ESTRELLAS DESPISTADAS [JSCQ] (271)

Tejemos sueños que no han visto nunca nadie más.
Nuestras miradas a muchos les suelen inquietar.
Creo que hay algo más, aún se puede hacer más.

Estrella despistada por nosotros no dejes de brillar.
Ni el nombre de las olas dejará de recordar el mar.
Queremos hacer más, por quien si nos sepa valorar…

Sé que tú y yo, somos tan inmensos…
¿Por qué tanto cuento si compartimos el mismo viento?
Ese mismo viento que siempre soplará a nuestro favor.

Maletas llenas de recuerdos, nostalgia y pundonor.
Con tan poco equipaje sigue el paso que detrás iré yo.

Tejemos sueños que no han visto nunca nadie más.
Somos ventanas abiertas que no han logrado cerrar.
No nos podrán parar. Valemos mucho, mucho más.

Si encuentras el camino no se te olvide regresar.
Crecemos fuertes como larga crece la oscuridad.
Habrá que reinventar mil maneras de llegar…

Marta, Joaquín y María Rodríguez Arranz. Fuente de la imagen

Sé que tú y yo, somos tan inmensos…
¿Por qué tanto cuento si compartimos el mismo viento?
Ese mismo viento que siempre soplará a nuestro favor.

Maletas llenas de recuerdos, nostalgia y pundonor.
Con tan poco equipaje sigue el paso que detrás sigo yo.

Siempre, tú y yo…

Fuente del vídeo

Sé que tú y yo, somos tan inmensos…
¿Por qué tanto cuento si compartimos el mismo viento?
Ese mismo viento que siempre soplará a nuestro favor.

Maletas llenas de recuerdos, nostalgia y pundonor.
Habrá que reinventarse, hay mil maneras de llegar…

Siempre, siempre, tú y yo. Si nos guía el mismo viento.
Ese mismo viento que siempre sopla a nuestro favor.
Maletas llenas de recuerdos, nostalgia y olor a alcanfor.
Habrá que reinventarse, aún hay mil maneras de llegar…

Crecemos fuertes como larga crece la oscuridad.
Habrá que reinventarse, hay mil maneras de llegar…
de llegar a encontrar el camino a la eternidad.

Siempre, tú y yo…

*ICARO©

*Son poc@s pero son muy grandes. Mucho se podría decir de ell@s, pero nos faltarían las alabanzas, las buenas palabras, etc. Mucha gente les critica, muchos les juzgan, etc. A muchas de estas personas que, se meten sin razón en la vida de los demás, les deberían mantener la boca cerrada.

Nunca juzgues sin que te den una razón para demostrar lo que vales.

LABERINTO (269)

Pesado como el cemento
siento el cansancio de mis ojos tristes.
Los párpados se caen y no me dejan ver
qué sigue en el camino.
Apenas diviso sombras, ráfagas de viento helado
colándose entre las ramas,
bultos informes,
de lo que supongo:

Fuente de la imagen

Hombres,
árboles,
animales,
cosas
que simplemente se cruzan sin un sentido aparente.
“Por las noches, duerme con tu cabeza hacia el norte,
para saber hacia dónde ir por las mañanas”.
Lo aprendí en la niñez, cuando aún tenía
los ojos brillantes con los colores del asombro.
Probablemente un mal sueño,
una pesadilla,
o simplemente el destino quiso torcerme el rumbo
hundiéndome en este laberinto interminable.

*** Daniel Omar Granda ***

EN ALGÚN LUGAR DEL LABERINTO (248)

Fuente de la imagen

Desde aquí se avista un amplio pasillo.
El andar, inválido, absorto por esquinas sombrías.
Me quedo, mirando hacia arriba; esperando.
Pensando en las carencias para marcharme.
Me quiero ir, pero el cuerpo es desobediente.
Sé que tengo que salir.

