SOLILOQUIO IV (296)

Era un pueblo muy pequeño. Apenas 100 habitantes. No había persona que no se conociese, que supiese su apodo, su vida cotidiana, sus hazañas, sus aventuras. Todos, absolutamente todos, se conocían tan perfectamente que eran como una gran familia.

Este año 2020, fue crítico en el pueblo, por culpa del coronavirus. Roberto, un vecino que se acercó a la ciudad, poco antes del confinamiento, contrajo el virus. Sin saber que estaba contagiado, Don Aurelio, su abuelo y su único familiar vivo, cercano a los 100 años, pagó caro el contagio por parte de su nieto.

Don Aurelio, vivía con su pareja, Doña Leonor, en una residencia en pleno centro de la ciudad, pero muy cercana al pueblo. Ingresó por su propio pie y, según las reglas de la residencia, éstos tenían total permiso para salir a diario de la misma. Visitaban mucho el casco antiguo de la ciudad y, solamente visitaban la residencia, para el desayuno, comida, merienda, cena y, cómo no, para dormir. Aunque, si avisaban con tiempo, podían saltarse alguna de estas comidas. Procuraban estar, fuera de la residencia lo máximo posible, ahora que aún se valían por ellos mismos, por recomendación expresa de su nieto.

Roberto, trabajaba en una empresa de representación de calzado, lo que le hacía viajar mucho a diario y, a veces, incluso, estar fuera de la provincia toda la semana. Piensa y cree que, en unos de esos largos viajes fuera de la provincia, fue donde contrajo el virus. Al ser soltero no tenía problema ninguno en ese tema de estar fuera del hogar toda la semana.

Fuente de la imagen

Don Aurelio, ingresó en el Hospital de miércoles y, de viernes, estaba completamente recuperado. Al parecer, al levantarse al baño, le dio un ictus, y eso fue lo que le hizo encamar de nuevo. De sábado avisaron que no pasaría de esa noche, pero la pasó. El Domingo fue crítico. Su nieto Roberto, llamó al Hospital poro antes de su fallecimiento. Al parecer, pasó una noche muy mala y estado era demasiado grave. Le empezó a fallar el corazón y el virus le atacó con fuerza con una férrea neumonía. Maquinaria de casi 100 años era insuficiente para acabar y destronar al virus.

Doña Leonor, su pareja, ya no estaba para estar sola en la habitación. Él era quien cuidaba siempre de ella. La trasladaron a otra habitación con otra señora que, unas semanas después, acabó cogiendo el virus. Doña Leonor, volvió a verse sola y su cabeza no aguantó más la presión. Una vez más la volvieron a encerrar en otra habitacón con otra señora y también contrajo el virus. Por más pruebas que le hacían a Doña Leonor, ésta, no daba positivo en los test.

La ultima vez que Roberto pasó por la residencia para recoger todas las cosas de su abuelo, cuando el tiempo pasó lo suficiente para estar más tranquilo, preguntó por ella, ya que no le dejaban verla. Doña Leonor, no supo nunca que Don Aurelio había fallecido. A ella se le había ido la cabeza y le dio por pensar que su pareja se había con otra y la había abandonado en la residencia. Roberto se interesó por su estado de salud y la enfermera le dijo que estaba estupéndamente, pero que venía de cambiarle el pañal. Se le había ido la cabeza por completo. Ni por asomo ya era la misma. Una verdadera lástima.

Doña Leonor, con 98 años y casi un siglo por delante, falleció no hace muchos meses. Supongo que vuelven a verse allá donde estén y pasear por las céntricas calles de la ciudad, cogidos de la mano. Él, siempre tan galante y, ella, siempre tan joyeada y luciendo sus mejores vestidos.

Quizá Don Aurelio no era su verdadero nombre, tampoco el de Doña Leonor, ni el Roberto. Las historias nunca son como las cuentan, tampoco como las pintan. A veces, es complicado olvidarse de los seres queridos. Tratas de recordar historias con otros nombres, pero viene a ser todo lo mismo. La muerte no se va de nuestras cabezas hasta que no conseguimos olvidar al que se va.

Y eso es nunca…

*ICARO©

ESAS CADENAS (295)

No tiñas la vida hermosa
Con la hiel y la amargura
Cual sendero con las rosas
Y las espinas tan duras.

No resguardes en tu alma
El dolor y la tristeza
Que el llanto te desalma
Y la vida no adereza.

Fuente de la imagen

Que su recuerdo se te aleje
Y las llagas se te sanen.
Por él, no te acomplejes
Y las lágrimas no te ganen.

Recuerda que en la pena
Debe la vida sonreír.
Suelta, hoy, esas cadenas
En la vida hay que reír.

**Poeta Maya – Felipe Tambriz**

EN LA LONA (294)

Antes fui un luchador

de los que hicieron la historia,
buena o mala,
pero dolorosamente cierta:
La verdadera historia.

Mucho antes, 
fui un espermatozoide
que navegó por los sueños
de un pepino donjuanezco
y galán radioteatrero
que hoy no entiende la magia
tecnotrónica
de finales de siglo.

