SI CERRARA MIS OJOS (261)

Estoy seguro que si cerrara mis ojos
y, por algún error de cálculo,
llegara al cielo, el diablo me reclamaría
y me llevaría con él. Dios no lo objetaría.

Siempre he pensado que el infierno
es para los débiles y estúpidos.
Yo he sido débil y muy estúpido.

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Sólo espero que me reciban con cerveza
y Karen me esté esperando allá
para tentarme y conversar.

Quizá así, lo podría soportar…

**SoyGranda85**

UN “NO” POEMA (257)

Un “NO” poema de alguien que ha estado bebiendo:

Hey, García: ¿cuál ha sido tu mejor follada? Preguntó Juan Camilo esta noche.

_Le respondí que nunca ha existido una mejor follada para mi, y era simple mi respuesta, pero exxplicaré el porqué (obviamente mientras se reía de mi absurda respuesta):

El cuerpo de Fernanda fue el mejor que tuve, sin duda, perfeccto, sin cirugía, pero sus ojos no eran los de Isabel, no brillaban, sus senos eran lindos, pero nunca como los de Diana, cuando sonreía, rogaba a Dios o al mismísimo diablo que ojalá fuera Camila quien me estuviera sonriendo, y al momento de gemir, de decirme cochinadas al oído, quise escuchar la voz de Carolina.

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Le expliqué que el sexo es pasión y momento, es una consecuencia de lo que si debe ser perfecto. El beso, el puto beso.

Y ese si lo tengo grabado como si me lo estuvieran dando nuevamente, el mejor beso de mi vida, con el resultado de la peor follada de todas.

García, y ¿volverías el tiempo por ese beso?

_Respondí que si, volvería a esa noche en esa discoteca y le habría hablado a otra mujer o me habría embriagado sólo.

Soy un romántico trágico y anhelo que la mujer que ha de verme cerrar los ojos para siempre un día, haya sido mi mejor beso, mi mejor follada y mi mejor recuerdo cuando este cuerpo maltracho deje de existir.

**🇨🇴SoyGranda85🇨🇴**

NUEVE LUNAS (229)

Su familia no aceptaba nuestras relaciones. Absurdas diferencias  étnicas y religiosas se anteponían a nuestro afecto. Sara pidió la comunicación, para dejar conforme a sus  padres. Gabriel, el conserje del hotel, aseguró que en instantes conectaba con el número solicitado.

Abrí la ducha y me metí dentro. Hacía años que conocía a Sara y siglos que la amaba. Disgustado por esta situación absurda, empecé a enjabonarme. La suite era realmente confortable, con todas las comodidades y el status que exige la vida moderna. Me dejaba satisfecho. Su ingreso en la ducha también. Era un juego y es tan hermoso disfrutar de un juego compartido. Recorrer lentamente su geografía me transportaba hacia mundos aún inhabitados. Beber en su piel como en un claro arroyo. Agotar las formas y las reformas. Andar nuevos caminos enancado en la esperanza. Desandar los sueños de la mano de sus ojos.

Desde el frigo-bar le ofrecí una copa que aceptó en silencio. La observé atentamente. Cómo un águila al acecho, comencé a volarla en círculos, reconociendo el terreno. Sus ojos, sus hombros, sus caderas, sus pies diminutos, su otro costado y otra vez  su mirada. Me pongo en camino y me poso en los hombros. De un salto feroz me convierto en  lobo estepario y me agazapo. Midiendo mis pasos desciendo la sabana de su espalda. Me aventuro en las caderas y su costado, escondiéndome de un salto en  la hondonada de sus senos.

Desde allí observo sus movimientos. Dispuesto a destruirte de un zarpazo y devorarte y relamerme, luego me abalanzo. Convertido ya en viento, te penetro. Recorro una por una, tus cavernas y misterios. Navego en dulce río que de pronto se convierte en lava ardiente y nos funde en el infierno. El Caronte atrevido me rescata a tiempo. Y desciendo por tus piernas níveas hacia otros cielos. Te observo y  en silencio…, otra vez te sobrevuelo como un águila al acecho.

