LA ETERNA DUDA (237)

Néstor luchaba consigo para no caer en la desesperanza. Desde la adolescencia fue la víctima propiciatoria de sus propias ideas; pero esta vez, avanzaba peligrosamente hacia el abismo.

Cursaba el último año de filosofía en la universidad estatal y aún, no sabía qué hacer. Veía a otros estudiantes hallar sus destinos; mientras que él, era un diletante entre una corriente de pensamiento y otra, sin acertar un rumbo definitivo a tomar. Le resultaban extraños los laberintos de su mente. Cuando creía haber descubierto el hilo de Ariadna que inefablemente lo guiaría hacia la verdad, simple y contundente; una mínima duda, un concepto oculto hasta ese momento, una pequeña falla en el esquema del análisis o, la aparición catastrófica y fortuita de una nueva teoría en el horizonte, ponía en tela de juicio sus certezas, dando por tierra con la estructura de su pensamiento. Sobre todo, lo obsesionaba saber que la aparente complejidad de la realidad sensible, podía reducirse a un manojo de verdades obvias. Aún así, no por obvias, menos ciertas. “Ama y haz lo que quieras”, dijo alguna vez San Agustín y, en ese axioma, centró la visión de la ética cristiana. Así de simple y de complejo al mismo tiempo: ¿Qué se puede hacer en amor, que contradiga al propio amor?  Nada. Absolutamente nada. Tan solo amar.

Néstor aseguraba que estas verdades, deberían serle reveladas por la inspiración, en un destello de lucidez y plenitud. Mágica inspiración a la que convocaba, sin la necesaria transpiración del conocimiento, al decir de Rilke. En cada una de las inagotables charlas filosófico-literarias de café, intentaba encontrar el fin último del ser y de las cosas. Arriesgaba respuestas, para inmediatamente retroceder y quedarse rumiando la lógica aplastante de su circunstancial oponente.

Sócrates, Dilthey, Platón, Husserl, Bergson y Schelling legañosos, soportaban estoicamente los embates de Descartes y Kant. Dios, mientras tanto, sentado a la otra mesa, pretendía entender a Hegel y su razón absoluta. Heidegger, Ortega y Gasset, Unamuno, Parménides, Locke, Leibniz y Spencer aguardaban su oportunidad. Mientras tanto, Sartre, los tenía a mal traer con su ser y con su nada. En total, nada. Y, aunque inaudito, una nada tan pesada que se materializaba por la acumulación precipitada de conceptos contradictorios.

Como el Erdosaín de Arlt, Néstor se sentaba en el banco de una plaza esperando su respuesta. ¿Qué es la vida?, se preguntaba cien veces y se daba cien respuestas. Sabía que esto no era posible. Sólo una contaba…, ¿pero cuál? ¿Por dónde empezar?

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Tantos caminos que se entrecruzaban, significaban respuestas encontradas y perdidas al mismo tiempo. Cuando el cansancio lo abatía, seguía los sabios consejos del general, desensillar hasta que aclare; aunque a veces sentía que la tormenta venía de sudestada. Nada desechaba a priori. Todas las teorías eran pasibles de ser analizadas, tamizándolas a través de una lógica aplastante. Justo es decir que había teorías  que sufrían un proceso más minucioso que otras y algunas, lograban sostenerse por un mayor lapso de tiempo. Muchas soportaron una larga agonía antes de caer en el descrédito. El caso del cristianismo, por ejemplo. Tenía respuestas para casi todo; excepto, para aquello que sólo fuese develado por el acto de fe. Cuando Néstor llegaba a ese punto crítico del análisis, la frase mágica era esgrimida por el interlocutor de turno y sonaba como un chicotazo artero. Era cuestión de fe y no había más discusión: creer o reventar. Y Néstor reventaba.

Un día, por casualidad o por causalidad (como le gustaba pensar), acertó a ingresar en un bar cercano a la facultad donde, un grupo de ruidosos estudiantes, discutían acaloradamente acerca de las posibilidades de las filosofías orientales.