Y mucho antes, aun,
un sueño libertario
de mendrugos satisfechos
asturianos y mafiosos
que se encuentran, por milagro,
a la vuelta de este río
sin la plata suficiente
para ser un buen espejo.

Fuente de la imagen

Todo eso, fui antes,
y antes de antes,
hay vestigios,
documentos
y alguna que otra
declaración de principios.

El punto es,

qué diablos soy ahora:
mendrugo libertario
espermatozoide alienado
o un luchador en la lona.

*** Daniel Omar Granda ***

¡AY, SEÑORA! (293)

El idiota de Arjona no tenía derecho a escribir una canción inspirado
en la mujer de las “cuatro décadas” sin conocerte a ti primero.

Elegancia, presencia, estilo, provocas sexo, provocas amor.

Fuente de la imagen

El tiempo se detiene cuando caminas y el pulso se acelera,
eres demasiado para este corazón mundano.

Envidio al hombre que disfruta de tu piel, tu historia, tu experiencia,
si en fotos eres un espectáculo, desnuda seguro que eres
lo más parecido a una diosa.

**SoyGranda85**

LA BITÁCORA DEL NAUFRAGIO – OLIMPO (292) [PARTE 03/12]

La República Argentina, desde 1930 hasta 1983, fue azotada por golpes militares violentos, que derrocaban las democracias republicanas surgidas de elecciones libres. Esa es la triste historia de mi país, lamentablemente. Tampoco vale afirmar que han sido “solamente” las fuerzas militares quienes cometían esos atropellos; en general, eran apoyadas por diversos sectores de la sociedad: Partidos políticos, Iglesia, Sindicalistas y hasta el propio Partido Comunista. Pero sin lugar a dudas, durante el golpe sangriento del período: 1976/1983, llegamos a conocer el peor rostro de nuestra sociedad. Miles de Centros de Detención y Torturas Clandestinas, se instalaron en todo el territorio nacional. La tortura como método y la “desaparición forzada de personas” fueron aplicadas sin piedad con un saldo de 30.000 desaparecidos; cientos de niños secuestrados o nacidos en cautiverio, que al día de hoy se los sigue buscando; miles de muertos y un incalculable número de prisioneros que, si tenían suerte, eran blanqueados en las cárceles. Pero aquellos que consideraban demasiado íntegros y que no iban a delatar aportando algún dato; terminaban en una fosa común o tirados vivos desde los aviones en medio del Río de la Plata. Estos y muchos más son los atroces hechos ocurridos hasta el advenimiento de la democracia con el Dr. Raúl Alfonsín en 1983.

La historia la conocen y “La bitácora del Naufragio” pretende homenajear a aquellos que perdieron sus vidas durante dicho período. Los personajes son arquetipos de los diversos argentinos que murieron luchando en esta gesta y de su propia épica. Aunque argentino, mis abuelos paternos son asturianos y agradezco la posibilidad de dar a conocer estos cuentos en #memoriasdeundestierro. La idea es publicar un cuento de la “Bitácora” quincenalmente, hasta completar la totalidad de ellos con el cuento de “La noche”, que describe acabadamente la mentalidad propia del torturador.

Daniel Granda 26/12/2020

***************************************************************************************************************************************************************************************

OLIMPO (292)

La Federación de box estaba repleta. Si se lograba dar ese arreglo hacia la unidad de la juventud peronista, se consolidaba un frente político fenomenal. Alberto Brito Lima y los compañeros de la Guardia de Hierro me habían advertido que no me arrimara tanto para la zurda, que el general tenía sus reservas, pero a mí no me importaba. Había que lograr la unidad del movimiento y eso sólo era posible luchando todos juntos contra los milicos que decían que al Viejo no le daba el cuero para volver, lo demás vendría por añadidura, éramos peronistas. Esa noche, entre los oradores, hacía su debut el candidato a gobernador por la provincia de La Rioja, un petizo patilludo que imitaba a Facundo Quiroga y que para la izquierda era de derecha y para la derecha del peronismo, estaba entongado con los sectores de la zurda. Los bombos sonaban cada vez más fuerte acompañando la palabra subida de tono o dicha con doble sentido. Luche y vuelve era la consigna. Una genialidad de la inventiva popular. Nada más claro, nada más simple. Si esta síntesis no lograba que los sectores de la izquierda y de la derecha trabajaran por un objetivo que les era común, nada lograría la unidad del movimiento. Al gritar como desaforados la estrofa final del Himno Nacional: “O juremos con gloria morir”, sentimos que todo comenzaba.

Mi casa era un despelote como el movimiento peronista. Mi vieja entendía, más o menos, eso de que había que jugarse de una vez por todas y tomar al toro por las astas pero en lo de Margarita, mi mujer, las cosas eran distintas. Las opiniones políticas eran de la más rancia ortodoxia peronista y estaban peleados a muerte con cualquiera que cuestionara el liderazgo del general. Ya me empezaron a mirar raro cuando me descolgué con el comentario de que Augusto Timoteo Vandor había querido jugarse la personal y cuando insinué que el movimiento necesitaba democratizarse, para que las bases se pudieran expresar, me hicieron la cruz. Creo que ese mismo día mi suegra se juramentó mandarme en cana. En ese entonces no podía.

