Bores y lo inexplicable para José, para doña Rosa y para toda la parentela. Pasa, pasa, pasa… decían los gallegos, pero no pasa, se queda pegado como moco en los agujeros del alma. La sombra de tu noche no tiene mañana y eso la hace más sombra y la hace más noche. Pasa, pasa, pasa… un carajo pasa.
El gigante, con el día, parece diluirse y aparecen los enanos con su discurso de la hora del perdón, del olvido necesario, de la conciliación obligatoria, de la teoría de los dos demonios, del algo habrán hecho porque los argentinos somos todos derechos y humanos, que estamos a salvo si nos portamos bien y si no pensamos en boludeces como esas de la igualdad, la libertad y la fraternidad, que la mano dura era necesaria para restablecer el orden, que en algo andarían, que el caos es un caos y el big bang no existió; y entonces, después de una noche dura nos aflojamos, tomamos unos mates, nos miramos por un rato el ombligo, a veces hacemos el amor -con sábanas o sin sábanas da igual al decir de Mario Benedetti- cerramos un cachito los ojos y parece que dormimos. Aún no, ojo, en guardia. Los enanos también la ofician de alcahuetes, se meten por cualquier agujero. En el baño, en las cloacas, en los bolsillos de tu camisa, en la cama, en la puerta de tu casa, en la sopa. Donde quiera que vayas, allí están los enanos. Anotando, atisbando, midiendo, botoneando, marcando. Hay miles de enanos. Son los creyentes devotos del santo oficio que, por ganarse el cielo, persiguen a los demonios y no les dan tregua, los entregan a la santa purificación de la picana. Son los tacheros afables que te conversan verde para recoger maduro. Los relatores de fútbol hijos de puta que incitan a la argentinidad boluda para pasar por la Avenida de Mayo -mientras la Comisión de la OEA registra las denuncias de los familiares por las desapariciones- gritando que en la Argentina no existió la noche, ni vos. Son los curas en tecnicolor que reciben a los familiares para consolarlos, contenerlos, calmarlos y sacarles de paso algún dato, de amigos, de conocidos, de parientes, de peligrosos pensantes o de cualquiera que pudieran convocar para tener alguna que otra charla amable con el dueño de los candados; para después, eso sí, hacer los debidos actos de contrición y agradecerle al buen señor el favor de permitirles servir a la patria como dios manda.

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Y uno debajo de la cama, cagado de miedo, creyendo o soñando que en ese agujero de enfrente vas a estar más seguro y entonces tomas aliento y uno, y dos y tres. Respiras profundo y saltas. Al fin voy a poder descansar. El lugar es chico y un poco precario pero no importa, están juntos y vivos. Sin dudas las cosas se te complican porque no estás solo, tenés con vos a tu mujer, a tus hijas y como mucho el bolso que pudiste rescatar con los documentos personales, cuatro papeles, dos mangos con cincuenta y el muñequito de trapo con la camiseta de Boca que la más grande bautizó como Tito. El problema más serio es que hay que comer todos los días y, para comer, hay que laburar. Pero claro, al diario no podés volver y entonces vendés café por la calle, huevos, sábanas, máquinas de escribir, estanterías para negocios, libros, probás con las ofertas del colectivo de por si esto fuera poco, la biblia, el calefón, yira yira y toda la filosofía de Enrique Santos Discépolo que, si bien no te alcanza, le pone a tu entendimiento una pequeña mueca parecida a una sonrisa.
Mientras jugás con la más chica, sentís que unas pezuñas rascan la puerta, crick, crick, crick, las ratas te encontraron de nuevo. Las llevan de a racimos los enanos, una sujeta a cada dedo.
-Me tironean del meñique, oficial.
-No, mejor sigamos la del índice, es el indicado. Ya olfatean la tierra. Por allí…
Y vos que te mordés los labios, y otra vez, y uno, y dos y tres ¡hop! A correr. Como puedas, con el último aliento que nunca es el último, corrés. En una mano tus hijas, en la otra el bolso, tres papeles, seis botones, una camisa. Fiódor Dostoyevski por lo menos te acompaña. Los demás se quedaron, no hubo tiempo.
Te agarró otra vez la tormenta. La cáscara de nuez en la que flotabas se te fue al carajo y caes al agua, te aferrás con fuerza a un madero, flotás a la deriva pero todavía flotás. La vela fue deshecha pero aún flotan los maderos, sólidos, seguros, indestructibles. Aunque te hundieras vos sabés que ellos seguirán allí, de eso estás seguro. Te alegrás y descubrís algo importante. Ahora estás seguro que el error estuvo en la elección del velamen, en los vientos, en el timón, donde vos quieras; pero nunca en la madera. La madera es noble, fue bien elegida. Flota con vos a cuesta o sin vos, pero flota. En la noche de mar embravecido, allí estará. Será la base de nuevas embarcaciones. Otros veleros la tendrán en sus costillas. Manos más diestras que las tuyas harán nuevos encastres. Sueñas…
La sombra de tu noche se extiende en esta mañana incierta. Me pregunto si es función de la luz librar esa batalla. Será posible una noche de luz o estamos condenados a vivir ciclos inevitables. No será un absurdo sinsentido la noche. Aferrado al madero te adormecés. De la misma vieja madera está hecha tu guitarra. Sabés que en algún rincón de la noche los amantes se aman. En ella cabe todo, el amor, el odio, el miedo, la locura, la tortura, la esperanza. Hay abrazos nocturnos y urgentes que sueñan, que aman, que copulan con rabia pariendo mañanas. Será la noche el punto de partida y su proyecto el mañana. Entre ambos, noche y día, el amor y el desamor. Pero también la noche es silencio, abandono, dolor, desesperanza. Cerrás los ojos y está en vos, los abrís, pero cada día hay que construirlo. Una nos envuelve, al otro hay que andarlo. Saber que no hay camino, como dijo Antonio Machado, que todo es andar haciendo camino.
El sopor de la seguridad te afloja los músculos. Dormido profundamente, flojo, caés al agua. El chapuzón te despierta -el madero- Si no te aferrás a él, seguro que te hundís para siempre. Qué será siempre. Habitantes de la noche, cómo es siempre. Nosotros fuimos mañana, ayer, pero nunca siempre. Qué cambió el nosotros entusiasta. El mundo marcha al revés de lo previsto. Hoy las madres suceden a sus hijos como un signo de esperanza: “Nuestros hijos nos parieron”, dicen las Madres de Plaza de Mayo. Cómo fuimos capaces de parir estas tigras y nos resultó imposible copular con la historia. Tal vez la embarazamos y no nos dimos cuenta o tal vez no alcancen siete años sino setenta, o setenta veces siete. Mientras tanto, debajo de la cama, recibimos delirantes mensajes desde el éter con la orden de reorganizarse, caracterizando el desbande como estratégico. Ya verán cuando avancemos, decían un puñado de hijos de puta delirantes mientras tanto, disfrazados de comandantes guerrilleros, se peleaban en París para ver quién se quedaba con más guita, se traicionaban, nos traicionaban, se puteaban, se acusaban de alta traición, se condenaban a muerte y viceversa. Eso sí, en Europa, con la seguridad de estar bien lejos de tu noche negociaban con el Almirante Emilio Eduardo Massera, quién había dejado organizadita y funcionando la ESMA y pretendía ser el nuevo Perón, con el apoyo de la traición de la conducción Montonera. A vencer y a resistir que la victoria es nuestra. Como a Dante Alighieri: me dan un infinito asco los traidores.
Y si fueran ciertos nuestros sueños, no los de ellos, los nuestros. Si a pesar de todo retoñamos. Si se cumple a pie juntillas el regreso en el viento, en una canción, en una madre, en vos, en el pueblo. Sobreviviente: hay que sacudirse el polvo del silencio, no está dicha la última palabra, unamos los maderos.
Dónde estás, hermano, te necesito. Sé que soy muchos y a veces no soy capaz de ser yo mismo. Tengo miedo o estoy cansado que es igual. Cómo amarrar tantos maderos. Todos los días pienso qué hubieras hecho vos si la vida nos cambiaba los papeles. Pero la vida no quiso. A veces puteo contra esta jodida vida y lloro en el silencio. Hoy te escribo. Hoy, y ayer, y antes de ayer, estuve con el pueblo. Vos eras la consigna y yo, tu testigo. Las banderas flameaban como antes, el tiempo es otro y no flamea. No estás ni vos, ni Tito, ni Nené, ni Héctor, ni Simona, ni Oaki, ni el Gordo, ni Tomás, ni Román, ni tantos ni. En qué recodo de la historia se quebraron sus veleros. Hasta cuándo esta noche que nos habita…