-¡Los occidentales, nos aproximamos a una encrucijada que los pensadores de la India alcanzaron 700 años antes de Cristo!, -afirmaba alguien, citando a Heinrich Zimmer-. ¡Por eso, frente a los conceptos e imágenes de la sabiduría oriental, nos sentimos intranquilos y molestos pero también atraídos! -concluyó.

Néstor se quedó azorado. Esas palabras, para él, fueron una trampa mortal y lo supo en ese instante. Había sido atrapado y entonces pensó:

-¿Por qué no? ¿Por qué busco la verdad en el occidente, cuando es en el oriente donde lo trascendente juega a las escondidas con los conceptos y con las palabras? ¿Por qué no perderme entre las visiones y los rituales de un mundo que respira sabiduría?  -reflexionó.

Pagó el café y viajó a la India. Claro que no fue tan sencillo; previamente tuvo que resolver algunas cuestiones materiales como vender su Citroën, la flauta traversa y alguna que otra chuchería que le permitiera afrontar los gastos del viaje.

Al descender del avión, en Nueva Delhi, el corazón se le estrujó. Debía convertirse en discípulo cumpliendo con una serie de disciplinas preliminares, hasta alcanzar la madurez suficiente para ser considerado el adhikârin de algún gurú que lo aceptara. Néstor llevaba dentro la angustia de la verdad apetecida que sólo el maestro podía satisfacer. Estaba dispuesto a someterse al gurú. A reverenciarlo como la personificación del divino saber. A compartir su casa el tiempo que fuera necesario, sirviendo en la misma y ayudándolo en su trabajo.

En esta nueva aventura que había emprendido, el conocimiento venía de la mano de una práctica constante; de una forma de vida que significaba: la reclusión monástica, el ascetismo, la meditación, la plegaria, los ejercicios de yoga  y muchas horas diarias dedicadas al culto. Sabía que si el guru lo aceptaba, él era la verdad encarnada y lo iba a imbuir de la divina esencia.

Se adentró en el Vedânta. Estudió con devoción el Vedântasâra, que era un pequeño tratado para principiantes; teniendo la certeza que para ser considerado un estudiante competente, máxime por su condición de occidental, debía conocer en profundidad los cuatro Vedas para poder ejercer los elementos necesarios del rito: la dieta, el ayuno y la meditación.

Al poco tiempo, Néstor estaba irreconocible. La cabeza rapada, una túnica de tela rústica, un cuenco al que debía limpiar varias veces al día por si los dioses lo necesitaban para beber. Eran sus únicas pertenencias terrenales. Las flores de rododendro, las aletas de tiburón o los retoños de bambú, eran sus comidas favoritas durante los días de fiesta. Pero a diario, había aprendido a conformarse con el tradicional tsampa, que era su alimento principal. También aprendió a prepararlo, tostando la cebada hasta que adquiría un color castaño y una consistencia crocante; después, partía los granos para convertirlos en harina. Inmediatamente se volvían a tostar y se colocaban en el cuenco, agregándole un té mantecado caliente, elaborando una masa. Se le agregaba sal, bórax, manteca de yac a gusto y se la comía, tratando de no pensar en las parrillas humeantes de un asado bien argentino. A pesar de las penurias y las dificultades, Néstor estaba contento. Se sentía coherente y ansioso de respuestas. Después de muchos años de sacrificio purificante, tuvo la oportunidad de indagar al gurú con su pregunta vital:

-¿Qué es la vida, maestro?

-La vida  -dijo el sabio-  está en la práctica del Jainismo. El universo es un organismo vivo, animado en todas sus partes por las Mônadas vitales que circulan por sus miembros y esferas. Este organismo es inmortal y nosotros, las mônadas vitales que constituimos la substancia misma del Gran Cuerpo imperecedero, también somos imperecederos. Ascendemos y descendemos pasando por diversos estados del ser, ora humano, ora divino, ora animal. Y los cuerpos parecen morir y nacer, pero la cadena es continua, las transformaciones infinitas y todo lo que hacemos es pasar de un estado al siguiente…, -sentenció el gurú.