Nuestra pareja fue sufriendo las transformaciones del movimiento, de derecha a izquierda. Al principio militábamos en la unidad básica del barrio, en parte por tradición familiar y en gran parte porque necesitábamos sentir que hacíamos algo para cambiar las cosas que pasaban. Con el tiempo nos fuimos comprometiendo más seriamente en lo que hacíamos y Margarita distanciándose del riñón de su familia, que por supuesto, no podían admitir que eran sus propias opciones y me culpaban irremediablemente por todo su proceso. Nuestro matrimonio fue intenso y urgente como los tiempos que corrían y más de una vez, me pregunté cómo fue que la perdí. Cuando tuvimos al pibe andábamos de maravillas, hasta recuerdo lo contenta que se puso cuando acepté que se llamara Gustavo como su viejo. Después, cuando quedó embarazada de la nena, ya veníamos mal. En todo sentido veníamos mal. A mí me costaba entender algunas cosas que pasaban, en cambio ella era como la madre, tozuda, pero pateando para el otro arco. Una vez que se le metía algo en la cabeza era muy difícil que cambiara de opinión.

No sé si nuestras primeras peleas fueron personales o políticas. A veces, por ser políticas, las convertíamos en agrias discusiones personales y otras, por el contrario, por no aceptar que eran personales, las llevábamos al plano de las diferencias políticas. Lo que sé es que cuando nació Martita, la cosa ya no daba para más y nos separamos. Nosotros nos fuimos arreglando pero a los chicos les hicimos mucho daño. Después de un tiempo, Margarita se juntó con otro compañero y los pibes mejoraron. Un buen tipo. En ese entonces fue difícil para mí unir todos los pedazos, mi matrimonio roto, los niños, mis dudas sobre lo que hacíamos, los compañeros de la infancia en la vereda de enfrente. Junto con el matrimonio se me fueron al tacho de la basura las viejas ilusiones de un movimiento sin agachadas. No aguanté más y me fui del país.

“La casa estaba rodeada y la zona liberada. No había salidas posibles ni posibilidad de resistencia. Margarita sólo atinó a proteger a los niños metiéndolos debajo de una vieja mesa de madera, echados de boca contra el piso, recibieron la primera descarga. Cuando una mano los izó de los cabellos arrastrándolos hacia la calle, supieron del llanto. Su madre, abrazada al pavimento, en su último intento logró desviar de ellos el tiroteo”.

Cuando supe lo de ella, no soporté más el exilio. Decidimos regresar de inmediato con mi nueva compañera y hacernos cargo de mis hijos. Al principio fue difícil, sobre todo con la nena. Martita se había pegado mucho a mi vieja durante todo ese tiempo, pero Beba es una mina de fierro y se los fue ganado de a poco con mucho cariño y paciencia. A Gustavo me lo llevaba de viaje a menudo y charlábamos hasta por los codos. Creo que le gustaba mi trabajo pero nunca me quiso contar lo que pasó aquella noche con su madre, era como si la hubiese borrado de su mente. No quise forzarlo pero, desde entonces, se despierta aterrado por las noches y tengo que apretarlo muy fuerte contra mí para que se calme.

Es muy duro para nuestros hijos tener que aceptar esta realidad y muy cruel para nosotros no poder ofrecerles otras opciones. Nunca tuve dudas de que el mundo que soñamos es cien veces mejor por igualitario, solidario, justo, sin exclusiones sociales, para todos las mismas oportunidades y utópico, sin duda alguna. La gran pregunta es si estamos dispuestos a pagar los costos para alcanzarlo. No hay otra forma de entenderlo sino a través de la ideología y ésta, a veces, entra en franca contradicción con nuestras propias tripas. Estando en el exilio, extrañaba e idealizaba a mis hijos sabiendo que Margarita los protegería y los cuidaría como buena madraza que era, hasta que llegó la noticia de su fusilamiento y entonces, ya no me sirvieron ni mis propias palabras en aquel viejo poema: […] “Los hijos de la guerra, crecen aunque no quieran” […]. Tenía que volver, hacerme cargo de ellos, protegerlos, darles la frágil seguridad de una vida insegura. Al menos, poder abrazarlos muy fuerte cuando sintieran el miedo.

“Se presentaron de repente. En un rápido operativo dos coches cortaron las intersecciones de la calle y de un tercero, personal con ropa de fajina, irrumpió en la vivienda. Gustavo dio un grito y se tapó la cabeza. Marta, que jugaba con los cubos, empezó a sollozar. Beba se asomó por detrás de la cocina para ver que estaba pasando y el culatazo de un Fal le cruzó la cara. Él no estaba. Dieron vuelta la casa revisándolo todo mientras se iban quedando con los objetos personales que tuvieran algún valor y como eran mercenarios, el saqueo estaba incluido en la paga.

A los tres los sacaron a empujones mientras los subían al Falcon. A Beba, encapuchada, la acostaron en el piso del auto mientras le daban algunas patadas. A los chicos los dejaron por el camino, sin que nadie interviniera. Una milagrosa vecina los reconoció y se los llevó a su abuela”.

