LA INVASIÓN (251)

4.5
(10)

Llegué a la casa de Ariel cuando había caído la noche. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos pero igual, decidimos charlar por la mañana, mientras tomábamos mate, porque ambos teníamos que levantarnos temprano. Ariel para ir a la fábrica y yo, para buscar trabajo.

Se disculpó por no poder ofrecerme mayores comodidades ya que, en una de las dos piezas que ocupaba con su familia en el conventillo del viejo barrio de Constitución, alojaba momentáneamente a unos tíos llegados del interior.

-Por esta noche vas a tener que arreglarte como puedas  -dijo.

-No te hagas problema, viejo  -me apuré en contestarle-  Con el frío que está haciendo, te aseguro que con un catre y un par de mantas la paso bien en cualquier parte.

-¡Mirá, para que no te jodan los chicos, podés tirarte  en el cuartito que hay allá atrás! ¡Está lleno de trastos viejos! -señaló Ariel, indicando el codo del patio trasero.

-¡Esperá un momento! -dijo y entró en su pieza.

Me puse distraídamente a mirar el conventillo. No era distinto de aquél en el que viví cuando era un niño. La entrada consistía en una puerta de hierro con su parte superior de rejas pintadas, alguna vez, de negro. Era una calamidad. Tenía tanto óxido que hasta se podía dudar que funcionara. El frente del edificio, que daba a la calle Salta, consistía en una paresita de un metro y medio, llena de moho y con rejas tan herrumbradas como las de la puerta de entrada. Las piezas del conventillo se alineaban sobre el costado del patio principal, menos las que daban hacia el fondo que terminaba haciendo un codo. A un lado del mismo, se veían dos o tres salas grandes, por lo menos era lo que podía apreciar desde donde estaba. Tenía la seguridad, sin poder verlas, que enfrentándolas se hallaban las cocinas que correspondían a cada uno de los departamentos.  El patio, de grandes baldosones con guardas de colores, no estaba en mejores condiciones que el resto de la casa. Por todos lados se veía el paso devastador del tiempo que lo había convertido en un muestrario caótico de baldosas rotas y, las que aún quedaban enteras, estaban tan agrietadas que parecían rotas. Por toda iluminación, una bombilla de 40 wats parecía flotar en el aire nostálgico del conventillo.

-¡Ya está, che! -me dijo Ariel, saliendo de su cuarto. ¡Te conseguí dos frazadas que me afané en la colimba! En la pieza hay una cama vieja que espero sirva.

Sin decir más, tomé la almohada que me alcanzaba y nos fuimos hacia el fondo. Estábamos llegando cuando empezó a mascullar frases ininteligibles. Se disgustó al comprobar que las persianas de la pieza, de hojas exteriores metálicas, estaban cerradas con una cadena y un viejo candado de grandes dimensiones.

-¡Ésta es la Gallega! -aseguró refiriéndose al candado. ¡No sé quién carajo se va a robar algo, si todo lo que hay aquí son porquerías inservibles! ¡Aguantáme un cachito que ya vuelvo! -sin esperar un comentario de mi parte, me dio las frazadas que tenía en las manos y se fue a pedirle las llaves a la encargada.

Poco tiempo después volvió con un manojo y febrilmente empezó a probarlas en el candado hasta que cedió ruidosamente. Entramos. Encendí un fósforo tratando de encontrar la perilla de la luz que accioné en vano un par de veces.

-¡Debe estar cortada! –dije conciliador.

-¡No! -aseguró Ariel- ¡Seguro que está quemada la bombita! ¡Te vas a tener que arreglar sin luz, hermano! ¡Espero que no le tengas miedo al Cuco! –bromeó, mientras buscábamos a tientas la cama y el colchón que no aparecían por ningún lado.

