LA ETERNA DUDA (237)

Néstor luchaba consigo para no caer en la desesperanza. Desde la adolescencia fue la víctima propiciatoria de sus propias ideas; pero esta vez, avanzaba peligrosamente hacia el abismo.

Cursaba el último año de filosofía en la universidad estatal y aún, no sabía qué hacer. Veía a otros estudiantes hallar sus destinos; mientras que él, era un diletante entre una corriente de pensamiento y otra, sin acertar un rumbo definitivo a tomar. Le resultaban extraños los laberintos de su mente. Cuando creía haber descubierto el hilo de Ariadna que inefablemente lo guiaría hacia la verdad, simple y contundente; una mínima duda, un concepto oculto hasta ese momento, una pequeña falla en el esquema del análisis o, la aparición catastrófica y fortuita de una nueva teoría en el horizonte, ponía en tela de juicio sus certezas, dando por tierra con la estructura de su pensamiento. Sobre todo, lo obsesionaba saber que la aparente complejidad de la realidad sensible, podía reducirse a un manojo de verdades obvias. Aún así, no por obvias, menos ciertas. “Ama y haz lo que quieras”, dijo alguna vez San Agustín y, en ese axioma, centró la visión de la ética cristiana. Así de simple y de complejo al mismo tiempo: ¿Qué se puede hacer en amor, que contradiga al propio amor?  Nada. Absolutamente nada. Tan solo amar.

Néstor aseguraba que estas verdades, deberían serle reveladas por la inspiración, en un destello de lucidez y plenitud. Mágica inspiración a la que convocaba, sin la necesaria transpiración del conocimiento, al decir de Rilke. En cada una de las inagotables charlas filosófico-literarias de café, intentaba encontrar el fin último del ser y de las cosas. Arriesgaba respuestas, para inmediatamente retroceder y quedarse rumiando la lógica aplastante de su circunstancial oponente.

Sócrates, Dilthey, Platón, Husserl, Bergson y Schelling legañosos, soportaban estoicamente los embates de Descartes y Kant. Dios, mientras tanto, sentado a la otra mesa, pretendía entender a Hegel y su razón absoluta. Heidegger, Ortega y Gasset, Unamuno, Parménides, Locke, Leibniz y Spencer aguardaban su oportunidad. Mientras tanto, Sartre, los tenía a mal traer con su ser y con su nada. En total, nada. Y, aunque inaudito, una nada tan pesada que se materializaba por la acumulación precipitada de conceptos contradictorios.

Como el Erdosaín de Arlt, Néstor se sentaba en el banco de una plaza esperando su respuesta. ¿Qué es la vida?, se preguntaba cien veces y se daba cien respuestas. Sabía que esto no era posible. Sólo una contaba…, ¿pero cuál? ¿Por dónde empezar?

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Tantos caminos que se entrecruzaban, significaban respuestas encontradas y perdidas al mismo tiempo. Cuando el cansancio lo abatía, seguía los sabios consejos del general, desensillar hasta que aclare; aunque a veces sentía que la tormenta venía de sudestada. Nada desechaba a priori. Todas las teorías eran pasibles de ser analizadas, tamizándolas a través de una lógica aplastante. Justo es decir que había teorías  que sufrían un proceso más minucioso que otras y algunas, lograban sostenerse por un mayor lapso de tiempo. Muchas soportaron una larga agonía antes de caer en el descrédito. El caso del cristianismo, por ejemplo. Tenía respuestas para casi todo; excepto, para aquello que sólo fuese develado por el acto de fe. Cuando Néstor llegaba a ese punto crítico del análisis, la frase mágica era esgrimida por el interlocutor de turno y sonaba como un chicotazo artero. Era cuestión de fe y no había más discusión: creer o reventar. Y Néstor reventaba.

Un día, por casualidad o por causalidad (como le gustaba pensar), acertó a ingresar en un bar cercano a la facultad donde, un grupo de ruidosos estudiantes, discutían acaloradamente acerca de las posibilidades de las filosofías orientales.

-¡Los occidentales, nos aproximamos a una encrucijada que los pensadores de la India alcanzaron 700 años antes de Cristo!, -afirmaba alguien, citando a Heinrich Zimmer-. ¡Por eso, frente a los conceptos e imágenes de la sabiduría oriental, nos sentimos intranquilos y molestos pero también atraídos! -concluyó.

Néstor se quedó azorado. Esas palabras, para él, fueron una trampa mortal y lo supo en ese instante. Había sido atrapado y entonces pensó:

-¿Por qué no? ¿Por qué busco la verdad en el occidente, cuando es en el oriente donde lo trascendente juega a las escondidas con los conceptos y con las palabras? ¿Por qué no perderme entre las visiones y los rituales de un mundo que respira sabiduría?  -reflexionó.

Pagó el café y viajó a la India. Claro que no fue tan sencillo; previamente tuvo que resolver algunas cuestiones materiales como vender su Citroën, la flauta traversa y alguna que otra chuchería que le permitiera afrontar los gastos del viaje.

Al descender del avión, en Nueva Delhi, el corazón se le estrujó. Debía convertirse en discípulo cumpliendo con una serie de disciplinas preliminares, hasta alcanzar la madurez suficiente para ser considerado el adhikârin de algún gurú que lo aceptara. Néstor llevaba dentro la angustia de la verdad apetecida que sólo el maestro podía satisfacer. Estaba dispuesto a someterse al gurú. A reverenciarlo como la personificación del divino saber. A compartir su casa el tiempo que fuera necesario, sirviendo en la misma y ayudándolo en su trabajo.

En esta nueva aventura que había emprendido, el conocimiento venía de la mano de una práctica constante; de una forma de vida que significaba: la reclusión monástica, el ascetismo, la meditación, la plegaria, los ejercicios de yoga  y muchas horas diarias dedicadas al culto. Sabía que si el guru lo aceptaba, él era la verdad encarnada y lo iba a imbuir de la divina esencia.

Se adentró en el Vedânta. Estudió con devoción el Vedântasâra, que era un pequeño tratado para principiantes; teniendo la certeza que para ser considerado un estudiante competente, máxime por su condición de occidental, debía conocer en profundidad los cuatro Vedas para poder ejercer los elementos necesarios del rito: la dieta, el ayuno y la meditación.