Fue un golpe muy duro que la chuparan a Beba. El precario andamiaje de legalidad que había logrado construir por entonces, se me fue al diablo. Vivía del corretaje de máquinas y herramientas para talleres y pequeñas industrias que me había conseguido un amigo de la infancia. Me tuve que borrar para no poner en peligro a gente con buena intención que todo lo que hacían era por gauchada. Nobleza obliga. Decidí que no me iban a quebrar y empecé a frecuentar los cafés de los buscas y salía a vender por la calle, o puerta a puerta, las ofertas de la mercadería del día. Broches, pilas, lápices y lapiceras, una cajita con cincuenta carretes de hilo de coser, sábanas, cubrecamas, magiclik, encendedores y las chucherías que pudieran aparecer y uno cargarlas en un bolso. Si miraba para atrás se me llenaban los ojos de lágrimas pero estaba decidido a salir del pozo. Entonces creía que más abajo no podía caer y me equivoqué nuevamente.

Durante todo ese tiempo vivía en una piecita alquilada en un conventillo de Morón. Sabía que no debía ir a la casa de mi vieja y mucho menos quedarme a dormir, pero los chicos tienen mucho miedo y sufrieron bastante, pobrecitos. Era posible que controlaran la casa porque me andaban buscando, pero se los prometí y esta noche me quedo con ellos.

Cuando la puerta de calle recibió un escopetazo y después una patada, yo sabía que era inútil resistirme, para qué. Lo único que alcancé a ver, antes de que me pusieran la capucha, fueron los ojos de Gustavo. ¡No hijo, ni lo pienses! No es tu culpa, ni la mía, ni de ella. Tenía que ser. No, no es tu culpa.

Desperté en un vómito. Me dolía terriblemente la cabeza y una insoportable puntada en el bajo vientre me recordaba la sesión de picana de la noche anterior. Quise incorporarme y un nuevo vómito me contuvo. Estaba encadenado a la pata de una cama y maniatado, no podía sacarme la capucha que me ahogaba. La tanteé con la cabeza y comprendí que era sólo un elástico de malla para que la corriente eléctrica descargara a tierra. Las preguntas incesantes y las risas me martillaban la cabeza.

Fuente de la imagen

-¿A quién conocés?

-¡Cantá, carajo!

-Te vamos a reventar como a la puta de tu mujer, pero no vas a tener su misma suerte. No va a ser tan rápido. Vas a pedir a gritos que te matemos.

-¿Dónde estuviste en Perú? ¿A quién viste? ¿Quién te bancaba? ¡Hablá, hijo de puta! ¡Hablá, carajo!

-Dale Julio, si ya lo sabemos todo. Sólo queremos confirmarlo. Para qué te vas a hacer amasijar. La Beba ya nos contó todo. Dale, hablá que después no te pegan más.

Beba, ¿qué pudo haberles contado? No, lo que pasa es que me quieren hacer pisar el palito. Beba es mi compañera. No, quieren quebrarme diciendo que ella les contó. ¿Qué les pudo contar? ¿Beba? ¡No!, no y no.

Sentí que con una pinza me agarraban de la lengua. La descarga fue inmediata. La lengua se contrajo, como queriendo escapar de esa aguda quemazón.

-Ay, mamita, ¿por qué?

Y otra vez el vómito. Ya no tenía qué largar y empecé a escupir sangre. El gusto acre llenó el ambiente.

-¡No! No, por favor basta, basta. ¡No aguanto más!

Tiritaba. Me castañeteaban los dientes y no podía evitarlo. ¿Cuánto hacía que estaba aquí? Allí vienen otra vez. ¡Otra vez no, por favor! ¡Otra vez no! Pasaron.

No, allí vuelven, vuelven, vuelven.

Una patada en los testículos me obligó a moverme y me levantaron por las axilas.

-Ahora vas a ver cine del bueno y sin cortes.

Me sentaron en un banco y esperamos. Temblaba de antemano y empecé a sollozar. Cuando me sacaron la capucha un penetrante dolor en los ojos me impidió mantenerlos abiertos. Mientras me amordazaban pensé que era la última vez, porque no podían arriesgarse a que los reconociera.

-Por qué llorás, maricón. No lloraste cuando te metiste en la joda, ¿no? Ahora, aguantátelas.

-Che, ¿te gustan las pornográficas? ¿Sí? Contestame, hijo de puta. Ahora nos vamos a cojer a tu mujer, a ver si te gusta la película.

Cerré con fuerza los ojos. No quería ver a Beba desnuda y atada sobre esa mesa. Ese sexo amado no podía hacer nada por evitarlos. Ella lloraba y se clavaba las uñas en las manos con la escasa movilidad que tenían sus muñecas. En la más terrible desesperación y en la impotencia, valoré su amor y lloré. Lloré por mí y por ella. Lloré.

El cachetazo sonó claro, me obligaban a mirar y se reían. Me sostenían de los cabellos para que no pudiera torcer la cara, mientras le quemaban los pezones con la brasa del cigarrillo.

-¿Te das cuenta que podemos hacer con ustedes cualquier cosa? La única salida que te queda es colaborar con nosotros.