El Diario de Noah Fuente de la imagen

Me serví una cerveza, mientras Sara se daba una ducha. Aproveché para llamar al conserje y pedirle que nos reservara una mesa íntima en el restaurante del hotel. Como cualquier sábado, era noche de gala.  El dueño del hotel, atendía a los comensales como un maître efectivo y con oficio. Jesús -el mozo- nos trajo de entrada un exquisito jamón glasé con ananás y cerezas al maraschino. Unas estupendas fetas de jamón serrano de medio centímetro de grosor, glaseadas con azúcar y saltadas en manteca. Descubría con Sara un nuevo Malbec de una desconocida bodega mendocina. Percibíamos su aroma suavemente frutado, su estructura aterciopelada y la persistencia del sabor en nuestras bocas, casi como nuestro amor. Jesús arremetió de nuevo con un Lomo Strogonoff y un Carré de cerdo a la Mostaza. El lomo servido con un timbal de arroz y una salsa a la páprika con crema de leche y abundantes champiñones. El carré, saltado en una salsa de crema de leche, mostaza, puntas de espárragos y servidos con papas noisettes milanesadas, que según me aclaró Carlos, el cheff del hotel, se llama Risoll.

A pesar de ubicarnos en una mesa discreta, sobre uno de los costados del salón, fue virtualmente imposible resistirse a la invitación del anfitrión. Una copa de champagne para concluir la agradable velada.Sara y yo, nos hundimos otra vez en los sueños y en nuestras esperanzas. Ya tarde, nos retiramos a la habitación, donde intentamos descansar de los otros.

Durante el desayuno, realmente me sorprendió. No lo esperaba. Sobre una servilleta,  dibujó una cuna que me paralizó el corazón. Estaba embarazada. Y entonces recordé aquellos hermosos versos del poeta santafesino José Pedroni:

“Mujer, en un silencio que me sabrá a ternuras // durante nueve lunas crecerá tu cintura; // y en el mes de la siega tendrás color de espiga, // vestirás simplemente y andarás con fatiga. […] // Un día, un dulce día con manso sufrimiento, // te romperás cargada como una rama al viento, // y será el regocijo de besarte las manos, // y de hallar en el hijo // tu misma frente simple, tu boca, tu mirada, // Y un poco de mis ojos, un poco, casi nada…

Mi felicidad fue indescriptible. Ahora siendo tres, como la santísima trinidad, no existirán las fronteras que pudieran detenernos y mucho menos intentar tan siquiera separarnos.

*** Daniel Omar Granda ***

LAS TETAS DE ANGELITA (211)

Siempre me obsesionaron las tetas pero, las de mi tía Angelita, eran algo descomunal. La tía era solterona y en realidad, tampoco se sabía que fuera pariente en línea directa. Angelita era una gringa grandota y  fuerte como un buey, prima lejana de la abuela Rosa, había venido a la casa de la calle San Luis, por unas semanas solamente, para ultimar los detalles de su casamiento con un candidato que vivía en Buenos Aires. Como nunca se casó, terminó compartiendo la pieza con mi madre, a la que llamaban Porota.

Angelita tenía horarios poco regulares porque era enfermera así que, a veces, trabajaba por las noches en un sanatorio privado y otras, durante el día en el Hospital de Niños. Nunca sabíamos cuando la tía iba a estar en la casa y eso nos desorientaba, porque de ello dependía nuestra propia seguridad infantil.

Como no tenía hijos, Osvaldo y yo, éramos su debilidad. Nos llegaba a perdonar la peor de las travesuras y siempre fue el aliado indispensable cuando el pelotazo artero acertaba  en el vidrio de la puerta del tío José, o sobre el jarrón de la abuela. Angelita, con sus dos tetas enormes, se interponía entre la paliza segura y nosotros. Fue el mejor abogado de causas perdidas que tuvimos durante la infancia, hasta que un día, sin muchas explicaciones, se volvió a Rojo y nunca más supimos de ella.

Gustaba, como todas las mujeres de la casa, del cotorreo incesante que acompañaba la ronda de mate en el centro neurálgico de la casa de la calle San Luis: la cocina. Angelita tenía la voz gruesa y la risa fácil. Como buena gringa, era bien dispuesta para el trabajo y como a ella le gustaba asegurar en su jerga de enfermera: ¡Nunca le sacaba el culo a la jeringa¡ Siempre se mostraba solícita para cualquiera de la familia que pudiera necesitarla.

