EN ALGÚN LUGAR DEL LABERINTO (248)

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Desde aquí se avista un amplio pasillo.
El andar, inválido, absorto por esquinas sombrías.
Me quedo, mirando hacia arriba; esperando.
Pensando en las carencias para marcharme.
Me quiero ir, pero el cuerpo es desobediente.
Sé que tengo que salir.

En el bolsillo hay monedas para un deseo.
Falta la fuente, ojalá hubiera una.
Mis manos empuñadas, alrededor es frio. 
Infortunio violento, no puedo escalar hacia la cima. 
Las dudas juegan todas rodeándome, las escucho.
Sé que tengo que salir, pero ¿cómo?

Estoy perdido, perdiéndome, perdiendo.
¿Las paredes se encogen o me he inflado?
No distingo, mirando cómo la oscuridad respira.
Mantengo distancia retrocediendo.
Este refugio es un punto de salida, lo sé.
Cuán tarde es, que mi cuerpo lo avisa.

Por fuera el laberinto es un juego.
Aquí, desubicado, son las entrañas de una bestia.
Resuenan a veces las paredes como un derribo.
Como un dolor o el hambre vieja.
Espero que yo le esté doliendo, y se revuelque.
Si no salgo, que se muera conmigo.

Tengo un cementerio de rezos en una esquina.
En otra, toda mi vida entre telarañas.
En las últimas dos es de noche desde que llegué.
Anhelo dormir para soñar con la intemperie.
Pero me aterra, no sé qué depara el maldito pasillo.
He estado pensando desmedido, tengo que salir.

Este cuerpo ahora es una desventaja.
Mis piernas piden contraseña para avanzar.
He perdido el control de lo que soy.
Encarno la somatización del miedo.
No hay opción, más que permanecer aquí.
Hasta lo inevitable; sé que puedo salir.

La oscuridad es un rumor.
Desde aquí se ve como morisqueta solemne.
Burlesca sombra, cortina de los silencios.
Atravesarla como si fuera humo, muero.
Acuchillarla con mi presencia, profundo.
Frente a ella, perplejo, fluctúo en mayúscula.

Trago saliva mirando hacia el pasillo.
Los riesgos y monstruos que me esperan,
pueden ser peores que estos que me esclavizan. 
Llevo demasiado a espaldas para remolcar. 
Tengo la respuesta. Debo irme, pero quiero escapar.
Aún así, sigo improvisando en algún lugar del laberinto.

*# Carlos Arturo / Caco #*

RETRATO HABLADO (098)

Te escondes, niño.
Raro, temeroso y solo
en la solemnidad del silencio,
en cada oportunidad de invisibilidad.
Debajo de la cama,
tras las cortinas,
en esquinas oscuras
o en la sombra del adulto
-que es lo mismo-.
En lo turbio como la incertidumbre.
Te escondes, como la amabilidad de Ares,
como Hera llorando las traiciones,
como la indescriptible vergüenza de Adán.

Fuente de la imagen

Gato herido, te escondes.
El instinto te obliga
permaneces quieto y callado
como una fotografía.

Sé de ti.
Los latidos te exponen.
Estás ahí,
te conozco de siempre.
Estás aquí,
como un espejo frente a mí,
atravesando mi cuerpo y reflejando el espacio.

*# Carlos Arturo / Caco #*