LA LUZ PERPETUA (300)

Encendí la luz en noviembre
para ser centinela de tus noches.
Tomé tu mano y me miraste
reconociste a tu niño,
besaste mi mejilla y tu belleza me tocó
desapareciendo el hervidero en mi interior;
en diciembre me diste un nuevo nombre,
que he sollozado hasta el dolor de pecho
hasta la disnea;
han cambiado nuestros tiempos.
Es enero, y no estoy en casa.

Fue nuestro peor año,
estuve cansado, al punto de la desesperanza
conteniendo una furia punzante,
pensando en un poema sobre la viscosidad de la rabia.
Tú, con el cuerpo abatido
llenando cántaros con lamentos
estoica resistiendo el oleaje de los daños;
esperando que llegara a casa con algo para ti,
como quien insiste en taimar a Las Moiras.
Fue nuestro peor año,
pero siempre lo nuestro fue más grande que esta tragedia,
más grande que ese Nibiru orbitándome adentro,
más grande que este irremediable silencio plutoniano.

Fuente de la imagen

Te sobé la espalda para aliviar tu dolor
lloré en silencio para no causarte más angustias.
Me sonreíste para alumbrarme esa noche,
dijiste: “aún no”, dos veces
confié en tu promesa,
en tus victorias magnas.
Sin querer nos perdimos,
y perdimos,
a mitad del telar de Érebo,
con las Litaí abrumadas por tu nombre.

Dormías cansada de luchar
lejos de los azufaifos y nuestros lirios
fuera del alcance de la luz que encendí,
frente a un enjambre de langostas
consumiendo hasta la última hoja de tu jardín.
El amor no nos salva, mamá.
Lo que callamos al mundo entre todos los ruidos.
Porto un desierto en mi media luna fértil
cuánto espacio en desuso,
cuánto destierro del Edén;
todos los aromas disipados
lo que veo frente a la llama de Hestia extinta.
Me quedas, como un Comala
Llueve.

Vamos en pasillos angostos,
en los que nos es imposible voltear.
No sé cuál sea hoy tu esperanza, mamá
la mía la llevo empuñada en el corazón,
volverte a ver más allá de las representaciones,
de mi memoria.

Porque soy otra vez un niño
que no sabe cómo retenerte ante el paso del tiempo
que busca volver a casa en medio de la multitud
que imagina que piensas en mí
y sonrío prometiendo estar bien.
Mas en el fondo le inquieta el mundo
y olvidó cómo dormir con la luz apagada.

*# Carlos Arturo / Caco #*

*No puede crecer la luz si nos ahogamos en la oscuridad.

EN ALGÚN LUGAR DEL LABERINTO (248)

Fuente de la imagen

Desde aquí se avista un amplio pasillo.
El andar, inválido, absorto por esquinas sombrías.
Me quedo, mirando hacia arriba; esperando.
Pensando en las carencias para marcharme.
Me quiero ir, pero el cuerpo es desobediente.
Sé que tengo que salir.

En el bolsillo hay monedas para un deseo.
Falta la fuente, ojalá hubiera una.
Mis manos empuñadas, alrededor es frio. 
Infortunio violento, no puedo escalar hacia la cima. 
Las dudas juegan todas rodeándome, las escucho.
Sé que tengo que salir, pero ¿cómo?

Estoy perdido, perdiéndome, perdiendo.
¿Las paredes se encogen o me he inflado?
No distingo, mirando cómo la oscuridad respira.
Mantengo distancia retrocediendo.
Este refugio es un punto de salida, lo sé.
Cuán tarde es, que mi cuerpo lo avisa.

Por fuera el laberinto es un juego.
Aquí, desubicado, son las entrañas de una bestia.
Resuenan a veces las paredes como un derribo.
Como un dolor o el hambre vieja.
Espero que yo le esté doliendo, y se revuelque.
Si no salgo, que se muera conmigo.

Tengo un cementerio de rezos en una esquina.
En otra, toda mi vida entre telarañas.
En las últimas dos es de noche desde que llegué.
Anhelo dormir para soñar con la intemperie.
Pero me aterra, no sé qué depara el maldito pasillo.
He estado pensando desmedido, tengo que salir.

Este cuerpo ahora es una desventaja.
Mis piernas piden contraseña para avanzar.
He perdido el control de lo que soy.
Encarno la somatización del miedo.
No hay opción, más que permanecer aquí.
Hasta lo inevitable; sé que puedo salir.

La oscuridad es un rumor.
Desde aquí se ve como morisqueta solemne.
Burlesca sombra, cortina de los silencios.
Atravesarla como si fuera humo, muero.
Acuchillarla con mi presencia, profundo.
Frente a ella, perplejo, fluctúo en mayúscula.

Trago saliva mirando hacia el pasillo.
Los riesgos y monstruos que me esperan,
pueden ser peores que estos que me esclavizan. 
Llevo demasiado a espaldas para remolcar. 
Tengo la respuesta. Debo irme, pero quiero escapar.
Aún así, sigo improvisando en algún lugar del laberinto.

*# Carlos Arturo / Caco #*

RETRATO HABLADO (098)

Te escondes, niño.
Raro, temeroso y solo
en la solemnidad del silencio,
en cada oportunidad de invisibilidad.
Debajo de la cama,
tras las cortinas,
en esquinas oscuras
o en la sombra del adulto
-que es lo mismo-.
En lo turbio como la incertidumbre.
Te escondes, como la amabilidad de Ares,
como Hera llorando las traiciones,
como la indescriptible vergüenza de Adán.

Fuente de la imagen

Gato herido, te escondes.
El instinto te obliga
permaneces quieto y callado
como una fotografía.

Sé de ti.
Los latidos te exponen.
Estás ahí,
te conozco de siempre.
Estás aquí,
como un espejo frente a mí,
atravesando mi cuerpo y reflejando el espacio.

*# Carlos Arturo / Caco #*