NUEVE LUNAS (229)

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Su familia no aceptaba nuestras relaciones. Absurdas diferencias  étnicas y religiosas se anteponían a nuestro afecto. Sara pidió la comunicación, para dejar conforme a sus  padres. Gabriel, el conserje del hotel, aseguró que en instantes conectaba con el número solicitado.

Abrí la ducha y me metí dentro. Hacía años que conocía a Sara y siglos que la amaba. Disgustado por esta situación absurda, empecé a enjabonarme. La suite era realmente confortable, con todas las comodidades y el status que exige la vida moderna. Me dejaba satisfecho. Su ingreso en la ducha también. Era un juego y es tan hermoso disfrutar de un juego compartido. Recorrer lentamente su geografía me transportaba hacia mundos aún inhabitados. Beber en su piel como en un claro arroyo. Agotar las formas y las reformas. Andar nuevos caminos enancado en la esperanza. Desandar los sueños de la mano de sus ojos.

Desde el frigo-bar le ofrecí una copa que aceptó en silencio. La observé atentamente. Cómo un águila al acecho, comencé a volarla en círculos, reconociendo el terreno. Sus ojos, sus hombros, sus caderas, sus pies diminutos, su otro costado y otra vez  su mirada. Me pongo en camino y me poso en los hombros. De un salto feroz me convierto en  lobo estepario y me agazapo. Midiendo mis pasos desciendo la sabana de su espalda. Me aventuro en las caderas y su costado, escondiéndome de un salto en  la hondonada de sus senos.

Desde allí observo sus movimientos. Dispuesto a destruirte de un zarpazo y devorarte y relamerme, luego me abalanzo. Convertido ya en viento, te penetro. Recorro una por una, tus cavernas y misterios. Navego en dulce río que de pronto se convierte en lava ardiente y nos funde en el infierno. El Caronte atrevido me rescata a tiempo. Y desciendo por tus piernas níveas hacia otros cielos. Te observo y  en silencio…, otra vez te sobrevuelo como un águila al acecho.

El Diario de Noah Fuente de la imagen

Me serví una cerveza, mientras Sara se daba una ducha. Aproveché para llamar al conserje y pedirle que nos reservara una mesa íntima en el restaurante del hotel. Como cualquier sábado, era noche de gala.  El dueño del hotel, atendía a los comensales como un maître efectivo y con oficio. Jesús -el mozo- nos trajo de entrada un exquisito jamón glasé con ananás y cerezas al maraschino. Unas estupendas fetas de jamón serrano de medio centímetro de grosor, glaseadas con azúcar y saltadas en manteca. Descubría con Sara un nuevo Malbec de una desconocida bodega mendocina. Percibíamos su aroma suavemente frutado, su estructura aterciopelada y la persistencia del sabor en nuestras bocas, casi como nuestro amor. Jesús arremetió de nuevo con un Lomo Strogonoff y un Carré de cerdo a la Mostaza. El lomo servido con un timbal de arroz y una salsa a la páprika con crema de leche y abundantes champiñones. El carré, saltado en una salsa de crema de leche, mostaza, puntas de espárragos y servidos con papas noisettes milanesadas, que según me aclaró Carlos, el cheff del hotel, se llama Risoll.

A pesar de ubicarnos en una mesa discreta, sobre uno de los costados del salón, fue virtualmente imposible resistirse a la invitación del anfitrión. Una copa de champagne para concluir la agradable velada.Sara y yo, nos hundimos otra vez en los sueños y en nuestras esperanzas. Ya tarde, nos retiramos a la habitación, donde intentamos descansar de los otros.

Durante el desayuno, realmente me sorprendió. No lo esperaba. Sobre una servilleta,  dibujó una cuna que me paralizó el corazón. Estaba embarazada. Y entonces recordé aquellos hermosos versos del poeta santafesino José Pedroni:

“Mujer, en un silencio que me sabrá a ternuras // durante nueve lunas crecerá tu cintura; // y en el mes de la siega tendrás color de espiga, // vestirás simplemente y andarás con fatiga. […] // Un día, un dulce día con manso sufrimiento, // te romperás cargada como una rama al viento, // y será el regocijo de besarte las manos, // y de hallar en el hijo // tu misma frente simple, tu boca, tu mirada, // Y un poco de mis ojos, un poco, casi nada…

Mi felicidad fue indescriptible. Ahora siendo tres, como la santísima trinidad, no existirán las fronteras que pudieran detenernos y mucho menos intentar tan siquiera separarnos.

*** Daniel Omar Granda ***

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