*** Daniel Omar Granda ***

“Morir es dormir. ¿No más?
Morir es dormir… y tal vez soñar.”
«Hamlet (Acto III – Escena IV)
W. Shakespeare

CONTINUARÁ…
El Lunes 4 de Enero, un nuevo relato.

LA BITÁCORA DEL NAUFRAGIO (281) [00/12]

La República Argentina, desde 1930 hasta 1983, fue azotada por golpes militares violentos, que derrocaban las democracias republicanas surgidas de elecciones libres. Esa es la triste historia de mi país, lamentablemente. Tampoco vale afirmar que han sido “solamente” las fuerzas militares quienes cometían esos atropellos; en general, eran apoyadas por diversos sectores de la sociedad: Partidos políticos, Iglesia, Sindicalistas y hasta el propio Partido Comunista. Pero sin lugar a dudas, durante el golpe sangriento del período: 1976/1983, llegamos a conocer el peor rostro de nuestra sociedad. Miles de Centros de Detención y Torturas Clandestinas, se instalaron en todo el territorio nacional. La tortura como método y la “desaparición forzada de personas” fueron aplicadas sin piedad con un saldo de 30.000 desaparecidos; cientos de niños secuestrados o nacidos en cautiverio, que al día de hoy se los sigue buscando; miles de muertos y un incalculable número de prisioneros que, si tenían suerte, eran blanqueados en las cárceles. Pero aquellos que consideraban demasiado íntegros y que no iban a delatar aportando algún dato; terminaban en una fosa común o tirados vivos desde los aviones en medio del Río de la Plata. Estos y muchos más son los atroces hechos ocurridos hasta el advenimiento de la democracia con el Dr. Raúl Alfonsín en 1983.

Fuente de la imagen

La historia la conocen y “La bitácora del Naufragio” pretende homenajear a aquellos que perdieron sus vidas durante dicho período. Los personajes son arquetipos de los diversos argentinos que murieron luchando en esta gesta y de su propia épica. Aunque argentino, mis abuelos paternos son asturianos y agradezco la posibilidad de dar a conocer estos cuentos en #memoriasdeundestierro. La idea es publicar un cuento de la “Bitácora” semanalmente, hasta completar la totalidad de ellos con el cuento de “La noche”, que describe acabadamente la mentalidad propia del torturador.

***Daniel Omar Granda***

Todos los Lunes, un nuevo relato. Recopilado por Daniel Omar Granda.
El Lunes 28 de Diciembre, comienza el primer relato.