En realidad, aunque no le tuviera miedo, no me agradaba la idea de quedarme en esa pieza toda la noche a oscuras. Instintivamente miré el reloj y metí la mano en el bolsillo del pantalón;  recordé que tenía dinero para comer sólo una vez al día hasta que consiguiera algún trabajo.

-¡No te hagas problema! ¡Con el sueño atrasado que tengo, si viene el Cuco, le hago un lugar en la cama y sigo durmiendo! -contesté siguiendo con la broma. Tendimos la cama y Ariel se despidió, no sin antes volver a disculparse por la precaria hospitalidad que me ofrecía.

-¡En la cancha se ven los pingos, Ariel! ¡Lo importante es que lo poco que tenés, lo compartís con los amigos! -dije y, con un apretón de manos, convinimos en tomar unos mates y charlar por la mañana.

Me desvestí y me metí en la cama. Traté de arroparme como pude con las escasas cobijas para entrar en calor. Estaba calado hasta los huesos con ese frío húmedo y pegajoso. Intenté acostumbrarme a la oscuridad tratando de distinguir las cosas que me rodeaban. El cansancio del viaje y el frío fueron ganando terreno y me quedé dormido.

Algo me despertó. Tenía la sensación de que me estaban mirando. Acostumbrado, por el hambre, a pasar las noches en sórdidas pensiones de pasajeros o en hoteluchos de mala muerte, traté de aguzar el oído poniéndome en guardia. Fui abriendo lentamente los ojos para distinguir la naturaleza del peligro. Buscando serenarme, contuve la respiración por un instante para que no se me notara alterada.

Nada. A pesar de mis esfuerzos nada me parecía anormal. Con un movimiento inesperado, salté fuera de la cama. Me quedé unos instantes allí, de pie, esperando que algo sucediera. Aunque estaba casi seguro que no había nadie en la pieza, me sentía observado. A tientas me vestí como pude. Cuando logré ponerme el saco, busqué los fósforos en su interior y encendí uno. El escaso radio de luz que se produjo no me permitió ver gran cosa. Lo alcé por encima de mi cabeza para que iluminara cuanto fuera posible, repitiendo la misma operación en tres oportunidades. Nada. Con un fósforo, encendí un cigarrillo y salí al patio.

El frío de la noche me resultó agradable. Caminé hasta la verja exterior para distenderme. Al mirar hacia atrás, advertí que sobre el costado de la puerta de la improvisada pieza, había una llave de luz. A pesar de mi desconfianza regresé y traté de  accionarla. La escasa luz que produjo la bombilla suspendida en el dintel no me dio tiempo a mirar hacia adentro, cuando de repente, volvió a apagarse. Supuse que estaba floja la llave interruptora y lo intenté nuevamente. Cuando casi alcanzaba la perilla, sentí que algo baboso y frío me tocaba la mano. La retiré bruscamente preso de un terror irracional. Logré sobreponerme y, como pude, salí corriendo hacia la pieza de Ariel. Iba a llamar pero me detuve. ¿Cómo podía explicarle lo que había pasado? No me creería una palabra. Seguramente pensaría que lo había soñado. Mientras encendía otro cigarrillo, escuché claramente su voz:

-¿Quién está allí?  –gritó desde adentro de la pieza.

-¡Soy yo, no grites tanto que vas a despertar a los vecinos! -le dije.

-¿Y se puede saber que carajo estás haciendo a estas horas? ¡Son las dos de la matina! ¡Esperá que ya salgo! -me indicó.

Realmente no sabía por dónde empezar a explicarle. Nada de lo que estaba sucediendo tenía explicación. Ariel me miraba con sus ojos chiquitos y legañosos, más pequeños que lo habitual por el sopor de la noche. De no ser por lo dramático de la situación, hubiese reparado en el ridículo dúo que formábamos: Yo, vestido con traje y sobretodo y mi amigo, en pijamas y envuelto en una frazada que le tapaba casi hasta la cabeza.

-Pero, ¿estás seguro, flaco? -dijo Ariel- Me parece que estás mirando muchas películas últimamente -bromeó.