Al poco tiempo, Néstor estaba irreconocible. La cabeza rapada, una túnica de tela rústica, un cuenco al que debía limpiar varias veces al día por si los dioses lo necesitaban para beber. Eran sus únicas pertenencias terrenales. Las flores de rododendro, las aletas de tiburón o los retoños de bambú, eran sus comidas favoritas durante los días de fiesta. Pero a diario, había aprendido a conformarse con el tradicional tsampa, que era su alimento principal. También aprendió a prepararlo, tostando la cebada hasta que adquiría un color castaño y una consistencia crocante; después, partía los granos para convertirlos en harina. Inmediatamente se volvían a tostar y se colocaban en el cuenco, agregándole un té mantecado caliente, elaborando una masa. Se le agregaba sal, bórax, manteca de yac a gusto y se la comía, tratando de no pensar en las parrillas humeantes de un asado bien argentino. A pesar de las penurias y las dificultades, Néstor estaba contento. Se sentía coherente y ansioso de respuestas. Después de muchos años de sacrificio purificante, tuvo la oportunidad de indagar al gurú con su pregunta vital:

-¿Qué es la vida, maestro?

-La vida  -dijo el sabio-  está en la práctica del Jainismo. El universo es un organismo vivo, animado en todas sus partes por las Mônadas vitales que circulan por sus miembros y esferas. Este organismo es inmortal y nosotros, las mônadas vitales que constituimos la substancia misma del Gran Cuerpo imperecedero, también somos imperecederos. Ascendemos y descendemos pasando por diversos estados del ser, ora humano, ora divino, ora animal. Y los cuerpos parecen morir y nacer, pero la cadena es continua, las transformaciones infinitas y todo lo que hacemos es pasar de un estado al siguiente…, -sentenció el gurú.

-¡Pero, maestro!  -argumentó con humildad Néstor-  ¿Debería tener entonces la visión de un santo y vidente Jaina, para poder percibir como las indestructibles mônadas vitales circulan por el universo?

-Y…, sí. – le aseguró el gurú- ¡Es una cuestión de fe!

Néstor se deshizo en llanto. Tanto sacrificio, tanta búsqueda, para llegar por otro camino al mismo sitio. Desesperado, le contó al maestro su historia y éste, sinceramente conmovido, le aconsejó que marchara al lamasterio de Chakpuri, en las afueras de Lhasa y tratara de ver al Dalai Lama, el Más Recóndito…

En las casas de techos planos de los campesinos tibetanos, con pequeños parapetos para conservar y secar el estiércol de yac como combustible, se albergó Néstor durante su penoso viaje. No era una deshonra ser mendigo en el oriente. En ocasiones, como un monje budista que jamás pide limosna, se detenía frente al umbral de una puerta esperando con su escudilla en la mano y, cuando estaba llena, seguía su camino sin decir palabra.

En las misteriosas tierras altas de Chang-Tang alcanzó su destino. Fue admitido como peregrino en el lamasterio de Potala, en espera de ser recibido por el Dalai Lama. El piso de piedra de la catedral de Jo-Kang, con gastados surcos horadados por los peregrinos que recorrían reverentemente el Círculo Interno mientras rezaban sus mantras, le produjo una visión dolorosa. Evidentemente, su búsqueda de la verdad se sumaba a la de millones que, con el correr de los siglos, habrían recorrido caminos semejantes. El pesado olor a incienso flotaba como nubes en la montaña. Se concentró en la rueda de oraciones, repitiendo su mantra:

-¡Om! ¡Mani padme hum!

En algún momento del peregrinaje, un lama se acercó y le hizo una reverencia. El momento había llegado. Sobre una escalinata ricamente alfombrada, un anciano de luenga cabellera y barba blanca como la nieve del Himalaya, lo aguardaba. Néstor no pudo menos que sobrecogerse ante la dulzura de los profundos ojos azules del Más Recóndito. Este lo miró y le dijo:

-¡Hijo mío! ¿Qué te ha traído hasta mí?

Néstor, postrado a sus pies, carraspeó suavemente para aclarar la voz y con un profundo respeto, preguntó:

-¡Maestro! Necesito saber…, ¿Qué es la vida?

El Dalai Lama sonrió. Creyó entender los pesares profundos que contenía la simple pregunta de ese peregrino. Alzó su mirada al infinito y dijo:

-¡Hijo mío! ¡La vida, es procurar la felicidad del otro, de tu prójimo!

Néstor, maravillado por la sencillez de la respuesta del Dalai Lama y conmovido hasta las lágrimas, necesitó comprobar una vez más lo que sus oídos se negaban a escuchar.

-¿Eso es la vida, Maestro?  -preguntó.

El Dalai Lama posó su profunda mirada azul sobre el peregrino y, humildemente preguntó:

-¿Ah, no?…

*Este relato fue publicado por EDUNER (Universidad de Entre Ríos), Argentina, en 1999 en una Antología llamada “Patria de Luz – Tomo 3” dentro de la Selección de Autores Entrerrianos.  

*** Daniel Omar Granda ***

LOS CRÊPES DEL ARCO IRIS (236)

En un mes de enero de hace unos años, tuve la oportunidad de visitar el barco de Green Peace: el Rainbow Warrior II (guerrero del arco iris), amarrado en el puerto de Buenos Aires, para efectuar una serie de reparaciones. Este es el barco insignia de la Organización No Gubernamental (ONG), de carácter mundial dedicada a la defensa de la ecología y del medio ambiente.

El guerrero anterior, fue hundido por buzos tácticos de la marina francesa en un atentado en oportunidad de efectuarse las pruebas nucleares en el Atolón de Mururoa, en el Océano Pacífico. Como todo guerrero de la esperanza, otras manos, otros pechos, otras ganas reemplazaron al caído que descansa sus sueños de utopías en las profundidades del océano.

Las pruebas nucleares continuaron, pero los sueños de los hombres también. Francia tuvo que indemnizar a Green Peace y un nuevo barco insignia surca incansable, los mares y océanos, proclamando la posibilidad de un mundo mejor. Según los entusiastas militantes de Green Peace, este Rainbow Warrior es un barco absolutamente ecológico: Navega a vela y a motor pero, utilizando un combustible apto para el medio ambiente y que no contamina.

Su tripulación rota cada cuatro meses y está compuesta por un ramillete de muchachos y de chicas del mundo entero, que buscan la armonía del planeta. Como todo barco que se precie de tal; cuenta con un Capitán, un Primer y Segundo Oficial, además de los esforzados voluntarios que embarcan en todos los puertos del mundo, participando en acciones preventivas para defender al medio ambiente.

