LA SOMBRA DE LIOVA (209)

4.6
(24)

Federico sintió como un cachetazo el desamparo de ese lugar mientras que Aarón, solidario, se retrajo de inmediato en las imágenes de su propia pobreza. La sombra de Liova era cada vez más evidente. Cuanto más cerca estaban de conocer el final de aquel pobre viejo, sentían que se alejaban de las verdaderas razones que pudieron haberlo llevado a desaparecer de esa manera.

Liova era uno de esos seres queribles sin demasiados esfuerzos. No porque en él fuera todo inocencia o culpa reprimida, sino por su destino de soledad. En su azarosa vida sobrevivió a los oficios más disparatados, hasta navegar por los mares del mundo en su época de mayor gloria. Ferroviario, canillita, ciruja, cartonero, panadero, raschín, estibador, marinero de agua dulce y sobre el final, otra vez volvió a mirar la vida desde los zapatos ajenos, haciéndolos brillar mientras silbaba aquella vieja mazurca. Liova era parte del paisaje portuario del Dock Sud. Fuera del tiempo que estuvo embarcado, vivió el resto de sus días al amparo de los muelles y de su mala estrella. Es cierto que alguna vez fue feliz bajo el embrujo de los techos de chapa del conventillo, en donde ahora, Federico y Aarón buscaban una respuesta.

Los chicos del barrio lo amaban sin condiciones. Se reunían al atardecer, bajo la parra del patio interior, para escuchar sus historias de guerras y mares lejanos que  encendían el fuego de la aventura en sus cabecitas enmarañadas. Liova disfrutaba a rabiar del brillo asombrado de ese mar de ojos navegando en mocos desparramados con la manga de la camisa, mientras intentaban descubrir si el Viejo les mentía. Otras veces, simplemente se dejaban atrapar por ese mundo de fábulas que les tejía. Era un juego casi sacro el que jugaban; Liova y los chicos que tarde a tarde lo rodeaban.

Cuando el viejo detenía a propósito su relato, jugando con la ansiedad del auditorio, sentía la respiración agitada pero apenas perceptible de los muchachos que esperaban, pacientemente, su inevitable descanso para retomar el hilo de la historia. Entonces, Liova, los miraba suavemente desde sus blandos ojos azules y sin prisas, como recordando detalles imprescindibles para el cuento que recién parecía recordar, retomaba el hilo de la narración deliberadamente interrumpida. Más de una vez su silencio tardaba demasiado y algún mocoso carraspeaba ostentosamente, increpándolo con un…

– ¿Y, don…?.

Liova aceptaba el juego y les decía:

– ¡Ya va, ya va…, no me apuren si me quieren sacar bueno!.

Fuente de la imagen

Este ritual vespertino duró exactamente hasta aquella tarde en que vino el nuevo. Era un chico como los otros, casi un calco. Pantalones rotos en las rodillas, camisa remendada, zapatillas desflecadas de tanto andar pateando latas y miseria. Igual, excepto en la mirada. Rubio ceniciento y de ojos muy azules como Liova. Hablaba poco; o mejor dicho, nada. Era nuevo en el barrio y decían que vivía con su mamá en la villa nueva, detrás de la canchita. En las mañanas, muy temprano, se lo veía por la avenida repartiendo los diarios del quiosco de don Pepe. A veces, aprovechaba el rojo de los semáforos y pedía alguna que otra moneda. Un hijo más de la calle y la pobreza.

Había quienes afirmaban que venían de la villa 31, de Retiro, y que su mamá estaba muy enferma. Quizás, el Viejo sospechó algo, le preguntó su nombre y se quedó en silencio. Cuando todos se fueron, Liova retuvo al Rusito un rato más y después, sin decir nada, lo acompañó hasta su casilla.

Al día siguiente, al atardecer, el Viejo faltó a la cita y nadie lo había visto por el conventillo. Le preguntaron a los vecinos pero nada. Al otro día, los chicos siguieron con el mismo ritual. Y al otro, y al otro. Se lo había tragado la tierra. Lo buscaron por todos lados, pero ninguno les supo dar alguna pista. Desapareció de repente. Era un misterio casi tan increíble como sus propias historias.

Es por eso que Federico y Aarón forzaron la puerta de chapa y entraron a la pieza del Viejo. Querían saber. La primera impresión fue de respeto por sus cosas. En su humilde ropero, colgaba aquella raída chaqueta azul donde aún se podía ver el nombre del último carguero que lo llevó en sus entrañas. Un  sobretodo gris del ferrocarril y un par de camisetas de abrigo eran todas sus pertenencias.

Sobre la cama, sin desarmar, un poncho desflecado hablaba de su paso por la pampa conchabado en alguna estancia para todo servicio. En la humilde mesa de madera, el primus, un par de ollitas sin las tapas y la pava con el mate extrañando su presencia. No era mucho. Lo único que les llamó la atención, fue la caja de zapatos atada con una cinta que alguna vez fue roja. Adentro, los recortes de algún diario y un manojo de viejas fotos manoseadas hasta el cansancio. Entonces entendieron.

En una foto amarilla por el tiempo, se podía ver a Liova sonriente abrazado a una muchacha tiernamente. En sus brazos, una niña rubia con trencitas, había heredado el azul intenso de sus ojos a juzgar por lo claro del retrato. Quizás era la misma que se estaba muriendo en la villa nueva, detrás de la canchita.

El Rusito tomó al abuelo de la mano mientras Liova le contaba, otra vez,  de las luchas pasadas en aquel San Petersburgo lejano. 

*** Daniel Omar Granda ***

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