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Su más secreto orgullo y motivo de todas las cargadas familiares eran esas dos tetas enormes que lucía con particular satisfacción. Lo notorio no era el tamaño sobrenatural de las mismas sino su propia consistencia. En ellas no había artificio, era todo absolutamente natural. Además, se destacaban particularmente, porque la tía Angelita tenía la cintura diminuta, anchas las caderas, piernas fuertes pero bien torneadas y una alzada espectacular de yegua percherona salvajemente elegante.

En la mesa de los domingos, cuando no estaba trabajando, todos esperábamos el momento en el que la tía se sentaba relativamente lejos de la mesa, iba corriendo con disimulo la silla hasta apoyar literalmente las tetas sobre el borde de la tabla y, acomodaba el plato con los ravioles o los fideos estratégicamente justo en el centro, para intentar llevar el tenedor a la boca sin que se le escurriera por el escote algún resto desagradable de pasta. Era un espectáculo aparte. Hacíamos apuestas para ver en qué momento la tía se distraía y un tallarín, serpenteando en el aire, desaparecía como por arte de magia entre los atributos con que la naturaleza la había dotado.

Una siesta de verano, con un calor y una humedad verdaderamente insoportables, entré como una tromba en la pieza de mi madre. Ella no estaba y yo, necesitaba urgentemente las rodilleras y los botines de fútbol que guardaba en su ropero. En medio de la penumbra, empecé a revisar todos los estantes para encontrarlos. Al pasar de un cuerpo del ropero al otro, sobre la luna del espejo del centro, vi un espectáculo que me dejó sin aliento.

A mis espaldas, acostada en su cama y tapada con una sábana hasta la mitad del cuerpo, dormía la tía Angelita. Estaba desnuda y cada una de sus tetas reposaba distraídamente al costado de su cuerpo.

Tenso como un gato me di vuelta lentamente. Al instante olvidé mi objetivo y el poderoso imán de lo desconocido me puso en movimiento. Me fui acercando a la tía, controlando su respiración pausada. A medida que ganaba terreno, la aparente tersura de esos senos me llevaban hacia la locura de querer tocarlos. Extendí los dedos, pero no me atreví. Me contuve un instante y cobré aliento. Las manos me temblaban, el corazón galopaba tan fuerte que era capaz de delatarme. Como rindiéndome ante la octava maravilla del mundo, me fui agazapando. Estaban tan cerca de mi nariz que tuve miedo de que la respiración agitada y caliente me delatara. Las recorría una y otra vez. Desde la base de su nacimiento, en ese pecho que se expandía con rítmica respiración, hasta la curva oscura y perfecta del pezón turgente. Era una enorme ciruela jugosa con una pequeña protuberancia en la punta. Los medí, los pesé, calculé que  apenas cabrían en una fuente de regular tamaño, los olí y casi me pierdo.

Por un fugaz momento me pareció que el ritmo de su respiración cambiaba. Asustado di vuelta la cabeza y creí ver que Angelita sonreía. Fue lo último que alcancé a razonar. Con el resto de mis fuerzas, ordené a mis piernas que saltaran, salvándome por milagro del sonoro cachetazo que no pudo sonar sobre mi rostro adolescente.

*** Daniel Omar Granda ***

LA PIEL, PLACER FEMENINO (180)

¿Quieren en verdad saber cuál es el secreto, único y verdadero, del placer femenino?

A veces los misterios más grandes tienen su respuesta en la palma de nuestra mano. Literalmente. Como secreto que se precie, por misterioso y bien guardado, su desvelo no es asequible a cualquiera, no, eso le quitaría valor, de ahí que: “entiende el que puede y no el que quiere” pero, tengo el compromiso de dar luz y eso haremos hoy. Les hablaré con conocimiento, como siempre, quizás cite alguna fuente pero hoy, en honor a alguien muy especial, hablaré de mi propia experiencia. Así que, con el tono que conocemos, conjuro a las palabras una vez más…