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Los chicos y chicas en el Rainbow, hacen de todo. Desde cocinar; lavar las cubiertas; atender las sentinas o subirse a un Gomón con motor, para ponerse debajo de otro barco que pretenda tirar al mar containers con desechos nucleares, arriesgando sus propias vidas. O también, en otras oportunidades, con esos Gomones con motor, logran interferir en la operación de los barcos balleneros para intentar obstruir, por lo menos, en la matanza indiscriminada de dichos cetáceos en todos los mares del planeta.

En nuestro país, entre otras acciones, Green Peace se opuso enérgicamente a la posibilidad de que la localidad de Gastre, en la provincia del Chubut, se convirtiera en un enorme reservorio de desechos nucleares; así también como a la posibilidad de que se empleen incineradores de residuos tóxicos, que emanen al aire libre contaminando la atmósfera, como el que funciona en la ciudad de Zárate, Provincia de Buenos Aires.

Pero estas chicas y muchachos ambientalistas, no sólo accionan protegiendo la naturaleza, también saben disfrutar de la buena mesa y sobre todo con los amigos. En oportunidad de mi visita como cronista del diario La Voz de la Histórica, de Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos; no podía dejar de husmear por la cocina del Guerrero del Arco Iris, donde  una de sus asistentes de campaña del ozono y voluntaria desde 1992, Marina Orman, nos preparó unos crêpes rellenos que merecen estar en el libro Guinnes de la gastronomía mundial.

*** Daniel Omar Granda ***

LOS CAMINOS DEL OTOÑO (235)

El otoño en la vida, es mansedumbre, alguna que otra sabiduría adquirida por allí y sostenida por esta fuerza aún intacta, de una juventud todavía plena y pletórica de encantos. No voy a negar que algunos piensan que sólo es la antesala del invierno y que otros, creen que es sólo un día fresco del verano que se resisten dejar. Lo cierto, como dice Serrat, «la vida es lo que es, lo que no tiene: es remedio».

Siempre amé la poesía y a su vez, amé a los profetas de la metáfora que con ella lograron asombrarme. Quizás resulte que el asombro, sea también una cualidad del alma. Por qué no. Lo cierto es que la vida pasa sin detenerse ni un sólo instante. La vida, siempre fue una señora de compromiso abyecto, que no acepta el ciego traqueteo de andar y detenernos. Ella sólo genera. No vive del ensueño.

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Nosotros sí. Soñamos y nos ensoñamos. Buscamos y perseguimos, como posesos a veces, cosas que con el tiempo se diluyen o simplemente, que se extravían en sus contornos. Intentamos una y mil veces: alcanzar el prestigio, el poder, el dinero, la grandilocuente «realización personal» y no nos damos cuenta de que la vida es más simple. La vida es sólo vida, la de todos los días, la de las pequeñas cosas.

Esa es la vida, la verdadera: la que se nos escapa por entre los dedos sin poder retenerla. La simple vida. La vida simple. Cuántas veces nos detenemos a pensar por un instante, en las pequeñas cosas que nos rodean. Esas pequeñas cosas que nos dan felicidad. 

Alguna vez, Borges, confesó amargamente que había cometido el peor de los pecados: no haber sido feliz.  Alguna vez; quizás nosotros mismos, nos confesemos en la intimidad cometer el mismo error: dejar que la vida pase «sin pena, ni gloria».

Por eso es una buena estación «el otoño». Uno tiene la mochila cargada con alguna sabiduría. Tiene también la fuerza suficiente para poder transportarla. Todavía camina con ojos de asombro por la vida. Por eso, a pesar de todo. A pesar de la sentencia de Discépolo que nos acompaña y señala: la Biblia y el calefón.  A pesar de otras certezas,  dolorosas y crueles. Digo: a pesar de todo y a pesar de uno mismo «hay que andar por los caminos del otoño».  A pesar de la vida misma, somos este animal de luz que tan bellamente pintó con palabras el gran Vate de la poesía latinoamericana: Pablo Neruda

Animal de luz (Pablo Neruda)

Soy en este sin fin sin soledad
un animal de luz acorralado
por sus errores y por su follaje:
ancha es la selva: aquí mis semejantes
pululan, retroceden o trafican,
mientras yo me retiro acompañado
por la escolta que el tiempo determina:
olas del mar, estrellas de la noche.


Es poco, es ancho, es escaso y es todo.
De tanto ver mis ojos otros ojos
y mi boca de tanto ser besada,
de haber tragado el humo
de aquellos trenes desaparecidos:
las viejas estaciones despiadadas
y el polvo de incesantes librerías,
el hombre, yo, el mortal, se fatigó
de ojos, de besos, de humo, de caminos,
de libros más espesos que la tierra.


Y hoy en el fondo del bosque perdido
oye el rumor del enemigo y huye
no de los otros sino de sí mismo,
de la conversación interminable,
del coro que cantaba con nosotros
y del significado de la vida.

Porque una vez, porque una vez,
porque una sílaba o el transcurso de un silencio
o el sonido insepulto de la ola
me dejan frente a la verdad,
y no hay nada más que descifrar,
ni nada más que hablar: eso era todo:
se cerraron las puertas de la selva,
circula el sol abriendo los follajes,
sube la luna como fruta blanca
y el hombre se acomoda a su destino.

*** Daniel Omar Granda ***

LA COSTERA, CON ALMA DE BANDONEÓN Y DE CHAMARRA (232)

Como trabajaba de cronista para el diario “La voz de la Histórica,” esa noche me tocó hacerle una nota a “La Costera”; y allí estaba contento como ternero en la teta. La queja del bandoneón se apoderó de la noche. Sin quererlo, cerré los ojos y el barrio del Abasto de Buenos Aires (donde nací), me apareció de repente. La barra de la esquina, los muchachos del café “La Esmeralda”, donde el gordo Aníbal Troilo caía con las primeras luces del día, a tomarse el último trago. El loquito infaltable de cualquier barrio de Buenos Aires, que se creía Gardel y que se vestía igualito imitándolo y cuando entraba en el café decía para todos los parroquianos: «Salú a la barra, que baten los chochamus…».