-¡Pero, maestro!  -argumentó con humildad Néstor-  ¿Debería tener entonces la visión de un santo y vidente Jaina, para poder percibir como las indestructibles mônadas vitales circulan por el universo?

-Y…, sí. – le aseguró el gurú- ¡Es una cuestión de fe!

Néstor se deshizo en llanto. Tanto sacrificio, tanta búsqueda, para llegar por otro camino al mismo sitio. Desesperado, le contó al maestro su historia y éste, sinceramente conmovido, le aconsejó que marchara al lamasterio de Chakpuri, en las afueras de Lhasa y tratara de ver al Dalai Lama, el Más Recóndito…

En las casas de techos planos de los campesinos tibetanos, con pequeños parapetos para conservar y secar el estiércol de yac como combustible, se albergó Néstor durante su penoso viaje. No era una deshonra ser mendigo en el oriente. En ocasiones, como un monje budista que jamás pide limosna, se detenía frente al umbral de una puerta esperando con su escudilla en la mano y, cuando estaba llena, seguía su camino sin decir palabra.

En las misteriosas tierras altas de Chang-Tang alcanzó su destino. Fue admitido como peregrino en el lamasterio de Potala, en espera de ser recibido por el Dalai Lama. El piso de piedra de la catedral de Jo-Kang, con gastados surcos horadados por los peregrinos que recorrían reverentemente el Círculo Interno mientras rezaban sus mantras, le produjo una visión dolorosa. Evidentemente, su búsqueda de la verdad se sumaba a la de millones que, con el correr de los siglos, habrían recorrido caminos semejantes. El pesado olor a incienso flotaba como nubes en la montaña. Se concentró en la rueda de oraciones, repitiendo su mantra:

-¡Om! ¡Mani padme hum!

En algún momento del peregrinaje, un lama se acercó y le hizo una reverencia. El momento había llegado. Sobre una escalinata ricamente alfombrada, un anciano de luenga cabellera y barba blanca como la nieve del Himalaya, lo aguardaba. Néstor no pudo menos que sobrecogerse ante la dulzura de los profundos ojos azules del Más Recóndito. Este lo miró y le dijo:

-¡Hijo mío! ¿Qué te ha traído hasta mí?

Néstor, postrado a sus pies, carraspeó suavemente para aclarar la voz y con un profundo respeto, preguntó:

-¡Maestro! Necesito saber…, ¿Qué es la vida?

El Dalai Lama sonrió. Creyó entender los pesares profundos que contenía la simple pregunta de ese peregrino. Alzó su mirada al infinito y dijo:

-¡Hijo mío! ¡La vida, es procurar la felicidad del otro, de tu prójimo!

Néstor, maravillado por la sencillez de la respuesta del Dalai Lama y conmovido hasta las lágrimas, necesitó comprobar una vez más lo que sus oídos se negaban a escuchar.

-¿Eso es la vida, Maestro?  -preguntó.

El Dalai Lama posó su profunda mirada azul sobre el peregrino y, humildemente preguntó:

-¿Ah, no?…

*Este relato fue publicado por EDUNER (Universidad de Entre Ríos), Argentina, en 1999 en una Antología llamada “Patria de Luz – Tomo 3” dentro de la Selección de Autores Entrerrianos.  

*** Daniel Omar Granda ***

LOS CRÊPES DEL ARCO IRIS (236)

En un mes de enero de hace unos años, tuve la oportunidad de visitar el barco de Green Peace: el Rainbow Warrior II (guerrero del arco iris), amarrado en el puerto de Buenos Aires, para efectuar una serie de reparaciones. Este es el barco insignia de la Organización No Gubernamental (ONG), de carácter mundial dedicada a la defensa de la ecología y del medio ambiente.

El guerrero anterior, fue hundido por buzos tácticos de la marina francesa en un atentado en oportunidad de efectuarse las pruebas nucleares en el Atolón de Mururoa, en el Océano Pacífico. Como todo guerrero de la esperanza, otras manos, otros pechos, otras ganas reemplazaron al caído que descansa sus sueños de utopías en las profundidades del océano.