En el bolsillo hay monedas para un deseo.
Falta la fuente, ojalá hubiera una.
Mis manos empuñadas, alrededor es frio. 
Infortunio violento, no puedo escalar hacia la cima. 
Las dudas juegan todas rodeándome, las escucho.
Sé que tengo que salir, pero ¿cómo?

Estoy perdido, perdiéndome, perdiendo.
¿Las paredes se encogen o me he inflado?
No distingo, mirando cómo la oscuridad respira.
Mantengo distancia retrocediendo.
Este refugio es un punto de salida, lo sé.
Cuán tarde es, que mi cuerpo lo avisa.

Por fuera el laberinto es un juego.
Aquí, desubicado, son las entrañas de una bestia.
Resuenan a veces las paredes como un derribo.
Como un dolor o el hambre vieja.
Espero que yo le esté doliendo, y se revuelque.
Si no salgo, que se muera conmigo.

Tengo un cementerio de rezos en una esquina.
En otra, toda mi vida entre telarañas.
En las últimas dos es de noche desde que llegué.
Anhelo dormir para soñar con la intemperie.
Pero me aterra, no sé qué depara el maldito pasillo.
He estado pensando desmedido, tengo que salir.

Este cuerpo ahora es una desventaja.
Mis piernas piden contraseña para avanzar.
He perdido el control de lo que soy.
Encarno la somatización del miedo.
No hay opción, más que permanecer aquí.
Hasta lo inevitable; sé que puedo salir.

La oscuridad es un rumor.
Desde aquí se ve como morisqueta solemne.
Burlesca sombra, cortina de los silencios.
Atravesarla como si fuera humo, muero.
Acuchillarla con mi presencia, profundo.
Frente a ella, perplejo, fluctúo en mayúscula.

Trago saliva mirando hacia el pasillo.
Los riesgos y monstruos que me esperan,
pueden ser peores que estos que me esclavizan. 
Llevo demasiado a espaldas para remolcar. 
Tengo la respuesta. Debo irme, pero quiero escapar.
Aún así, sigo improvisando en algún lugar del laberinto.

*# Carlos Arturo / Caco #*

SUFRIR SIN SENTIDO (228)

Fuego intenso que quema,
brisa del mar entre la gente.
Luna que se apaga en la noche
viendo tu cuerpo resplandecer.

Querer vivir sin agua
cuando tienes sed.
Querer vivir sin alma
porque te la han robado.

Sufrir sin sentido por un amor
que no está, que se ha escapado.
Que entre las sombras del anochecer
te dejó sin un solo suspiro.

Quemarte en un fuego
que se ha apagado,
quedarse en una esquina
sin un mínimo consuelo.

Apagarse poco a poco
sin un consuelo a tu lado,
Derrumbarse como pared
de casa abandonada.

Sentimientos que duelen
sin ser calmados con nada.
Lágrimas de una mirada apagada
pidiendo que se la llevaran.

Ana M. Quintana

EL PÍCNIC DE PRIMAVERA (213)

Lucía estaba nerviosa porque llegaban tarde. El viernes, habían arreglado en el club que Joaquín, su hermano, alquilaría el colectivo para el picnic de la primavera. Ella sabía que si se encargaba Joaquín, algo iba a salir mal. Sonaba el teléfono y dejó el rubor y el lápiz labial sobre la cómoda del dormitorio de los padres.

– ¡Hola Roberto!  -dijo Lucía-  ruborizándose, cuando le conoció la voz.

Sí, yo ya estoy casi lista, pero Joaquín no apareció y estoy preocupada. Seguro que algo pasó.

– No te preocupes Lucía, tu hermano siempre encuentra la solución, aunque tenga que escarbar cielo y tierra.

– ¡Si, vos defendelo! Los hombres son todos iguales. ¡Mirá, si Joaquín se sale con una de las suyas, me va a escuchar! ¡Te juro que esta vez, me va a escuchar!