Cuántas noches de insomnio creativo. Allí aprendí la cruel filosofía de Enrique Santos Discépolo (Discepolín) de la “Biblia y el calefón”, de la ternura cruel y del amor ausente; aprendí de la amistad sin grupo y también, de las pilas secas de todos los timbres que vos apretás. Allí empecé a amar al tango. A sentirlo para que la gran ciudad no te aplaste. Recuerdo las palabras del poeta mendocino, Armando Tejada Gómez, que decía en su «Muchacho en setiembre»: …” Andar de rigurosa adolescencia, como buscando qué, que no he perdido…” […] A veces, me siento ese muchacho. Otras, siento el peso de los siglos de una vida intensamente vivida. Y algunas otras, como hoy, me dejo llevar por la quejumbre de un fuelle que suena como los dioses, en una parrilla-restaurante de Concepción del Uruguay llamada “La Costera” y que lamentablemente ya se la comió el olvido y desapareció junto a la nostalgia de aquellos tiempos.

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Cuando entré, estaba tocando la típica “Yumba Cuatro”, una orquesta de aquellas que ya no se ven y que según supe, era tradicional en la zona. El bandoneón de Rubén Crosignani arrancó con los primeros compases de “Tinta Roja” y  sobre el pucho; el «Chileno» (que no es chileno), Carlos Assín lo secundó con la guitarra eléctrica y para no quedarse atrás, Rodolfo Guidoni con el contrabajo; le sirvió de contrapunto preparando el terreno para que entrara el cantor del grupo: Reno Crosignani quién me dedicó (como porteño) amablemente ese tema. Y después: “El motivo”; “La abandoné y no sabía”; “Más sólo que nunca”; “De igual a igual”; y como broche de oro: “Cuesta abajo”.

Al terminar con la primer entrada, nos sentamos todos juntos en una mesa amablemente tendida por su dueño, Don Ricardo Dupin, quién nos prometió un asado de rompe y raja, y no falló. Para empezar a despuntar el vicio, como los muchachos tenían que seguir actuando, solo tomamos “algunas” botellas de un buen borgoña cojonudo. Como formamos una mesa grande, casi tanto como las ganas que le pone Ricardo a la defensa y la difusión de la música nuestra, hubo algunos comensales que no se prendieron en el asado. Pedro “Chamamé Larroque” prefirió una suprema de pollo a la napolitana y su compañero, Coco Serrano, se entusiasmó con un pesceto al vino, con una salsita de cebollas y vino, que era un espectáculo aparte. Al resto nos castigaron con un asado flor y truco, que Ricardo fue trayendo de a poco, desde el asador, para que no se nos enfriara. Qué decir y cómo describir una de las comidas más populares de la Argentina: Un asado de primera y la hermosa compañía de la gente que ama el canto y las cosas nuestras.

A los postres, flanes caseros y copas heladas, Ricardo nos leyó una carta que le había enviado, la semana anterior, el Gobernador de la Provincia de Entre Ríos, con motivo de cumplirse el 14 aniversario de la parrilla. Entre otros conceptos decía: …” Que la Costera, es una bandera en alto de la música nacional, encuentro de amigos y sobre todo, festejo del amor entre los seres humanos…” Aplausos cerrados y de inmediato, alguien pegó el grito, pidiendo a los musiqueros y se armó el bailongo.  El conjunto de Pedro “Chamamé Larroque”, con su acordeón de tres hileras, secundado por la guitarra del “Chileno” y el bajo de Coco Serrano, arrancó sin más trámite con el típico chamamé correntino: “Kilometro 11”, de don Tránsito Cocomarola. Y las parejas, deseosas de hacer galas de sus amplios conocimientos en estas lides, no se hicieron esperar y se adueñaron de la pista de baile. Después de haber aceptado el convite y bailar un par de chamarras dulzonas, y algún que otro paso doble también; enfile para la puerta de salida, despidiéndome de todos como aquel loquito de mi viejo barrio: «Salú a la barra y hasta la vuelta»… Entonces llegó el momento de trabajar y escribir estas notas que debía llevar a la redacción, para el diario de la edición de mañana.

*** Daniel Omar Granda ***

NUEVE LUNAS (229)

Su familia no aceptaba nuestras relaciones. Absurdas diferencias  étnicas y religiosas se anteponían a nuestro afecto. Sara pidió la comunicación, para dejar conforme a sus  padres. Gabriel, el conserje del hotel, aseguró que en instantes conectaba con el número solicitado.

Abrí la ducha y me metí dentro. Hacía años que conocía a Sara y siglos que la amaba. Disgustado por esta situación absurda, empecé a enjabonarme. La suite era realmente confortable, con todas las comodidades y el status que exige la vida moderna. Me dejaba satisfecho. Su ingreso en la ducha también. Era un juego y es tan hermoso disfrutar de un juego compartido. Recorrer lentamente su geografía me transportaba hacia mundos aún inhabitados. Beber en su piel como en un claro arroyo. Agotar las formas y las reformas. Andar nuevos caminos enancado en la esperanza. Desandar los sueños de la mano de sus ojos.

Desde el frigo-bar le ofrecí una copa que aceptó en silencio. La observé atentamente. Cómo un águila al acecho, comencé a volarla en círculos, reconociendo el terreno. Sus ojos, sus hombros, sus caderas, sus pies diminutos, su otro costado y otra vez  su mirada. Me pongo en camino y me poso en los hombros. De un salto feroz me convierto en  lobo estepario y me agazapo. Midiendo mis pasos desciendo la sabana de su espalda. Me aventuro en las caderas y su costado, escondiéndome de un salto en  la hondonada de sus senos.

Desde allí observo sus movimientos. Dispuesto a destruirte de un zarpazo y devorarte y relamerme, luego me abalanzo. Convertido ya en viento, te penetro. Recorro una por una, tus cavernas y misterios. Navego en dulce río que de pronto se convierte en lava ardiente y nos funde en el infierno. El Caronte atrevido me rescata a tiempo. Y desciendo por tus piernas níveas hacia otros cielos. Te observo y  en silencio…, otra vez te sobrevuelo como un águila al acecho.

El Diario de Noah Fuente de la imagen

Me serví una cerveza, mientras Sara se daba una ducha. Aproveché para llamar al conserje y pedirle que nos reservara una mesa íntima en el restaurante del hotel. Como cualquier sábado, era noche de gala.  El dueño del hotel, atendía a los comensales como un maître efectivo y con oficio. Jesús -el mozo- nos trajo de entrada un exquisito jamón glasé con ananás y cerezas al maraschino. Unas estupendas fetas de jamón serrano de medio centímetro de grosor, glaseadas con azúcar y saltadas en manteca. Descubría con Sara un nuevo Malbec de una desconocida bodega mendocina. Percibíamos su aroma suavemente frutado, su estructura aterciopelada y la persistencia del sabor en nuestras bocas, casi como nuestro amor. Jesús arremetió de nuevo con un Lomo Strogonoff y un Carré de cerdo a la Mostaza. El lomo servido con un timbal de arroz y una salsa a la páprika con crema de leche y abundantes champiñones. El carré, saltado en una salsa de crema de leche, mostaza, puntas de espárragos y servidos con papas noisettes milanesadas, que según me aclaró Carlos, el cheff del hotel, se llama Risoll.