Las pruebas nucleares continuaron, pero los sueños de los hombres también. Francia tuvo que indemnizar a Green Peace y un nuevo barco insignia surca incansable, los mares y océanos, proclamando la posibilidad de un mundo mejor. Según los entusiastas militantes de Green Peace, este Rainbow Warrior es un barco absolutamente ecológico: Navega a vela y a motor pero, utilizando un combustible apto para el medio ambiente y que no contamina.

Su tripulación rota cada cuatro meses y está compuesta por un ramillete de muchachos y de chicas del mundo entero, que buscan la armonía del planeta. Como todo barco que se precie de tal; cuenta con un Capitán, un Primer y Segundo Oficial, además de los esforzados voluntarios que embarcan en todos los puertos del mundo, participando en acciones preventivas para defender al medio ambiente.

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Los chicos y chicas en el Rainbow, hacen de todo. Desde cocinar; lavar las cubiertas; atender las sentinas o subirse a un Gomón con motor, para ponerse debajo de otro barco que pretenda tirar al mar containers con desechos nucleares, arriesgando sus propias vidas. O también, en otras oportunidades, con esos Gomones con motor, logran interferir en la operación de los barcos balleneros para intentar obstruir, por lo menos, en la matanza indiscriminada de dichos cetáceos en todos los mares del planeta.

En nuestro país, entre otras acciones, Green Peace se opuso enérgicamente a la posibilidad de que la localidad de Gastre, en la provincia del Chubut, se convirtiera en un enorme reservorio de desechos nucleares; así también como a la posibilidad de que se empleen incineradores de residuos tóxicos, que emanen al aire libre contaminando la atmósfera, como el que funciona en la ciudad de Zárate, Provincia de Buenos Aires.

Pero estas chicas y muchachos ambientalistas, no sólo accionan protegiendo la naturaleza, también saben disfrutar de la buena mesa y sobre todo con los amigos. En oportunidad de mi visita como cronista del diario La Voz de la Histórica, de Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos; no podía dejar de husmear por la cocina del Guerrero del Arco Iris, donde  una de sus asistentes de campaña del ozono y voluntaria desde 1992, Marina Orman, nos preparó unos crêpes rellenos que merecen estar en el libro Guinnes de la gastronomía mundial.

*** Daniel Omar Granda ***

LOS CAMINOS DEL OTOÑO (235)

El otoño en la vida, es mansedumbre, alguna que otra sabiduría adquirida por allí y sostenida por esta fuerza aún intacta, de una juventud todavía plena y pletórica de encantos. No voy a negar que algunos piensan que sólo es la antesala del invierno y que otros, creen que es sólo un día fresco del verano que se resisten dejar. Lo cierto, como dice Serrat, «la vida es lo que es, lo que no tiene: es remedio».

Siempre amé la poesía y a su vez, amé a los profetas de la metáfora que con ella lograron asombrarme. Quizás resulte que el asombro, sea también una cualidad del alma. Por qué no. Lo cierto es que la vida pasa sin detenerse ni un sólo instante. La vida, siempre fue una señora de compromiso abyecto, que no acepta el ciego traqueteo de andar y detenernos. Ella sólo genera. No vive del ensueño.

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Nosotros sí. Soñamos y nos ensoñamos. Buscamos y perseguimos, como posesos a veces, cosas que con el tiempo se diluyen o simplemente, que se extravían en sus contornos. Intentamos una y mil veces: alcanzar el prestigio, el poder, el dinero, la grandilocuente «realización personal» y no nos damos cuenta de que la vida es más simple. La vida es sólo vida, la de todos los días, la de las pequeñas cosas.

Esa es la vida, la verdadera: la que se nos escapa por entre los dedos sin poder retenerla. La simple vida. La vida simple. Cuántas veces nos detenemos a pensar por un instante, en las pequeñas cosas que nos rodean. Esas pequeñas cosas que nos dan felicidad. 

Alguna vez, Borges, confesó amargamente que había cometido el peor de los pecados: no haber sido feliz.  Alguna vez; quizás nosotros mismos, nos confesemos en la intimidad cometer el mismo error: dejar que la vida pase «sin pena, ni gloria».

