EL CONCURSO (226)

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Recuerdo cuándo y cómo pasó, pero nunca imaginé que fuera a sentir tanto terror al mismo tiempo. En aquel verano resultaba alentador cambiar de aire. Con Josefina habíamos probado todo, menos vivir en el campo.  Nuestro trabajo como investigadores universitarios nos alentaba. La Universidad Tecnológica nos encargó desarrollar un fertilizante químico que sirviera para los vegetales, aptos para el consumo humano, y para el forraje de los animales. Indudablemente, la tierra ya no daba para más. Se agotaba y era necesaria una solución rápida. 

Al principio nos costó adaptarnos a la falta de comodidades de la gran ciudad, pero de a poco lo fuimos aceptando. Josefina salía a hacer las compras por la mañana y se relacionaba con los nuevos vecinos mientras que yo;  típica rata, me encerraba horas y horas en el laboratorio investigando. Por la noche, salía a caminar hasta el arroyo que corría por detrás de la casa. La quietud del campo, los incansables grillos, la destellante luminosidad de las luciérnagas y sobre todo, el silencio, me reconfortaban. Acordé con Josefina en colaborar. Una de las cosas que me atrajo de inmediato, fue la posibilidad de observar de cerca los raros fenómenos que se daban en la zona y que no coincidían con lo que se pudiese evaluar como naturales. En alguna de las recorridas, junto a mi mujer, por las granjas vecinas me llamó la atención el celo profesional con que ocultaban los plantíos de vegetales y los de insignificantes hortalizas.

Julián por ejemplo, no sembraba «sus zanahorias» al aire libre como todo el mundo. No, él lo hacía con el mayor de los cuidados, dentro de un galpón al que le desmontó parte de su techado de zinc. Contaba además, con un sistema de riego artificial de su propia invención, que me resultó ingenioso. Cuando indagué sobre las razones de tamaño esfuerzo, confesó que intentaba ganar ese año el premio al mejor agricultor, justificado por las dimensiones que había logrado con sus hortalizas. En un arranque de confianza me llevó al galpón y me mostró parte de su secreto; era evidente que necesitaba contárselo a alguien. Yo no podía dar crédito a lo que veía. Julián puso en mis manos una zanahoria del tamaño de una sandía, mientras me confesaba que aún no estaba satisfecho. No creía lo que estaba viendo, pero Julián contestó de inmediato  a todas mis preguntas y entonces, pude saber, del secreto compartido por toda la comunidad. Era un abono natural, que usaban en sus siembras y, que elaboraban sobre la base de la maceración de un hongo silvestre, que crecía en la zona.

Me mostró, paso por paso el procedimiento y,  fui tomando muestras para mi investigación. Como contrapartida, Julián pidió que comprometiera mi ayuda científica para aprovechar mejor sus esfuerzos. Aunque resultó difícil, otros granjeros accedieron también a mostrarme sus propios adelantos y así pude ver frutos, legumbres y hortalizas de los tamaños más descomunales que se pudieran imaginar. Tomates que alcanzaban para darle de comer a una familia entera, hojas de lechuga que parecían palmeras, rabanitos del tamaño de una pera. Todos guardaban celosamente el secreto de aquel hongo; pero la necesidad de hablar con alguien, los hacía competir entre ellos para ver quién lograba ese año los mejores resultados.

Fuente de la imagen

Me puse a trabajar de inmediato, en mi laboratorio, con las muestras que pude recoger. A diario, la visita interesada de algún vecino, nos servía como nuevos datos para la investigación. En menos de una semana tuve sobre la mesa de trabajo, todas las variedades de hongos que crecían por la zona. Lo primero que intenté, fue comprender su composición molecular y el proceso químico que desataban. Después de varios fracasos, logré estabilizarlo y pasé a la siguiente fase: reproducir químicamente a ese prodigio. A medida que lograba algún avance, experimentaba de inmediato en la huerta del vecino. A veces obtuve buenos resultados, otras no tanto. Seguí trabajando hasta aquel día, que no se cómo sucedió.

Le llevaba a Julián un frasco, con un concentrado para abonar una hectárea sembrada de arroz, cuando me enredé con las hojas de una planta rastrera y al caer, derramé el líquido sobre la tierra. A pesar de eso, volví al laboratorio y reinicié mi trabajo. Meses después, vino el dichoso concurso. Como vecino con cierto prestigio y sobre todo, no comprometido con la producción en forma directa, fuimos convocados junto a Josefina para ser jurado. Casi no podíamos creer el fruto de nuestro trabajo. Se tuvo que habilitar un enorme galpón para que los granjeros expusieran sus creaturas.

Chauchas enormes como arcos de flechas, tomates pulposos que no entraban en la caja de una camioneta; pepinos del tamaño de un palo borracho; zapallitos como zapallos y zapallos como carrozas de Cenicienta. Realmente era imposible decidir, hasta que llegó Julián haciendo sonar la bocina de su tractor, nos convocó a todos afuera del galpón donde se desarrollaba el concurso. Ante la mirada atónita del pueblo, y con la ayuda de un complicado sistema de rampas y palancas para empujar, hizo descender de la caja playa de su acoplado una enorme papa, que al caer al suelo, hizo vibrar la tierra.

No se podía creer. En silencio y con una admiración cercana al pánico, fuimos rodeando esa papa tratando de comprobar si no era un artificio. Al palparla, sentí que aún estaba viva y que el proceso de crecimiento no se había detenido. Aparté a Julián y se lo hice saber, pero era tal el nivel de excitación que tenía, que ni me escuchó. Se sabía ganador de aquel delirante certamen y fue entonces, cuando sucedió.

Un vecino, mortalmente asustado, voceaba a los gritos que había que abandonar rápidamente el pueblo, porque la tierra se había vuelto loca.  A una velocidad increíble y desde la granja de Julián, una planta rastrera crecía y crecía floreciendo en enormes papas que rajaban la tierra y que se erguían como montañas destruyendo todo a su paso. La Iglesia había desaparecido de repente, o mejor dicho, se la veía enclavada sobre el lomo de una descomunal papa que le nació por debajo. El camino principal ya estaba cortado en varios lugares y las enormes hojas, las ramas como árboles y las papas mismas, avanzaban sin remedio. El pánico se apoderó de la gente. Sin esperar el resultado del concurso, todos trataron de llegar a sus granjas para rescatar algo y abandonar la zona. Julián, aturdido, se sentó al pie de su papa que seguía creciendo sin la menor intención de detenerse. Tuve que sacudirlo porque no reaccionaba y así, obligarlo a salvarse. 

Realmente fue aterrador, indescriptible, apocalíptico, diabólico. Nunca quise volver por San José, ni saber de sus hongos, ni de sus experimentos, ni de sus rarezas. Nunca quise volver. Por eso recuerdo cuando y como pasó, lo que aún no pude superar es el terror que sentí en aquel momento.

*** Daniel Omar Granda ***

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