A pesar de ubicarnos en una mesa discreta, sobre uno de los costados del salón, fue virtualmente imposible resistirse a la invitación del anfitrión. Una copa de champagne para concluir la agradable velada.Sara y yo, nos hundimos otra vez en los sueños y en nuestras esperanzas. Ya tarde, nos retiramos a la habitación, donde intentamos descansar de los otros.

Durante el desayuno, realmente me sorprendió. No lo esperaba. Sobre una servilleta,  dibujó una cuna que me paralizó el corazón. Estaba embarazada. Y entonces recordé aquellos hermosos versos del poeta santafesino José Pedroni:

“Mujer, en un silencio que me sabrá a ternuras // durante nueve lunas crecerá tu cintura; // y en el mes de la siega tendrás color de espiga, // vestirás simplemente y andarás con fatiga. […] // Un día, un dulce día con manso sufrimiento, // te romperás cargada como una rama al viento, // y será el regocijo de besarte las manos, // y de hallar en el hijo // tu misma frente simple, tu boca, tu mirada, // Y un poco de mis ojos, un poco, casi nada…

Mi felicidad fue indescriptible. Ahora siendo tres, como la santísima trinidad, no existirán las fronteras que pudieran detenernos y mucho menos intentar tan siquiera separarnos.

*** Daniel Omar Granda ***

EL CONCURSO (226)

Recuerdo cuándo y cómo pasó, pero nunca imaginé que fuera a sentir tanto terror al mismo tiempo. En aquel verano resultaba alentador cambiar de aire. Con Josefina habíamos probado todo, menos vivir en el campo.  Nuestro trabajo como investigadores universitarios nos alentaba. La Universidad Tecnológica nos encargó desarrollar un fertilizante químico que sirviera para los vegetales, aptos para el consumo humano, y para el forraje de los animales. Indudablemente, la tierra ya no daba para más. Se agotaba y era necesaria una solución rápida. 

Al principio nos costó adaptarnos a la falta de comodidades de la gran ciudad, pero de a poco lo fuimos aceptando. Josefina salía a hacer las compras por la mañana y se relacionaba con los nuevos vecinos mientras que yo;  típica rata, me encerraba horas y horas en el laboratorio investigando. Por la noche, salía a caminar hasta el arroyo que corría por detrás de la casa. La quietud del campo, los incansables grillos, la destellante luminosidad de las luciérnagas y sobre todo, el silencio, me reconfortaban. Acordé con Josefina en colaborar. Una de las cosas que me atrajo de inmediato, fue la posibilidad de observar de cerca los raros fenómenos que se daban en la zona y que no coincidían con lo que se pudiese evaluar como naturales. En alguna de las recorridas, junto a mi mujer, por las granjas vecinas me llamó la atención el celo profesional con que ocultaban los plantíos de vegetales y los de insignificantes hortalizas.

Julián por ejemplo, no sembraba «sus zanahorias» al aire libre como todo el mundo. No, él lo hacía con el mayor de los cuidados, dentro de un galpón al que le desmontó parte de su techado de zinc. Contaba además, con un sistema de riego artificial de su propia invención, que me resultó ingenioso. Cuando indagué sobre las razones de tamaño esfuerzo, confesó que intentaba ganar ese año el premio al mejor agricultor, justificado por las dimensiones que había logrado con sus hortalizas. En un arranque de confianza me llevó al galpón y me mostró parte de su secreto; era evidente que necesitaba contárselo a alguien. Yo no podía dar crédito a lo que veía. Julián puso en mis manos una zanahoria del tamaño de una sandía, mientras me confesaba que aún no estaba satisfecho. No creía lo que estaba viendo, pero Julián contestó de inmediato  a todas mis preguntas y entonces, pude saber, del secreto compartido por toda la comunidad. Era un abono natural, que usaban en sus siembras y, que elaboraban sobre la base de la maceración de un hongo silvestre, que crecía en la zona.

Me mostró, paso por paso el procedimiento y,  fui tomando muestras para mi investigación. Como contrapartida, Julián pidió que comprometiera mi ayuda científica para aprovechar mejor sus esfuerzos. Aunque resultó difícil, otros granjeros accedieron también a mostrarme sus propios adelantos y así pude ver frutos, legumbres y hortalizas de los tamaños más descomunales que se pudieran imaginar. Tomates que alcanzaban para darle de comer a una familia entera, hojas de lechuga que parecían palmeras, rabanitos del tamaño de una pera. Todos guardaban celosamente el secreto de aquel hongo; pero la necesidad de hablar con alguien, los hacía competir entre ellos para ver quién lograba ese año los mejores resultados.

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Me puse a trabajar de inmediato, en mi laboratorio, con las muestras que pude recoger. A diario, la visita interesada de algún vecino, nos servía como nuevos datos para la investigación. En menos de una semana tuve sobre la mesa de trabajo, todas las variedades de hongos que crecían por la zona. Lo primero que intenté, fue comprender su composición molecular y el proceso químico que desataban. Después de varios fracasos, logré estabilizarlo y pasé a la siguiente fase: reproducir químicamente a ese prodigio. A medida que lograba algún avance, experimentaba de inmediato en la huerta del vecino. A veces obtuve buenos resultados, otras no tanto. Seguí trabajando hasta aquel día, que no se cómo sucedió.

Le llevaba a Julián un frasco, con un concentrado para abonar una hectárea sembrada de arroz, cuando me enredé con las hojas de una planta rastrera y al caer, derramé el líquido sobre la tierra. A pesar de eso, volví al laboratorio y reinicié mi trabajo. Meses después, vino el dichoso concurso. Como vecino con cierto prestigio y sobre todo, no comprometido con la producción en forma directa, fuimos convocados junto a Josefina para ser jurado. Casi no podíamos creer el fruto de nuestro trabajo. Se tuvo que habilitar un enorme galpón para que los granjeros expusieran sus creaturas.