Por eso es una buena estación «el otoño». Uno tiene la mochila cargada con alguna sabiduría. Tiene también la fuerza suficiente para poder transportarla. Todavía camina con ojos de asombro por la vida. Por eso, a pesar de todo. A pesar de la sentencia de Discépolo que nos acompaña y señala: la Biblia y el calefón.  A pesar de otras certezas,  dolorosas y crueles. Digo: a pesar de todo y a pesar de uno mismo «hay que andar por los caminos del otoño».  A pesar de la vida misma, somos este animal de luz que tan bellamente pintó con palabras el gran Vate de la poesía latinoamericana: Pablo Neruda

Animal de luz (Pablo Neruda)

Soy en este sin fin sin soledad
un animal de luz acorralado
por sus errores y por su follaje:
ancha es la selva: aquí mis semejantes
pululan, retroceden o trafican,
mientras yo me retiro acompañado
por la escolta que el tiempo determina:
olas del mar, estrellas de la noche.


Es poco, es ancho, es escaso y es todo.
De tanto ver mis ojos otros ojos
y mi boca de tanto ser besada,
de haber tragado el humo
de aquellos trenes desaparecidos:
las viejas estaciones despiadadas
y el polvo de incesantes librerías,
el hombre, yo, el mortal, se fatigó
de ojos, de besos, de humo, de caminos,
de libros más espesos que la tierra.


Y hoy en el fondo del bosque perdido
oye el rumor del enemigo y huye
no de los otros sino de sí mismo,
de la conversación interminable,
del coro que cantaba con nosotros
y del significado de la vida.

Porque una vez, porque una vez,
porque una sílaba o el transcurso de un silencio
o el sonido insepulto de la ola
me dejan frente a la verdad,
y no hay nada más que descifrar,
ni nada más que hablar: eso era todo:
se cerraron las puertas de la selva,
circula el sol abriendo los follajes,
sube la luna como fruta blanca
y el hombre se acomoda a su destino.

*** Daniel Omar Granda ***

ERRANTE (234)

Miles de almas caminan al son, sin mirarse a los ojos, sin verdad ni perdón.
Lo hacen guiados por una canción que entonan sin voz ni dolor.
Pero un alma se gira entre todas, y de su pecho no sale esa canción,
y sin poder explicar cúando ni cómo, brota de sus labios una exclamación: !no!

Nadie se para, nadie le escucha. Nadie le sigue, nadie le ve.
Mas se da la vuelta y camina al revés mirando las almas que se cruzan con él.
En este infierno no hay rabia o dolor, no hay rabia ni fuego, ni frío ni calor.
Solamente se oye una canción que las almas entonan sin voz ni dolor.

Y, el alma que de ellas se alejaba,
no sabía lo que se iba a encontrar.
Mientras los corderos se iban
él llegaba a la libertad…

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Pero en este cielo que llamó libertad solo encontró angustia y dolor.
Al ver a otras almas avanzar hacia el mal y no poder hacer nada para acabar.
Entre cielo e infierno y tanto dolor se encontró con otro mundo donde acabar.
Donde buenos y malos habitan sin temor y errante esta alma allí se quedó.

Y, el alma que de ellas se alejaba,
no sabía lo que se iba a encontrar.
Mientras los corderos se iban
él llegaba a la libertad…

Lo más fácil es seguir la corriente.
Lo más difícil es ir contra ella.
Todas las acciones tienen consecuencia.
Para ti, ésta, será buena…

***Rodrigo Lorenzo Cueva***

*Para mi amigo, Miguel Granda Cué. Que ni la misma corriente te indique el camino a seguir. (Agosto de 1998)

EL AMOR DE MI VIDA (233)

Te dije que te haría el amor,
pero el de mi vida.
Con caricias que lleguen al alma
con besos que te halagan.

Con palabras que te distraigan
mientras que nuestra charla
poco a poco nos lleve al alba.

Con cada una de las palabras

que te digo al oído
aunque se oyen a gritos.
Con cada balada
que bailan nuestras miradas.