– Bueno, no te pongas mal. Nosotros los esperamos en la puerta del club. Ya están casi todos, así que cuando aparezca Joaquín, se vienen para acá. ¡Chau! -dijo y se despidió de ella. Lucía, visiblemente nerviosa, colgó el auricular. Retornó a las pinturas y se retocó el rubor. Guardó todo en el bolsito de mano que siempre llevaba consigo y se sumergió en la cocina para verificar que la vianda que le habían preparado fuera suficiente. Estaba contando los sandwiches de milanesas, cuando escuchó la bocina.

Apresuradamente, dejó la contabilidad de las vituallas, rearmó la canasta tal como estaba y salió. Casi se cae de espaldas. Sonriente, haciéndole señas desde la escalerilla de la bañadera «El arca de Noé», estaba su hermano. La bañadera, era un viejo colectivo al que le habían cortado el techo, para que los pasajeros disfrutaran el paisaje en plenitud, totalmente al aire libre.

– ¡Y qué querés, es lo único que encontré! – dijo a modo de saludo.

Tentada a reírse y desfigurada por los nervios que tenía, subió al arca de Noé.

Fuente de la imagen

– Dale, Chicho, arrancá  -indicó Joaquín al chofer, cuando hubo comprobado que su hermana estaba a salvo. Roja por la vergüenza y la ira, Lucía lo increpó:

– ¡Vos estás loco, tarambana. No era que ibas a alquilar un colectivo y te venís con…, esto!  ¡Con el colectivo más viejo que había en Buenos Aires!

– ¡Ufa, ché! A la final, uno quiere quedar bien con los amigos y te la pasas rezongando.

– ¡Yo sabía, yo sabía! – repetía como una letanía Lucía. Como ya no había remedio, sin hacer caso del murmullo de la hermana, pusieron proa hacia el club de barrio, donde esperaban los otros. Al llegar, Joaquín insistió:

– ¡Dale Chicho, hacé sonar la bocina!  Y un estruendoso mugido de vaca afónica, pareció salir del motor.

Los muchachos de la barra no lo podían creer. Ya casi habían desaparecido las bañaderas y era muy difícil llegar a conseguir una para hacer un paseo en grupo.

– ¡De dónde sacaste este aparato, perejil! – le gritó Hugo en forma de saludo.

– ¿Es nuevo, no?  – bromeó Evaristo acomodando sus cosas.

Las chicas no sabían que pensar. Se sentían ridículas yendo a un picnic con semejante vehículo. Chichita, que siempre filosofaba más allá de lo tolerable, sentenció:

– Es el destino y el destino no se puede evitar…

Roberto, encantado con la ocurrencia del que esperaba sea su cuñado, le dijo a Lucía:

– ¡Está bárbaro, para no acalorarnos, pero eso sí; no nos vamos a poder escabullir en los asientos! –afirmó guiñándole un ojo a su novia.

Ella se puso roja y luego viró hacia el violeta. Cuando estaba por estallar, revoleándole las vituallas por la cabeza del atrevido pretendiente, Joaquín, imitando a los viejos guardias del ferrocarril, vociferó:

– ¡Vamonnosss! Y finalmente, todos rieron por la ocurrencia.

Realmente el trayecto hasta los bosques de Palermo fue divertido. No había forma de que los sombreros y los pañuelos de cabeza se quedaran en su lugar. Se movía tanto la bañadera, que era tarea difícil pretender trasladarse de un asiento a otro, a riesgo de pegarse un buen golpe. Cuando ya nos estábamos acostumbrando al traqueteo; don Chicho, indicó:

– Bueno, muchachos. Llegamos…

Todos bajaron a los empujones y al mismo tiempo. Ya en el trayecto se empezaron a vislumbrar las parejitas, pero en el parque, cada uno buscaba su acompañante para sentarse cerca. Chichita, siempre eficiente, los organizó como era su costumbre y no había nadie que pudiera torcerle el brazo de mandona insoportable:

– Pongamos todas las canastas juntas, así cuando sea la hora de almorzar, compartimos  las cosas que trajimos.