Chauchas enormes como arcos de flechas, tomates pulposos que no entraban en la caja de una camioneta; pepinos del tamaño de un palo borracho; zapallitos como zapallos y zapallos como carrozas de Cenicienta. Realmente era imposible decidir, hasta que llegó Julián haciendo sonar la bocina de su tractor, nos convocó a todos afuera del galpón donde se desarrollaba el concurso. Ante la mirada atónita del pueblo, y con la ayuda de un complicado sistema de rampas y palancas para empujar, hizo descender de la caja playa de su acoplado una enorme papa, que al caer al suelo, hizo vibrar la tierra.

No se podía creer. En silencio y con una admiración cercana al pánico, fuimos rodeando esa papa tratando de comprobar si no era un artificio. Al palparla, sentí que aún estaba viva y que el proceso de crecimiento no se había detenido. Aparté a Julián y se lo hice saber, pero era tal el nivel de excitación que tenía, que ni me escuchó. Se sabía ganador de aquel delirante certamen y fue entonces, cuando sucedió.

Un vecino, mortalmente asustado, voceaba a los gritos que había que abandonar rápidamente el pueblo, porque la tierra se había vuelto loca.  A una velocidad increíble y desde la granja de Julián, una planta rastrera crecía y crecía floreciendo en enormes papas que rajaban la tierra y que se erguían como montañas destruyendo todo a su paso. La Iglesia había desaparecido de repente, o mejor dicho, se la veía enclavada sobre el lomo de una descomunal papa que le nació por debajo. El camino principal ya estaba cortado en varios lugares y las enormes hojas, las ramas como árboles y las papas mismas, avanzaban sin remedio. El pánico se apoderó de la gente. Sin esperar el resultado del concurso, todos trataron de llegar a sus granjas para rescatar algo y abandonar la zona. Julián, aturdido, se sentó al pie de su papa que seguía creciendo sin la menor intención de detenerse. Tuve que sacudirlo porque no reaccionaba y así, obligarlo a salvarse. 

Realmente fue aterrador, indescriptible, apocalíptico, diabólico. Nunca quise volver por San José, ni saber de sus hongos, ni de sus experimentos, ni de sus rarezas. Nunca quise volver. Por eso recuerdo cuando y como pasó, lo que aún no pude superar es el terror que sentí en aquel momento.

*** Daniel Omar Granda ***

SALTO AL VACÍO (225)

Cuando supe que te disponías a saltar y salirte del encierro de esa pareja que te ahogaba y no te dejaba vivir; no podía creerlo. Al principio me dio miedo, después te busqué por toda la ciudad. Cavilando recuerdos, recorrí uno a uno los lugares comunes y sin poder encontrarte. En cada lugar, en cada mesa que nos había cobijado, fui recogiendo los pedazos de nuestra propia historia. Las angustias, las dudas, las ganas contenidas, los temores sensatos y de los otros. Sobre todo de los otros, el miedo a volver a equivocarnos.

Los espacios no existen sin nosotros. Sólo a partir de nuestra propia geografía cobran sentido. Sin nosotros son solamente espacios vacíos que podrían ser otros y daría lo mismo. Por alguna extraña alquimia, cada lugar que recorría, me devolvía al instante un pedazo de  la historia. Y así te fui construyendo o modelando a mí antojo,  ¿Quién sabe?  ¿Quién quiere saber? Aquí empezó todo, en este café que hoy se mostraba silencioso y olía a desayuno. Un tibio sol templaba la mañana y entonces me senté en mi mesa  -mi mesa- que tiene que ver con mi propia geografía. Pedí café y esperé tontamente verte aparecer.

A través de la ventana, la plaza hormigueaba gentes que le hacían cosquillas con el taconear de los zapatos. Los canillitas voceaban las últimas noticias de los periódicos y ofrecían las historias del  día en sus pequeñas manos de niño explotado por la pobreza. Un viejo linyera, con un largo piloto mugriento, raído de tiempo y de ausencias, cruzó en diagonal a mi ventana  conversando con sus perros. Caminaban iguales, el viejo y los perros, con el paso cansino, bamboleante y sin ningún apuro aparente; buscando por el suelo algo que le sirviera para vender o canjear y así, engañar las tripas por algunas horas. Esperé un rato y decidí buscarte en otras madrigueras. Todo fue inútil, debía esperar a que me encontraras. Siempre debía esperar y ya se me estaba haciendo costumbre. Decidí entonces volver al lugar donde te conté aquella vieja leyenda, del pueblo guaraní, acerca de los pequeños Isondúes; los pequeños bichitos de luz que Aña, el dios del mal, perseguía por los campos para atraparlos y destruirlos. Mientras que Tupá, el dios de la bondad, los protegía impidiéndoselo. Recuerdo que te dije, en aquella oportunidad, que lo que deseaba era poder atrapar esa chispa en tus ojos y que por eso,  te contaba la historia de los indios guaraníes y de los Isondúes:

Fuente de leyenda

Dice la leyenda que había en el pueblo un luminoso indio guaraní que atraía a la vez admiración, odios y amores. Se llamaba Isondú. Era de esas personas que hacen que parezca fácil cazar bien, pescar aún mejor y gustarles a todos. O a casi todos. Porque Isondú llegaba y las jóvenes no buscaban excusas para acercarse. Simplemente venían a mirarlo, a conversar con él. Y lo rodeaban los amigos. Donde estaba Isondú había acción y risas. No era su intención, pero se destacaba de los demás. Como si tuviera una luz propia.

Los que no se agrupaban junto a Isondú, los que no lo querían, empezaron a sentir que se perdían bajo su sombra. Se quedaban mirándolo, en la oscuridad. Primero solos, impotentes. Después juntos, envalentonados, compartiendo la envidia. Pensamientos de oscuridad. Isondú lo supo aquella noche, cuando cayó en una trampa cara cazar animales y sus envidiosos enemigos se abalanzaron sobre él y lo despedazaron todos juntos, a la vez y por sorpresa. Le hicieron muchas heridas. Tantas heridas por donde se vertía profusamente la sangre de Isondú hasta que murió. Pero él era un indio de este mundo y de otros mundos. De hecho fueron sus heridas las que cambiaron de color. Se aclararon, se volvieron blancas y brillantes. Y con la ayuda de Tupá, se fueron volviendo en lucecitas con alas que se desprendieron del cuerpo tomando vuelo. Se fueron agrupadas como pedacitos voladores del cielo. Se transformaron en las luciérnagas que antes no existían. Desde esa noche, entre los ríos Paraná y Uruguay, hay una zona donde es casi imposible que alguien se deje ganar por la oscuridad del camino con la ayuda de los isondúes.