-Hoy nos cojimos a la Beba, mañana le vamos a hacer lo mismo a tus hijos. Al Negro le gustan mucho los pibes. ¿No es verdad, Negro? Pensalo, pero pensalo muy bien, hijo de puta.

Me encapucharon nuevamente y me volvieron a encadenar, pero no en el mismo lugar. Olía distinto, como a taller. Quedé inmóvil sobre una colchoneta, boca abajo, sorbiendo la mugre de otros torturados. Sin tiempo.

El Turco me pateó las costillas para despertarme, mientras me sacaba la capucha.

-¿Te acordás de mí? Hace algunos años fuimos compañeros con Alberto Brito Lima en la Matanza, ¿te acordás? Yo estaba cuando te chuparon, pero vos no me viste. Julio, dejate de joder y colaborá. Mirá, estuve hablando con algunos compañeros y me dijeron que si yo respondía por vos, te podemos recuperar. Para que veas que no es joda, mañana te llevo a ver a tus pibes y dentro de un tiempo, cuando seas de los nuestros, te largamos.

Sabía que era posible y que a ese tratamiento lo llamaban “recuperar”. Recuperar qué: la vida, la dignidad, la vergüenza, los sueños, la libertad. ¿Y para recuperarse, a cuántos compañeros debería traicionar?

Gustavo quiso abrazarme pero el Turco se lo impidió. Lo detuvo agarrándolo de un brazo. Marta estaba en el colegio y mi vieja la había ido a buscar.

-¿Te gusta ver a tu papá? -dijo mientras lo sujetaba por los brazos para que no me abrazara- ¿Te gusta? Bueno, te prometo que si se porta bien lo traigo todas las semanas para que lo veas.

Después de forcejear, cuando logró soltarse, Gustavo se abrazó tan fuertemente a mis piernas que casi pierdo el equilibrio. Realmente no creí que pudiera tenerlo otra vez conmigo. La posibilidad de no volver a acariciarlo me golpeó con más fuerza que la propia tortura.

-Usted no tiene que decirle nada a nadie, señora -le dijo el Turco a mi mamá- Julito se está portando muy bien y pronto lo van a tener de vuelta. La Beba va a tardar un poco más, pero también va a volver. Además, usted ya me conoce. Soy un peronista de palabra. Lo fundamental es que no hagan nada y, sobre todo, que de esto no le digan una sola palabra a nadie. ¿Está claro? -concluyó.

Los días se fueron haciendo interminables, sobre todo las noches. Los gritos de los torturados me helaban la sangre. A pesar de taparme con fuerza los oídos,
no dejaban de atormentarme. El pensar en no volver a ver a los chicos, era la justificación a la que me aferraba con uñas y dientes. Sobrevivir, colaborar, sobrevivir. ¿Si me hubiese escapado ese día que me dejaron ir solo a mi casa, desde la parada del colectivo? El Turco me había advertido que me vigilarían, pero tenía mucho miedo y no hice nada. ¿Y si los traen a Gustavo y a Martita aquí? ¡No! ¡No, por Dios, no quiero ni pensarlo! ¡No! No aguanto más… ¿Hasta cuándo? ¡Basta, por favor! ¡Basta! Que se callen. ¡Que se callen de una buena vez! ¡Mátenlo, pero que se calle! ¡Por favor!

Estaba decidido. Cuando me dejaran solo con mi vieja, le contaría todo para que pida ayuda. El Turco me acompañó hasta la puerta de mi casa y dijo que pasarían a buscarme a las cuatro en punto. Era el momento que esperaba.

-Mamá, hacé algo por favor. No aguanto más los gritos de los torturados en la noche, pedí ayuda. ¡Por favor!

“La madre de Julio denunció ante la Comisión de la OEA la existencia de un campo de concentración clandestino de la Policía Federal llamado Olimpo, en el que estaban detenido su hijo y su nuera. Refirió todos los datos por él aportados y los relatos espeluznantes que eran parte de las torturas físicas e intelectuales que sufrían su hijo y todos los detenidos-desaparecidos que allí estaban: Los gritos y los llantos permanentes por las diversas torturas y la picana; los niños abortados y los nacidos a término en cautiverio, en partos clandestinos, para ser entregados a camaradas o vendidos; las violaciones habituales de todo tipo y las que tuvo que soportar por ver a su propia compañera violada y torturada; en definitiva: una pormenorizada descripción del mismo horror. Incluso le aportó a la Comisión de la OEA la dirección exacta del funcionamiento de dicho campo de concentración, llamado irónicamente: “El Olimpo” que funcionaba en los viejos talleres de la Policía Federal cito en la Avenida Olivera y Ramón L. Falcón.”

El velero de Julio naufragó junto a sus sueños y a los de Beba, en la noche que aún nos habita…

*** Daniel Omar Granda ***

Continuará…
El próximo Lunes 18 de Enero, un nuevo relato.

VOTA POR LAS 20 PUBLICACIONES MÁS LEÍDAS DEL 2020 (291)

Tenemos a nuestro alcance las 20 publicaciones más leídas durante el pasado año 2020. Solamente os pedimos que votéis la que más os ha gustado.