– Yo todo lo que traje, es hambre. – señaló timidamente Nahuel.

Los chicos con la pelota y las chicas con las confidencias al aire libre, hicieron que la mañana pasara rapidísimo. A la hora del almuerzo, las bromas de siempre. El sandwich compartido iniciaba un ritual. Joaquín se atragantó con un huevo duro y hubo que golpearlo en la espalda para que reaccione.

– ¡San Blas, San Blas! – le decía Lucía mientras lo golpeaba en la espalda.

– ¡Ma’ que San Blas, ni ocho cuarto! –dijo el atorrante de Joaquín con un hilo de voz-  ¡Se me atragantaron lo huevo, se me atragantaron!

A la hora de la fruta, la charla se hizo profunda.

– ¿Qué es el amor? – preguntó Lucía.

– Para mí, es compromiso -aseguró Roberto.

– Yo creo que es amistad, compañerismo, entre otras cosas- dijo Hugo.

– Yo sin embargo, afirmo categóricamente que «el amor es una novela incompleta, con una página arrancada por la mano de la desesperación», aseguró Chichita demostrando sus lecturas  y todos se quedaron perplejos, sin respuestas.

– Lo lamento, mi estimado auditorio  -copó la banca Evaristo- pero el amor es como la vida: Es una milonga y hay que saberla bailar…, ¡Chan chan!, concluyó.

Y en medio de las carcajadas por la ocurrencia de Evaristo, se escuchó la voz de Cecilia, una rubia despampanante por la que todos se babeaban y a la que nadie tenía acceso, diciendo: – Tenés razón, loquito, vamos a festejar…

Y ya don Chicho, estaba haciendo sonar el grabador a cinta, desde donde Palito Ortega cantaba a voz en cuello: – Vuelve, vuelve primavera…

*** Daniel Omar Granda ***

INTENTAR ARREGLAR LO INEVITABLE (178)

Llevo horas mirando el teléfono queriendo decir y sin poder parar de llorar. Debes pensar que para mi es fácil abrirme pero en realidad no lo es, no le cuento mis cosas a nadie. Además, no sé ni qué coño podría contar. Cuento cosas sueltas a la gente, y me como muchas broncas por todas partes. Contigo era fácil, me salía natural, había una conexión al principio que…

No sé, pero cada vez me cuesta más. Me aterra, tengo mucho miedo cuando quedo contigo, en serio… es raro, creo que va pasar algo, no sé cómo decirlo. También siento que hay un muro. Desde hace un par de meses noto como cada vez quieres alejarme más, me siento horrible de verdad y se me pasan muchas locuras por la cabeza. Apenas hablas, no quieres quedar, estás muy seco… Al menos, antes había algo físico, ahora hasta si quiero un abrazo de mierda tengo que pedírtelo.

Una vez me dijiste que daba cosas por sentado, lo cierto es que estoy intentando tener la mente abierta con respecto a ti y a lo nuestro desde el minuto uno, pero siempre acabo escaldada. Intento decirte como me siento pero tampoco puedo, depende del día me siento bien o como una mierda, siento que te importo o me siento usada, creo que quizás espero demasiado, y que en el fondo no me puedes dar respuestas a nada de lo que te pido o de lo que te pregunto porque la realidad es diferente para ti que para mi. Que en verdad por mucho que digas que te cuesta expresar tus sentimientos, es que no hay nada que expresar. Yo soy el vacío, algo que hay enfrente que mientras no se te cruce no molesta, indiferencia personificada. Pero que si se te cruza… Hay que quitarlo del camino. Por eso eres pasivo agresivo conmigo.