*** Daniel Omar Granda ***

UN CAFÉ COMO EN PARÍS (215)

Al conocer ese bar pensé inevitablemente en Toulouse-Lautrec y en el espectáculo de la vida. A Lautrec le interesaba exclusivamente el hecho humano, el ambiente y el paisaje son sólo un complemento. “No existe más que la figura” -le decía a su amigo y biógrafo Joyant- “El paisaje no es nada y no debería ser sino un accesorio”. “El paisaje sólo debería usarse para hacer más inteligible el carácter de la figura”. Su elección temática era el mundo del circo, los espectáculos, los cafés, los cabarets y los prostíbulos, visto sin condenas moralistas pero también sin complacencias sensuales. Lo que a él le interesaba registrar era la vida, tal como era, no como pudiera ser o parecer. La actitud de un cuerpo femenino en reposo o danzante, el ademán de un brazo, la mueca de una boca, una mirada captada en el instante de su máxima expresividad gesticular.

El Café de la Plaza, de Concepción del Uruguay, siempre me produjo esa misma sensación. Un lugar ameno para la reunión con los amigos, un espacio incomparable para leer el diario con un delicioso olor a café con leche por las mañanas, acompañado por las inevitables medialunas y con ese rumor inconfundible de los grandes cafés del mundo,  que al caer la tarde, se pueblan con gentes de todo tipo que buscan refugiarse alrededor de sus mesas.

Ese viernes era también especial. Tocaba el grupo de “Chaca y un, dos, tres…probando” con todo su chévere. Por lo que sabía, harían dos entradas y ya se acercaba la hora de la primera. Cuando lo anunciaron, el café estaba atestado de gente expectante. El «Chaca» Apeceche en el teclado, Analía Chichizola, en voz y guitarra y Verónica Sommer en voz.

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Sombra, Thalía, Gal Costa, Vinicius de Moraes, Chico Buarque y otros monstruos de la música caliente y sensual latinoamericana, hicieron que el ritmo se vuelva febril desfilando por entre las sillas del café. El clima llegó al paroxismo cuando anunciaron que habían convocado para la reunión a la batucada de la Comparsa Aimará, con la presencia estelar de su pasista «Pachi», que arrancó más que aplausos. Estallaron gritos alucinados de más de un parroquiano del lugar. Cuando Pachi empezó a contornearse y a vibrar al ritmo de la música del Brasil, sentí que me faltaba el aliento. Como pudimos, nos pedimos otra vuelta de cafés con algo más, para soportar estoicamente las alucinaciones que nos producía la calentura de la imaginación. Los algo más de los cafés eran: Ron (en el Cubano), Cointreau (en el Suizo), Whisky (en el Irlandés) y  Cognac (en el Napoleón). Como era muy fuerte, la alucinación se entiende, acompañamos el café con un par de copas supletorias para soportar estoicamente la diminuta bikini que lucía la pasista.

         Con la cadencia de la batucada, Pachi arrancó balanceando sus caderas vestida por una diminuta bikini con flecos confeccionados de mostacillas y colores brillantes. Con la luz direccional de los reflectores sobre el pubis, las mostacillas parecían un calidoscopio lanzado a velocidad vertiginosa. A medida que los redobles se multiplicaban, el cuerpo de la pasista se contorneaba de pies a cabeza vibrando rítmicamente y, ofreciendo al acalorado público, un espectáculo con alto contenido erótico. Inevitablemente tenía que suceder. Con el apretujamiento y el abundante alcohol, desde la barra atestada de gente, se fue abriendo paso un borracho que a los empujones se dirigió directo al escenario exhibiendo impúdicamente un puñado de dinero en su mano derecha.

         – ¡Permiso, dijo un petiso! ¡Ya voy, mi amor…, a ver como bailás para mí solito!  ¡Dale, perra…, yo te pongo estos billetes en el concherito pero tenés que mover el culito para que te vea de cerca! – Y a medida que balbuceaba, con mano torpe, intentaba sujetar los billetes en el elástico de la bikini de Pachi.

– ¡Rajá de acá, borracho de mierda, si no querés que te estropee la trompa! – Dijo el morocho del bombo mayor, blandiendo amenazadoramente el mazo frente a la cara del atrevido parroquiano.

         – ¡A quién vas a estropear, croto! – Se encocoró el borracho, poniéndose en guardia, y allí se armó una trifulca mayor porque empezaron los forcejeos entre todos los que estaban cercanos al escenario.

         Mientras tanto, el resto del auditorio había hecho un profundo silencio tratando de no perderse detalle de la pelea. Todos estaban pendientes del morocho y del borracho y especulaban con las dotes pugilísticas de cada uno; cuando, desde el fondo del bar, se escuchó un reclamo alcoholizado pidiendo más acción:

         – ¡Sangre…, quiero ver sangre! ¡Sangre…, quiero ver sangre!…

         – ¡Si querés ver sangre, pinchate el culo! – Contestó muy suelto de cuerpo el borracho que había iniciado la trifulca y, con la carcajada general, se dio por terminado el conflicto.

*** Daniel Omar Granda ***

VOLVEREMOS (214)

Ilusiones desbordadas
en ocasiones contadas,
buenos momentos con amigos
en nuestras rutinas diarias.

Un café en el bar de siempre
donde es un amigo
quien nos atiende.
Unas cervezas en la barra
para terminar la semana.

Hoy nos vamos de vacaciones
a descubrir nuevos rincones.
Esos veranos en la playa
donde hacemos lo que nos la gana.

Vamos a comer a casa de mamá
a ver que nos va a preparar,
mientras charlamos con papá
sentados en el sofá.

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Una charla a nuestros hijos
que nos miran todos fijos,
para que no nos demos cuenta
que no escucharon ni una letra.

Cuando volverán aquellos tiempos
en que nos quejamos
de que siempre era la misma rutina.
Cuando volverán aquellos tiempos
que hoy sentimos tan lejos,
pensando en nuestras ventanas
mientras esperamos a ver que pasa.



Aquello si que era vida
y no como le llamábamos
a la dichosa rutina.
Aquellos eran buenos tiempos
que hoy se los lleva el viento.



Ana M. Quintana

EL PÍCNIC DE PRIMAVERA (213)

Lucía estaba nerviosa porque llegaban tarde. El viernes, habían arreglado en el club que Joaquín, su hermano, alquilaría el colectivo para el picnic de la primavera. Ella sabía que si se encargaba Joaquín, algo iba a salir mal. Sonaba el teléfono y dejó el rubor y el lápiz labial sobre la cómoda del dormitorio de los padres.