*ATENCIÓN: La forma de votar la vamos a hacer de la siguiente manera:
En comentarios, más abajo, ponemos el nombre de la publicación o simplemente el número a la que corresponde, y damos a ENVIAR COMENTARIO. Para ello, supuestamente, deberemos entrar en la publicación.

RECUÉRDAME (290)

Recuérdame como si fuera esta la primera vez.
Como cuando el mar naufragó aquel atardecer.
Por todos esos besos que no nos dejamos de dar.
Casi un siglo de vida y, por delante, la eternidad.

Recuérdame por lo que nos vino y aún ha de llegar.
Por todos los momentos que nos hicieron disfrutar.
También por desgracias, penurias y alguna cosa más.
No te preocupes que pronto el tiempo ya nos unirá.

Recuérdame…

Burlas natural al miedo
ahuyentándolo de tu vida.
Sollozas si ves que llueve.
Te duermes en mis brazos.

Nadie dijo que fuera fácil
solo había que intentarlo.
Ser presa de este silencio.
Leña y fuego, me consumen.

No nací entre algodones.
Ni tuve una vida sencilla.
Tenía casi todo de mi parte.
Mal de todos, las guerrillas..

Lloro a horas vespertinas.
Me alimentas del silencio.
Si mi boca es quien habla
y mis ojos no te lo niegan.

Mi amor es para siempre.
Mi llanto solo es cordura.
Vi cómo cortaron mis alas
y enterraban madrugadas.

Fuente de la imagen

Siento celos de mis labios
que imaginan lo prohibido.
Rezo solo si es por vosotros
Lloro por lo que os quiero.

Algo enturbia mi cabeza.
Me delatan mis hazañas.
Siento frío en la mirada.
Escalofríos en mis dedos.

Me alimento de pretextos.
Si nada me llena de nada
y, si el vacío se corrompe,
la noche en vela me calma.

Sientes tanto como padezco
y lo describo como un diario.
Esa locura que lo arriesga
en la ruleta al once negro.

Dábamos saltos de alegría.
Llovían tardes de tristeza.
Cuando la marea nos sube
las horas son las más bajas.

Me cuesta sacarte una sonrisa,
si no son afortunados tiempos,
“la parca” me ha encontrado
y hasta la luz se torna fría…

Recuérdame…

*ICARO©

  • A la memoria de Carmen Maeso Cifuentes. La última vez que nos vimos me cerró la puerta porque creía que le iba a vender algo. Me pidió perdón por no reconocerme. Me dijo que llevaba unos 35 años sin verme y que, ya tenía barba, por eso no me conoció.
    D.E.P.

SOMBRAS DEL PASADO (289)

Era un dia de mucho viento.
Yo miraba por la ventana,
esperando a que llegara
ese hombre que me quita el sueño.

Las hojas fuertemente se movían
y por medio rayos de sol resplandecían,
una sombra a la distancia
hizo que mi corazón palpitara.

Salí corriendo ante aquella sombra
pensando que era mi amado.
Pero en ella me encontré un recuerdo
que ya había olvidado, era mi pasado.

Fuente de la imagen

Intente huir como gacela
de aquella sombra negra,
pero algo me llegaba a frenar
y no dejarme escapar.

Mi miedo se engrandecía
cuanto más a mi vera se acercaba.
Era algo que por dentro me torturaba
y escapar de allí ya no podía.

Intentaba gritar pero no podía,
llamando al amor de mi vida.
Pero él no me escuchaba
mientras yo allí padecía.

Ana María Quintana

LA BITÁCORA DE UN NAUFRAGIO – LA NOCHE QUE NOS HABITA (288) [PARTE 02/12]

La República Argentina, desde 1930 hasta 1983, fue azotada por golpes militares violentos, que derrocaban las democracias republicanas surgidas de elecciones libres. Esa es la triste historia de mi país, lamentablemente. Tampoco vale afirmar que han sido “solamente” las fuerzas militares quienes cometían esos atropellos; en general, eran apoyadas por diversos sectores de la sociedad: Partidos políticos, Iglesia, Sindicalistas y hasta el propio Partido Comunista. Pero sin lugar a dudas, durante el golpe sangriento del período: 1976/1983, llegamos a conocer el peor rostro de nuestra sociedad. Miles de Centros de Detención y Torturas Clandestinas, se instalaron en todo el territorio nacional. La tortura como método y la “desaparición forzada de personas” fueron aplicadas sin piedad con un saldo de 30.000 desaparecidos; cientos de niños secuestrados o nacidos en cautiverio, que al día de hoy se los sigue buscando; miles de muertos y un incalculable número de prisioneros que, si tenían suerte, eran blanqueados en las cárceles. Pero aquellos que consideraban demasiado íntegros y que no iban a delatar aportando algún dato; terminaban en una fosa común o tirados vivos desde los aviones en medio del Río de la Plata. Estos y muchos más son los atroces hechos ocurridos hasta el advenimiento de la democracia con el Dr. Raúl Alfonsín en 1983.