Fuente de la imagen

No te pido que me digas todo lo que sientes o lo que se te pasa por la cabeza conmigo, tampoco lo pretendo, y podría resultarme demasiado duro oírlo, pero al menos ser un poco sincero. Yo lo he intentado, no te he dicho todo lo que tengo dentro, pero si te he dicho que estoy hecha un lío, en parte porque ya doy por hecho lo que tú tienes por dentro. Cuando una persona no piensa en una cosa es porque no le importa y punto. No se puede dar más vueltas, es imposible…

*[- Lathgertha -]*

UN SUEÑO ETÉREO [COMPLETO] (161)

Quisiera contar una vivencia basada en hechos reales. No estoy muy seguro, pero creo que fue en el verano del 2003, en Gijón, en pleno agosto. Un agosto muy caluroso. De la calle no logro acordarme. Me costaba hasta escribirla. Del nombre de ella, sí. Concepción se llamaba y, de oficio, bruja.

Tengo una amiga que cree en todo cuanto se pueda creer. Creyente a más no poder. Mitomaníaca, supersticiosa y devota compulsiva. Se moriría si se le cruzara un gato negro, sin ser capaz de remediar algo pronto para deshacer el entuerto. No pasa por debajo de las escaleras apoyadas en la pared. Creo que, incluso, no pasa ni por las que están cerradas y en el suelo. Se levanta con el pie derecho siempre y reza cada vez que sus pies tocan la calle. Como si en casa no le fuese a pasar nada malo. Lleva consigo todo tipo de amuletos “mágicos” para ahuyentar todo mal de su lado. Llega a irritarte con su mirada inquieta, cuando no te quita ojo de encima, para ver lo que haces o dejas de hacer. Resulta molesta a veces pero se le acaba cogiendo cariño. Tiene otro tipo de cualidades que le hacen innata. Me ayudó en momentos clave de mi vida y, por muchas rarezas que tenga, me gusta como es. Sabe de sobra que yo no creo en esas estupideces. Con la suerte se tropieza de vez en cuando y que, cuando algo malo te pasa, es porque algo mejor está a punto de cruzarse en tu camino.

Pues bien. Aquel sábado caluroso de agosto no había nada bueno que hacer. Lo primero, pisamos la Feria de Muestras a una hora muy prudente y, cuando empezó a apretar bien el sol, salimos de aquella ratonera y fuimos directos a tomar unas cervezas a una terraza, a orilla del Piles, lindando con Somió. Por la tarde, ella había quedado en un gabinete de esoterismo, con una de esas que se hacen llamar brujas. Accedí a acompañarla, no me lo podía perder por nada del mundo. Me debatía entre pasar calor o reírme un rato, no lo dudé ni un instante. La cuestión era echar las cartas y pasar el agua, porque algo malo le estaba pasando. O eso afirmaba. Llevaba unas semanas muy malas y no había manera de quitarse el supuesto mal de ojo que le habían echado. Aparcamos el coche en El Molinón y decidimos ir caminando. Mala idea. Demasiado largo el camino, mucho sol y poco dinero en el bolsillo para refrescar la garganta. El trayecto, poco alentador. Las “batallitas” que me iba contando amargaban mis pasos. De repente, me dijo: “aquí es”. Una luz se me iluminó.