Te dije que te haría el amor
y tú pensaste en sexo,
mientras yo te hacía
el amor de mi vida.

Ana M. Quintana

LA COSTERA, CON ALMA DE BANDONEÓN Y DE CHAMARRA (232)

Como trabajaba de cronista para el diario “La voz de la Histórica,” esa noche me tocó hacerle una nota a “La Costera”; y allí estaba contento como ternero en la teta. La queja del bandoneón se apoderó de la noche. Sin quererlo, cerré los ojos y el barrio del Abasto de Buenos Aires (donde nací), me apareció de repente. La barra de la esquina, los muchachos del café “La Esmeralda”, donde el gordo Aníbal Troilo caía con las primeras luces del día, a tomarse el último trago. El loquito infaltable de cualquier barrio de Buenos Aires, que se creía Gardel y que se vestía igualito imitándolo y cuando entraba en el café decía para todos los parroquianos: «Salú a la barra, que baten los chochamus…».

Cuántas noches de insomnio creativo. Allí aprendí la cruel filosofía de Enrique Santos Discépolo (Discepolín) de la “Biblia y el calefón”, de la ternura cruel y del amor ausente; aprendí de la amistad sin grupo y también, de las pilas secas de todos los timbres que vos apretás. Allí empecé a amar al tango. A sentirlo para que la gran ciudad no te aplaste. Recuerdo las palabras del poeta mendocino, Armando Tejada Gómez, que decía en su «Muchacho en setiembre»: …” Andar de rigurosa adolescencia, como buscando qué, que no he perdido…” […] A veces, me siento ese muchacho. Otras, siento el peso de los siglos de una vida intensamente vivida. Y algunas otras, como hoy, me dejo llevar por la quejumbre de un fuelle que suena como los dioses, en una parrilla-restaurante de Concepción del Uruguay llamada “La Costera” y que lamentablemente ya se la comió el olvido y desapareció junto a la nostalgia de aquellos tiempos.

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Cuando entré, estaba tocando la típica “Yumba Cuatro”, una orquesta de aquellas que ya no se ven y que según supe, era tradicional en la zona. El bandoneón de Rubén Crosignani arrancó con los primeros compases de “Tinta Roja” y  sobre el pucho; el «Chileno» (que no es chileno), Carlos Assín lo secundó con la guitarra eléctrica y para no quedarse atrás, Rodolfo Guidoni con el contrabajo; le sirvió de contrapunto preparando el terreno para que entrara el cantor del grupo: Reno Crosignani quién me dedicó (como porteño) amablemente ese tema. Y después: “El motivo”; “La abandoné y no sabía”; “Más sólo que nunca”; “De igual a igual”; y como broche de oro: “Cuesta abajo”.

Al terminar con la primer entrada, nos sentamos todos juntos en una mesa amablemente tendida por su dueño, Don Ricardo Dupin, quién nos prometió un asado de rompe y raja, y no falló. Para empezar a despuntar el vicio, como los muchachos tenían que seguir actuando, solo tomamos “algunas” botellas de un buen borgoña cojonudo. Como formamos una mesa grande, casi tanto como las ganas que le pone Ricardo a la defensa y la difusión de la música nuestra, hubo algunos comensales que no se prendieron en el asado. Pedro “Chamamé Larroque” prefirió una suprema de pollo a la napolitana y su compañero, Coco Serrano, se entusiasmó con un pesceto al vino, con una salsita de cebollas y vino, que era un espectáculo aparte. Al resto nos castigaron con un asado flor y truco, que Ricardo fue trayendo de a poco, desde el asador, para que no se nos enfriara. Qué decir y cómo describir una de las comidas más populares de la Argentina: Un asado de primera y la hermosa compañía de la gente que ama el canto y las cosas nuestras.