La historia la conocen y “La bitácora del Naufragio” pretende homenajear a aquellos que perdieron sus vidas durante dicho período. Los personajes son arquetipos de los diversos argentinos que murieron luchando en esta gesta y de su propia épica. Aunque argentino, mis abuelos paternos son asturianos y agradezco la posibilidad de dar a conocer estos cuentos en #memoriasdeundestierro. La idea es publicar un cuento de la “Bitácora” quincenalmente, hasta completar la totalidad de ellos con el cuento de “La noche”, que describe acabadamente la mentalidad propia del torturador.

Daniel Granda 26/12/2020

***************************************************************************************************************************************************************************************

LA NOCHE QUE NOS HABITA (288)

Difícilmente podría hacerlo entrar en razones. Enrique ya había decidido que, a pesar de todo, no abandonaría el país. Tantos años a la cabeza de la juventud peronista de la zona, hacían que su resolución de vivir en el partido fuera peligrosa. Felizmente, con la ayuda de otros amigos, logramos convencerlo de que vendiera el departamento y se fuese con su mujer y su hija al interior.

-Mirá -me dijo una vez la Negra- Quito ya no es el de antes. Vive obsesionado por los diarios. Lleva un minuciosos registros de muertes y desaparecidos y, todos los días, se pregunta por qué Coco o el Negro y no él. Es como si quisiera llegar al final.

El final. La palabra quedó suspendida del asombro. Sonó en mis oídos como un lejano grito aún audible. En su voz, la de todos, el final. ¿Cuántas veces me hice la misma pregunta? Sentir en la piel el sudor de los otros. La garganta que se cierra, a medida que el miedo desciende por los hombros. El final y las pupilas que se dilatan conteniendo el vacío dejado por las lágrimas y el miedo que avanza por el vientre. Las terribles imágenes del último combate acuden ahora golpeándonos los muslos. Solo frente al enemigo y en nuestra soledad; el otro. El final y el miedo por las piernas. Mordiendo nuestra espalda, ese último combate del que todo sabemos y aun así, es preciso pasarlo en la mesa de torturas. Solos, frente a frente. El enemigo, yo y el mudo testigo del otro. También el miedo que se aloja definitivamente en la garganta. El final.

Qué lejos están aquellas proyecciones de “La hora de los hornos”, la “Operación masacre”, los reportajes al Viejo. Cuántas ilusiones corrieron por debajo de los puentes y cuántos sueños flotan hoy con las manos atadas a su espalda. La esperanza, acribillada a balazos, rugió en silencio desde una tumba sin nombre. Regresar a la playa es necesario para el hombre que cae al mar desde un helicóptero artillado. Regresar es necesario.

Fuente de la imagen

De Enrique, lo que me impresionaba eran sus ojos. Increíblemente tiernos. Quizás favorecía esa expresión el tener los párpados caídos y sobre todo el derecho, notoriamente más marcado que el otro.

Una vez se lo hice notar y se rio con ganas, retrucándome con una idiota semblanza vacuna que me pareció exagerada. Como aquella vez que, por tomarme el pelo, me pintó de rojo los labios de un afiche de Belmondo que tenía en mi pieza, diciéndome que un compañero no podía ser tan puto para que le gustase un rostro masculino, aún en nombre de la estética. Desde entonces, la realidad latinoamericana era analizada bajo la sensual vigilancia de un francés muy distinto a aquel Debray que testimonió los primeros pasos.

A las ocho tengo que pasar a buscarlo para comer un asado, y ver a Boca ganar la Libertadores. Las excusas son buenas para volver a encontrarnos. ¿Cuántos años pasaron desde Belmondo? La vida nos arrastró varias veces hasta sus límites. La urgencia por ver un mundo nuevo nos puso viejos en éste y a pesar de todo, no dejábamos de soñar con esa vieja utopía llamada libertad.

Durante cuatro años vimos gastársenos las ganas en encuentros casuales. Enmarcados en un barrio o en alguna movilización, nos buscábamos para saber que estábamos. Nos bastaba. Cuando encontré a la Negra, casualmente, en el andén de Liniers, el tiempo desapareció. La distancia nunca había sido verdaderamente cierta. Vernos y sentir que ayer nos habíamos buscado, fue una misma alegría.

Al rato la mesa de su casa se tendió, albergando la amistad. Con nosotros Belmondo, Roberto, el Mosquito y tantos otros que nos ayudaban a sentirnos vivos.

Los ridículos calzoncillos antieróticos de Enrique surtieron efecto. Hoy ofrecíamos a nuestro afecto dos hijas, la suya y la mía. Junto al pan soñamos en voz alta la posibilidad futura de que crecieran juntas por continuar a nuestros ojos. Ese fue el camino que elegimos algunos años atrás.

Me dolía tener que convencerlo, pero era necesario. Sabía que si lograba que se fuera sería un nuevo compás de espera en nuestras vidas. Pero si no lo lograba, la espera del reencuentro podría ser mucho más larga y peligrosa. A pesar de que Enrique ya no militaba, lo buscaban por todas partes. Supimos de varios compañeros a los que les habían hecho preguntas muy concretas sobre su paradero. No era prudente seguir creyendo en la suerte.

Aún no era el tiempo de la síntesis. Los muertos conocidos eran muchos, demasiados y deambulaban vivos por nosotros. Se cometieron errores, pero no era posible dimensionarlos. No ahora.