– ¡Hola Roberto!  -dijo Lucía-  ruborizándose, cuando le conoció la voz.

Sí, yo ya estoy casi lista, pero Joaquín no apareció y estoy preocupada. Seguro que algo pasó.

– No te preocupes Lucía, tu hermano siempre encuentra la solución, aunque tenga que escarbar cielo y tierra.

– ¡Si, vos defendelo! Los hombres son todos iguales. ¡Mirá, si Joaquín se sale con una de las suyas, me va a escuchar! ¡Te juro que esta vez, me va a escuchar!

– Bueno, no te pongas mal. Nosotros los esperamos en la puerta del club. Ya están casi todos, así que cuando aparezca Joaquín, se vienen para acá. ¡Chau! -dijo y se despidió de ella. Lucía, visiblemente nerviosa, colgó el auricular. Retornó a las pinturas y se retocó el rubor. Guardó todo en el bolsito de mano que siempre llevaba consigo y se sumergió en la cocina para verificar que la vianda que le habían preparado fuera suficiente. Estaba contando los sandwiches de milanesas, cuando escuchó la bocina.

Apresuradamente, dejó la contabilidad de las vituallas, rearmó la canasta tal como estaba y salió. Casi se cae de espaldas. Sonriente, haciéndole señas desde la escalerilla de la bañadera «El arca de Noé», estaba su hermano. La bañadera, era un viejo colectivo al que le habían cortado el techo, para que los pasajeros disfrutaran el paisaje en plenitud, totalmente al aire libre.

– ¡Y qué querés, es lo único que encontré! – dijo a modo de saludo.

Tentada a reírse y desfigurada por los nervios que tenía, subió al arca de Noé.

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– Dale, Chicho, arrancá  -indicó Joaquín al chofer, cuando hubo comprobado que su hermana estaba a salvo. Roja por la vergüenza y la ira, Lucía lo increpó:

– ¡Vos estás loco, tarambana. No era que ibas a alquilar un colectivo y te venís con…, esto!  ¡Con el colectivo más viejo que había en Buenos Aires!

– ¡Ufa, ché! A la final, uno quiere quedar bien con los amigos y te la pasas rezongando.

– ¡Yo sabía, yo sabía! – repetía como una letanía Lucía. Como ya no había remedio, sin hacer caso del murmullo de la hermana, pusieron proa hacia el club de barrio, donde esperaban los otros. Al llegar, Joaquín insistió:

– ¡Dale Chicho, hacé sonar la bocina!  Y un estruendoso mugido de vaca afónica, pareció salir del motor.

Los muchachos de la barra no lo podían creer. Ya casi habían desaparecido las bañaderas y era muy difícil llegar a conseguir una para hacer un paseo en grupo.

– ¡De dónde sacaste este aparato, perejil! – le gritó Hugo en forma de saludo.

– ¿Es nuevo, no?  – bromeó Evaristo acomodando sus cosas.

Las chicas no sabían que pensar. Se sentían ridículas yendo a un picnic con semejante vehículo. Chichita, que siempre filosofaba más allá de lo tolerable, sentenció:

– Es el destino y el destino no se puede evitar…

Roberto, encantado con la ocurrencia del que esperaba sea su cuñado, le dijo a Lucía:

– ¡Está bárbaro, para no acalorarnos, pero eso sí; no nos vamos a poder escabullir en los asientos! –afirmó guiñándole un ojo a su novia.

Ella se puso roja y luego viró hacia el violeta. Cuando estaba por estallar, revoleándole las vituallas por la cabeza del atrevido pretendiente, Joaquín, imitando a los viejos guardias del ferrocarril, vociferó:

– ¡Vamonnosss! Y finalmente, todos rieron por la ocurrencia.

Realmente el trayecto hasta los bosques de Palermo fue divertido. No había forma de que los sombreros y los pañuelos de cabeza se quedaran en su lugar. Se movía tanto la bañadera, que era tarea difícil pretender trasladarse de un asiento a otro, a riesgo de pegarse un buen golpe. Cuando ya nos estábamos acostumbrando al traqueteo; don Chicho, indicó:

– Bueno, muchachos. Llegamos…

Todos bajaron a los empujones y al mismo tiempo. Ya en el trayecto se empezaron a vislumbrar las parejitas, pero en el parque, cada uno buscaba su acompañante para sentarse cerca. Chichita, siempre eficiente, los organizó como era su costumbre y no había nadie que pudiera torcerle el brazo de mandona insoportable:

– Pongamos todas las canastas juntas, así cuando sea la hora de almorzar, compartimos  las cosas que trajimos.

– Yo todo lo que traje, es hambre. – señaló timidamente Nahuel.

Los chicos con la pelota y las chicas con las confidencias al aire libre, hicieron que la mañana pasara rapidísimo. A la hora del almuerzo, las bromas de siempre. El sandwich compartido iniciaba un ritual. Joaquín se atragantó con un huevo duro y hubo que golpearlo en la espalda para que reaccione.

– ¡San Blas, San Blas! – le decía Lucía mientras lo golpeaba en la espalda.

– ¡Ma’ que San Blas, ni ocho cuarto! –dijo el atorrante de Joaquín con un hilo de voz-  ¡Se me atragantaron lo huevo, se me atragantaron!

A la hora de la fruta, la charla se hizo profunda.

– ¿Qué es el amor? – preguntó Lucía.

– Para mí, es compromiso -aseguró Roberto.

– Yo creo que es amistad, compañerismo, entre otras cosas- dijo Hugo.

– Yo sin embargo, afirmo categóricamente que «el amor es una novela incompleta, con una página arrancada por la mano de la desesperación», aseguró Chichita demostrando sus lecturas  y todos se quedaron perplejos, sin respuestas.

– Lo lamento, mi estimado auditorio  -copó la banca Evaristo- pero el amor es como la vida: Es una milonga y hay que saberla bailar…, ¡Chan chan!, concluyó.

Y en medio de las carcajadas por la ocurrencia de Evaristo, se escuchó la voz de Cecilia, una rubia despampanante por la que todos se babeaban y a la que nadie tenía acceso, diciendo: – Tenés razón, loquito, vamos a festejar…

Y ya don Chicho, estaba haciendo sonar el grabador a cinta, desde donde Palito Ortega cantaba a voz en cuello: – Vuelve, vuelve primavera…

*** Daniel Omar Granda ***