A los postres, flanes caseros y copas heladas, Ricardo nos leyó una carta que le había enviado, la semana anterior, el Gobernador de la Provincia de Entre Ríos, con motivo de cumplirse el 14 aniversario de la parrilla. Entre otros conceptos decía: …” Que la Costera, es una bandera en alto de la música nacional, encuentro de amigos y sobre todo, festejo del amor entre los seres humanos…” Aplausos cerrados y de inmediato, alguien pegó el grito, pidiendo a los musiqueros y se armó el bailongo.  El conjunto de Pedro “Chamamé Larroque”, con su acordeón de tres hileras, secundado por la guitarra del “Chileno” y el bajo de Coco Serrano, arrancó sin más trámite con el típico chamamé correntino: “Kilometro 11”, de don Tránsito Cocomarola. Y las parejas, deseosas de hacer galas de sus amplios conocimientos en estas lides, no se hicieron esperar y se adueñaron de la pista de baile. Después de haber aceptado el convite y bailar un par de chamarras dulzonas, y algún que otro paso doble también; enfile para la puerta de salida, despidiéndome de todos como aquel loquito de mi viejo barrio: «Salú a la barra y hasta la vuelta»… Entonces llegó el momento de trabajar y escribir estas notas que debía llevar a la redacción, para el diario de la edición de mañana.

*** Daniel Omar Granda ***

FRÁGIL [VERSIÓN ORIGINAL] (231)

Miénteme.
Me arropaste con el frío
de la soledad,
demostrando con torpeza
tu fragilidad.

¿Y, si a la vuelta de la esquina,
tus pies se paran
encontrando su final?

Supiste que,
si desviando tu mirada
hasta entretenernos,
éramos verdaderos pioneros
de todo cuánto supimos.

¿Y, si a la vuelta de la esquina,
tus pies se paran
encontrando su final?

Ya no volverás a demostrar
que aún te queda mucho por hacer.
Sutil, incauta y con dulzura.
Sabrás que en sueños fuiste mía.

Fuente de la imagen


No queda nada por lo que luchar.
Atormentado sin saber qué hacer.
Distante, inerte y aire a locura.
Sabrás que en sueños fuiste mía.

Frágil,
si ahora te sientes frágil.
Y grita,
si ahora te sientes frágil.

Frágil,
si ahora te sientes frágil.
Y grita,
si ahora te sientes frágil.
Cuando toques de nuevo fondo
vuelves conmigo a saltar…

¿Y, si a la vuelta de la esquina,
tus pies se paran
encontrando su final?

*ICARO©

HAGAMOS (230)

Hagamos que las estrellas
quieran salir por el día
y que no se escondan por la noche.

Hagamos una hoguera
en el medio del hielo
y que se derrita ante nosotros
hasta el último glaciar.

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Déjame por un momento
solo el aire de tu cuerpo,
que con el sabor de tus labios
llenemos nuestros cuerpos.

Hagamos cientos de locuras,
juguemos piel con piel
hasta que llegue un nuevo amanecer.
Que el sol nos interrumpa
cuando estemos llenos de placer.

Ana M. Quintana

NUEVE LUNAS (229)

Su familia no aceptaba nuestras relaciones. Absurdas diferencias  étnicas y religiosas se anteponían a nuestro afecto. Sara pidió la comunicación, para dejar conforme a sus  padres. Gabriel, el conserje del hotel, aseguró que en instantes conectaba con el número solicitado.

Abrí la ducha y me metí dentro. Hacía años que conocía a Sara y siglos que la amaba. Disgustado por esta situación absurda, empecé a enjabonarme. La suite era realmente confortable, con todas las comodidades y el status que exige la vida moderna. Me dejaba satisfecho. Su ingreso en la ducha también. Era un juego y es tan hermoso disfrutar de un juego compartido. Recorrer lentamente su geografía me transportaba hacia mundos aún inhabitados. Beber en su piel como en un claro arroyo. Agotar las formas y las reformas. Andar nuevos caminos enancado en la esperanza. Desandar los sueños de la mano de sus ojos.

Desde el frigo-bar le ofrecí una copa que aceptó en silencio. La observé atentamente. Cómo un águila al acecho, comencé a volarla en círculos, reconociendo el terreno. Sus ojos, sus hombros, sus caderas, sus pies diminutos, su otro costado y otra vez  su mirada. Me pongo en camino y me poso en los hombros. De un salto feroz me convierto en  lobo estepario y me agazapo. Midiendo mis pasos desciendo la sabana de su espalda. Me aventuro en las caderas y su costado, escondiéndome de un salto en  la hondonada de sus senos.