La arquitectura de nuestro cuerpo, perfectamente diseñada (casi al límite de lo inverosímil), tiene como culminación de obra un órgano tan extenso como sensible. Y todo el mapa del placer femenino está dibujado artísticamente sobre él. El placer tiene una vinculación existencial con las sensaciones. Sin sensaciones, no hay placer. De ahí que, muchas veces como disparador  y otras tantas como en si mismo, el motor de las sensaciones se enciende, tiene su punto de partida en cualquier punto de este mapa…

La piel en toda su extensión, en cada centímetro de ella, es el vehículo que nos transporta sin escalas al placer. El conocedor sabe qué lugares de este mapa y su ubicación obtienen una respuesta más directa y qué lugares no. La piel nos separa del mundo y, a la vez nos conecta con todo; y, cuando está concientemente estimulada, responde de un modo que a veces pareciera tener voluntad propia.

La piel es ama y señora, la piel decide. La piel por cercanía o contacto nos dice que tan cerca o que tan lejos puede llegar el otro. La piel nos alerta y a la vez anestesia, la piel es el horizonte de nuestro cuerpo. Sin piel, desconoceríamos el universo del placer.

Hay pieles que responden a otras pieles, se llama química. Hay pieles que se encienden con otras pieles, hay pieles que se funden con la que le sabe provocar y es difícil ver dónde empieza una y dónde termina la otra. La piel es un órgano inteligente, toma decisiones y las comunica al cerebro. Acercarse de mal modo, o del modo incorrecto puede hacer que nuestra piel reaccione. En la intimidad, no es muy distinto. Muchas veces el hombre se preocupa por el órgano sexual, los modos de estimularlo, las poses, las formas… y se olvida que, todos los órganos sexuales, están recubiertos por piel. Antes de aprender a estimular nada hay que saber cómo tocar una piel.

Millones de terminales nerviosas conforman la piel. Existen lugares de alta sensibilidad erógena, más en la mujer: el cuello, los oidos, la ingle, el límite entre la espalda y la cola, esa región donde el cuerpo femenino hace como un medio arco en la mayoría de las mujeres.A los comúnmente visitados, pezones y clítoris, estas regiones tienen la capacidad de procesar a velocidad de la luz la respuesta sexual femenina, antes de estimular mecánicamente, clítoris o pezones, predispone al goce, relaja.

La previa del encuentro sexual, quizás por una sobredosis de información, precondiciona al varón en general a que, juego previo, es estimulacion directa del clítoris, pezones o zona anal.

El hombre como humano avanzó mucho y lo seguirá haciendo pero, en cuestiones sexuales, seguimos siendo muy primitivos. Y en la mujeres seguirá ganando el que sabe más cómo que dónde.

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El roce no sólo es necesario sino fundamental. La caricia tiene un preámbulo como toda buena obra y es el roce. El roce es el acercamiento, suave, apenas presionado de una piel con otra piel. El roce toma datos que el cerebro decodifica al instante: es compatible, me gusta, me excita, puede seguir avanzando y da señales. Cambia de temperatura, humedad, se enardece, se prepara y, prepara al resto del cuerpo, para el choque, la fusión.

Acercarse a otro respetando los límites que la piel establece y violándolos cuando lo permite, marca la diferencia entre un encuentro sexual exitoso o  no. No todos nacen, si se hacen, en el arte del sexo para saber dónde exactamente una mujer explota al amar, pero todo el mundo puede y debe aprender cómo.

Generalmente, uno trata al otro como lo tratan y con la piel no es excepción. Aún para esos días donde el amor pide ser salvaje, no pensado, rápido y furioso, los dos segundos en que la mano tocó el otro cuerpo, en la conciencia de que pasa el límite del otro, es decir, está tocando su piel, hace la diferencia.

Siempre será excitante en una mujer sana con una pareja que le guste, sentir su mano sobre el pubis pero, si antes se acerca por detrás con una mano junta sus muñecas en la espalda, mientras su boca apenas roza el cuello de ella en un jadeo contenido, y con la otra baja, suave, despacio, buscando el borde de su ropa interior, creedme que si honras a la piel, ella sabe cómo retribuirte.

“Dios hizo a los gatos para darle al hombre el placer de acariciar un animal salvaje”

*Buenos vientos, navegantes* (ASTªREBRILLª)