-¡No jodas, che! Ya estoy bastante crecidito como para asustarme con los cuentos de brujas -dije indignado.

-¡Bueno! ¡Está bien! Era una broma. Esperá que me visto, traigo la linterna y vamos a ver  -sin esperar una respuesta, entró en su habitación.

Con la linterna en la mano y un palo en la otra, abrimos lentamente la puerta de la pieza del fondo. Ariel fue iluminando cosa por cosa. Había un poco de todo. Restos de muebles viejos, lámparas de pie ya herrumbradas, hasta una escupidera de porcelana con la manija rota.

-Esa, por la medida, debe ser de la Gallega  –bromeó Ariel- ¿Con qué sentarse tiene, no? Nada. Ya te lo dije Sergio, estás mirando muchas películas -siguió diciendo.

-¡Esperá! Algo se mueve. Apuntá para allí, más a la izquierda…

Nos miramos sin entender. En un ángulo de la pieza, debajo de una mesita de luz, estaba agachada una gallina. Ariel siguió recorriendo la pieza con la escasa luz de la linterna.

-¡Esto es insólito! -le dije a mi amigo.

Si algo restaba para colmar nuestro asombro fue descubrir a un grupo de gallinas, metidas en un viejo baúl tumbado en el piso, con sus colas ensangrentadas y que se arrastraban despidiendo un olor a podrido insoportable.

-No entiendo,  -dijo Ariel-  ¿A quién se le pudo ocurrir usar esta pieza para hacer un gallinero? ¡No puede ser! ¡Estamos todos locos! -aseguró indignado.

Fuente de la imagen

-Eso no sería nada, -dije.  ¿Y vos cómo explicás ese inaguantable olor a mierda? ¡Mirá que he visto gallineros en mi pueblo, pero como éste…, ninguno! Aquí pasa algo raro, Ariel. ¡Ese olor no es caquita de paloma! Seguimos recorriendo la pieza con la luz de la linterna. Nos acercamos cuanto pudimos a las que estaban en el piso. Aún se movían. Luchamos entre el miedo, el asco y la curiosidad. El último fue el sentimiento más fuerte y nos aproximamos lo suficiente para ver con claridad qué era lo que hacía que las gallinas se convulsionaran. El asombro llegó al paroxismo al comprobar que eran gusanos que les entraban y salían por el orificio anal en febril actividad.

-¡Te juro que no lo entiendo!,  -dijo Ariel. ¡Pellizcame, Sergio! -bromeó con el último vestigio de coraje que le quedaba. Nos miramos en silencio. No sabíamos qué pensar, en realidad.

-¡Ariel, -dije asustado- alumbráme bien aquí! O yo estoy loco o, me parece que estos bichos van creciendo a medida que entran y salen por el culo.

Mi amigo enfocó mejor al enjambre de gusanos que aprovechaban  el menor hueco para introducirse en el animal. No había sido una impresión. Efectivamente, esos cuerpos blandos y de movimiento contráctil, iban creciendo en la medida en que ingerían los restos sanguinolentos del interior del ave. Cuando ya habían alcanzado, unos seis o siete centímetros de longitud, comenzaban a estrangularse por la mitad de su cuerpo, hasta separarse en dos gusanos idénticos. Se iban multiplicando, formando una masa nauseabunda y ondulante, que intentaba con más ímpetu penetrar en el animal del que se nutrían.

Salimos al patio. Nos miramos sin entender con la impresión de estar frente a algo más complejo que simples gusanos: ¿Pero qué?…

-¡Estos hijos de puta  se las comen por dentro!  -dijo Ariel asustado.

-¿Te fijaste que las gallinas tienen los ojos vidriosos, como si estuvieran muertas, pero que aún pueden caminar?  -le respondí.

-¡Mirá!, -dijo Ariel- Me parece que lo mejor que podemos hacer es cerrar la puerta con el candado y llamar a alguien.