Desde allí observo sus movimientos. Dispuesto a destruirte de un zarpazo y devorarte y relamerme, luego me abalanzo. Convertido ya en viento, te penetro. Recorro una por una, tus cavernas y misterios. Navego en dulce río que de pronto se convierte en lava ardiente y nos funde en el infierno. El Caronte atrevido me rescata a tiempo. Y desciendo por tus piernas níveas hacia otros cielos. Te observo y  en silencio…, otra vez te sobrevuelo como un águila al acecho.

El Diario de Noah Fuente de la imagen

Me serví una cerveza, mientras Sara se daba una ducha. Aproveché para llamar al conserje y pedirle que nos reservara una mesa íntima en el restaurante del hotel. Como cualquier sábado, era noche de gala.  El dueño del hotel, atendía a los comensales como un maître efectivo y con oficio. Jesús -el mozo- nos trajo de entrada un exquisito jamón glasé con ananás y cerezas al maraschino. Unas estupendas fetas de jamón serrano de medio centímetro de grosor, glaseadas con azúcar y saltadas en manteca. Descubría con Sara un nuevo Malbec de una desconocida bodega mendocina. Percibíamos su aroma suavemente frutado, su estructura aterciopelada y la persistencia del sabor en nuestras bocas, casi como nuestro amor. Jesús arremetió de nuevo con un Lomo Strogonoff y un Carré de cerdo a la Mostaza. El lomo servido con un timbal de arroz y una salsa a la páprika con crema de leche y abundantes champiñones. El carré, saltado en una salsa de crema de leche, mostaza, puntas de espárragos y servidos con papas noisettes milanesadas, que según me aclaró Carlos, el cheff del hotel, se llama Risoll.

A pesar de ubicarnos en una mesa discreta, sobre uno de los costados del salón, fue virtualmente imposible resistirse a la invitación del anfitrión. Una copa de champagne para concluir la agradable velada.Sara y yo, nos hundimos otra vez en los sueños y en nuestras esperanzas. Ya tarde, nos retiramos a la habitación, donde intentamos descansar de los otros.

Durante el desayuno, realmente me sorprendió. No lo esperaba. Sobre una servilleta,  dibujó una cuna que me paralizó el corazón. Estaba embarazada. Y entonces recordé aquellos hermosos versos del poeta santafesino José Pedroni:

“Mujer, en un silencio que me sabrá a ternuras // durante nueve lunas crecerá tu cintura; // y en el mes de la siega tendrás color de espiga, // vestirás simplemente y andarás con fatiga. […] // Un día, un dulce día con manso sufrimiento, // te romperás cargada como una rama al viento, // y será el regocijo de besarte las manos, // y de hallar en el hijo // tu misma frente simple, tu boca, tu mirada, // Y un poco de mis ojos, un poco, casi nada…

Mi felicidad fue indescriptible. Ahora siendo tres, como la santísima trinidad, no existirán las fronteras que pudieran detenernos y mucho menos intentar tan siquiera separarnos.

*** Daniel Omar Granda ***

SUFRIR SIN SENTIDO (228)

Fuego intenso que quema,
brisa del mar entre la gente.
Luna que se apaga en la noche
viendo tu cuerpo resplandecer.

Querer vivir sin agua
cuando tienes sed.
Querer vivir sin alma
porque te la han robado.

Sufrir sin sentido por un amor
que no está, que se ha escapado.
Que entre las sombras del anochecer
te dejó sin un solo suspiro.

Quemarte en un fuego
que se ha apagado,
quedarse en una esquina
sin un mínimo consuelo.

Apagarse poco a poco
sin un consuelo a tu lado,
Derrumbarse como pared
de casa abandonada.

Sentimientos que duelen
sin ser calmados con nada.
Lágrimas de una mirada apagada
pidiendo que se la llevaran.

Ana M. Quintana