¿Cómo ocurrió todo? ¿Por qué Roberto, que soñaba con un tonto tanque amarillo a lunares, hoy no sueña con nosotros? ¿Qué fue lo que hizo trizas ese gran sueño colectivo? El Mosquito cayó en una sonrisa.

Pero Boca juega la final y el asado es una buena excusa. Esa noche atentaba contra nosotros. Llegamos con Enrique a casa, ya de noche y un corte de luz, casi nos obliga a volver a su departamento asesino. Por suerte volvió la luz y nos dispusimos frente a Boca y, no nos fallaron ni Boca ni el asado.

Inevitablemente, superada ya la excusa, vienen los raccontos necrológicos.

-Ya sabés de Juan, que el Loco, que Horacio, Mecha, Esteban, Jorg…

Necrológicamente nos sumergimos en el tema, apretándonos fuertemente las manos. Los asesinatos de presos (durante los traslados) eran moneda corriente. Se leía en los periódicos que Mengano había pretendido huir. El cómo se desprendía de nuestra angustia, si sabíamos que estaba esposado, desarmado, sin esperanzas y que a pesar de todos se había entregado creyendo en la justicia.

El proceso de Reorganización organizaba la infamia. La noche cubría cualquier posibilidad de luz que quisiera filtrar por la ventana. Con la noche crecían los ruidos de cadenas, extendiéndose en el grito de un vientre roto a patadas o en el de algún testículo amorotonado a 220 voltios.

-Por eso te tenés que ir. ¿A quién le importa si sos culpable o inocente? ¿Quién te va a juzgar? ¿Una picana? Con el torturador no se razona y, además, el país es un gran campo de concentración.

-¿No te das cuenta que el terror impune nos invade?

Era difícil darse cuenta, mientras el áspero silencio nos aturdía. Sonó el teléfono. A pesar de ser temprano, nos despertó a casi todos. Por suerte las nenas dormían.

La voz quebrada de la Gorda sonó como un latigazo. Tuve que hacérselo repetir otra vez, porque no quería oírlo.

-Se lo llevaron a Cacho del banco. Fue anoche, mientras trabajaba, a la madrugada. Les aviso para que se cuiden. Suerte.

Colgó, era preciso proteger a nuestros sueños y había tiempo. Sólo un bolso y la calle. A las dos nos veríamos para saber que estábamos bien y darnos las manos. Enrique, con la calle, fue en busca de su bolso y no debió hacerlo.

Las ratas habían roído su cerradura durante la noche. Al entrar al edificio, lo atraparon.

-El oficial Benítez es el que está a cargo del procedimiento, señora; no tema que a su hijo no le va a pasar nada.

Tita, la mamá de Enrique, había sido detenida horas antes de que él llegara al departamento. Toda la noche habían masticado sus entrañas. Tita fue por la mañana para cuidar la beba y se encontró con ellos. La interrogaron por horas acerca del paradero de su hijo, pero lo ignoraba. Ahora lo tenían, a Enrique y a su bolso.

-Vos sos un boludo, pibe -dijo uno-. Para qué guardás estos viejos documentos, si ya no sirven. Nosotros sabemos que no estás en nada, pero igual vas a tener que acompañarnos. Es sólo rutina.

-Si querés, despedite de tu vieja en la cocina… -agregó el oficial.

Se negó. Sabía que era condenarla a una segura tortura posterior. Quizás, por eso mismo, no quiso llevarse la foto de su hija que le ofrecían. Tenía la certeza de que no iba a ser el primero al que torturaran con ella. Por eso prefirió dejarla en la biblioteca, agregando: Vamos.

-Señora. Mañana vaya a buscarlo al Regimiento 1ª de Palermo, que allí el oficial de guardia le va a informar dónde va a estar el pibe.

Enrique jamás pudo abrir esa ventana, como había convenido con la Negra, para avisarle que todo estaba bien.

La ventana y los sueños quedaron cerrados frente a la noche que aún nos habita…

*** Daniel Omar Granda ***

A Enrique Maratea (Quito).
Detenido / desaparecido desde el 29/04/1977 y en él, 
a todos los compañeros detenidos / desaparecidos 
durante la feroz dictadura militar de los años 70’
en la República Argentina.

Continuará…
El próximo Lunes 11 de Enero, un nuevo relato.

UNA TORTUGA (287)

Mi vida es como la de una tortuga.
Vivo dentro de un caparazón,
a prueba de sentimientos,
donde me siento seguro.

Solo, pero seguro.

A veces quiero dejar entrar a alguien,
arriesgarme,
pero el caparazón está ahí,
no se puede quitar.
Hace parte de mi.

¿Qué hago?
Una tortuga no puede vivir sin caparazón,
pero tampoco quiere vivir en soledad.
¿O si?

Fuente de la imagen

Una vez dejé entrar a alguien,
pero salió por su cuenta.
Mi ritmo era lento,
como las tortugas.
Ella tenía alma de liebre.
No estaba destinada a ser.

Solo espero que,
como en la naturaleza,
la longevidad sea
otro de mis parecidos
a las tortugas
y quizá,
llegue mi media tortuga.

**SoyGranda85**