-¿Y a quién, Ariel? ¿Vos pensás que nos van a creer?

-¡No sé! ¡Llamemos a la policía! Que vengan a ver, que joder -dijo enojado por la necesidad de decir algo.

Cerramos la puerta con el candado. Nos metimos en la pieza de Ariel y llamamos al Comando Radioeléctrico de la Policía Federal.

-¿Operación gusanos? ¿Constitución? ¡Zona Liberada! QSL…Cambio…

Nadie nos creyó. Suponían que estábamos borrachos o, que en algo andaríamos. La mujer y los pibes de Ariel no sabían qué creer. Los tíos, que con el revuelo que armamos se habían levantado, dijeron por lo bajo: los muchachos se pasaron con algunas copitas y en fin…, dejaban la frase por la mitad del camino, cómo si con eso explicaran algo.

-¡Bueno!, -les dijo Ariel- ¡Ya qué nadie nos cree y son todos tan cojuditos como parece, ¿porqué no van ustedes mismos para ver si es cierto?

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire sacudiendo al auditorio. Aunque todos desconfiaban, ninguno tenía tanto valor como para ser el primero. Era preferible quedarse con la duda. Cuando parecía que nadie iba a hacer el intento, el tío dijo con la voz entrecortada por la indignación:

-¡Que joder! ¡A ver si creen que me van a asustar con cosas de pendejos!

Dio media vuelta, tomó la linterna y enfiló hacia el fondo del conventillo. Detrás de Don Ignacio, como atraídos por un imán, marchó el resto de la familia. Incluso la Gallega, que con tanto ruido se había despertado y vino a chusmear qué pasaba.

Salí en último lugar. Miré hacia la pieza y me di cuenta que la puerta estaba abierta. Se los dije pero nadie pareció escucharme. Cuando estaba a mitad de camino, vi que desde allí y en dirección contraria a la mía, caminaba un hombre de mediana estatura. Yo no lo conocía pero me dio la impresión de pertenecer al conventillo.

Al pasar a mi lado cruzó sin saludar y sin hacer el menor gesto que indicara haberme visto. Quizás fue el estado de nerviosismo o el terror que yo sentía pero, tuve la extraña sensación de que estaba muerto. Un fuerte olor a podrido invadió el patio. No lo quise creer y seguí a los otros. Cuando llegué a la piecita, alcancé aún a ver como los últimos entraban en ella. Algo me detuvo. No me atreví a enfrentarme nuevamente con aquello. Sin saber por qué, retrocedí. Frente a la pieza, se hallaban alineadas las cocinas del conventillo; vi la puerta abierta en una de ellas y entré.

El corazón me dio un salto. Al borde de la mesa estaba sentada la hija de Ariel con la cabecita gacha y, en su regazo, acunaba una muñeca de trapo con la camiseta de Boca.

-¡Eva!, -le dije casi en un grito-. ¿Qué hacés aquí? ¿Y mamá? -al instante recordé que a las dos las había visto salir detrás de los abuelos y los padres, pero en la cocina estaba solamente Eva, Julia estaría con Ariel.

Quise besarla y ella levantó su cabecita. Me quedé inmóvil. El mismo olor volvía a descomponerme. Era absurdo, un grotesco y satánico absurdo. Seguí mis impulsos tomando sus manitas entre las mías y grité. Grité como un loco. Grité de terror con las últimas fuerzas que me quedaban. Grité. Salí corriendo de la cocina en dirección a la pieza donde había empezado todo:

-¡Está helada, Ariel. Helada como un muerto y aún!… -me quedé paralizado por el espanto. Sentados en el suelo, estaban Ariel y su familia. Todos quietos, mudos, con los ojos vidriosos y la mirada fija del que no ve, en silencio y ese olor…

-¡Ese olor! ¡Dios mío, ese olor!…

*** Daniel Omar Granda ***

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