Respiré lentamente y esbocé una sonrisa, antes de meterme en aquel sombrío portal. El aire era fresquito allí dentro, pero no disponía de ascensor y encima era un quinto piso. Supuse que, al ir a ver a una bruja, era lo normal el vivir lo más cerca posible del tejado. Para qué quería un garaje, pudiendo usar la escoba para moverse por la ciudad… La luz de la escalera se nos apagaba casi en cada piso. Qué ganas de llegar al quinto… Si todas las puertas de las viviendas, disponían de un timbre normal y corriente, ésta no iba a ser tan vulgar. A falta de timbre, en la puerta colgaba una mano sujetando una bola, de algo parecido al cobre, pero roñoso. Saqué la mano del bolsillo y me decidí a dar con fuerza a la puerta. Que se imaginase la bruja qué tipo de gente era la que llegaba a su casa. Gente con decisión y sin miedo. Todo mentira. Si mi amiga estaba acojonada, yo creo que más, pero solamente respiraba cierto respeto. Aquel sitio me ponía los pelos de punta. Menudo antro de perdición, ni en las mejores películas se encontraba algo así. Golpeé la puerta, si no recuerdo mal, unas cinco veces. Una por cada vez que se nos apagó la luz mientras subíamos. Mi amiga sudaba en frío. Estaba mal, muy mal. Intenté bromear para que se relajase un poco: “Parece que tarda en abrir… Se estará colocando bien el ojo de cristal”. Resultó, pero se puso más nerviosa aún.

Cuando se abrió la puerta, mi primera impresión fue buena. Era lo que esperaba ver. Una señora entrada en años con un vestido muy folclórico, adornado con velo morado y unos largos pendientes que aparentaban unos atrapasueños. Mientras mi amiga se presentaba con nombre y apellidos, lugar de residencia y demás, yo entré con un simple: “Hola”. Mientras le explicábamos el motivo de nuestra visita, la “bruja” puso su mirada fija en mí y no me quitaba ojo de encima. Me estaba empezando a incomodar cuando, cada vez que me movía, me seguía con su mirada. Harto de su seguimiento visual, y ya que yo no me corto para nada en lo que digo y pienso, me dediqué unas sencillas preguntas: ¿qué pasa? ¿te gusto?…

Fuente de la imagen

Su respuesta fue tan rápida como corta, ni que estuviese esperando mis dudosas preguntas. Con un simple: “Noooo”, se deshizo aquella neblina de silencio que se había formado entre ella y yo. Me agarró del brazo y me arrastró tras de sí hasta un saloncito muy mono y muy bien decorado. Al más estilo burdel de periferia, con una mesita redonda en el centro, nos hizo tomar asiento en aquellas incómodas sillas decoradas con cojines de colores, muy a los años 50. Mi amiga no reaccionaba. Se fijaba en toda la decoración existente y no perdía detalle ninguno. Yo, en cambio, no dejaba de lado la mirada de la bruja que no dejaba de hacerme preguntas estúpidas para mi gusto. Cuando me cansó, le dije en voz aletardada y un poco fuera de tono: “Mire, señora. He venido a acompañar a mi amiga a que usted le eche las cartas y le pase el agua o lo que quiera. Sinceramente, creo que es una grandísima pérdida de tiempo estar aquí. Ella es la que cree y la que le va a pagar. Repito que yo solamente he venido a acompañarla. Me hubiese quedado en la Feria de Muestras, que aún me quedaba muchas cosas por ver…” La dejé perpleja, no se lo esperaba. Puso una cara muy mística y, muy seria, intentó responder algo, pero no debió atreverse. Se quedó como con cara de mal humor. Pensé que la había cagado. Me preguntó si yo creía en lo paranormal, en los espíritus, en lo evidente aunque no esté al alcance de la vista, en la vida después de la muerte, en puertas astrales… y no sé qué más paranoias más. Le dije que sólo creo en mis propias posibilidades. Que creía en lo justo y nada más. No dispongo de tanto tiempo para dedicarme por completo a ello. A partir de ese momento, el diálogo entre ella y mi amiga se desvaneció por completo y se fue centrando en mí. No sabía por dónde salir de aquella conversación. No encontraba ni pies ni cabeza, ni por dónde sostener aquel diálogo…

CONTINUARÁ…

Jezabel ✻ 🂽

ETÉREO (078)

Cuando se abrió la puerta, mi primera impresión fue buena. Era lo que esperaba ver. Una señora entrada en años con un vestido muy folclórico, adornado con velo morado y unos largos pendientes que aparentaban unos atrapasueños. Mientras mi amiga se presentaba con nombre y apellidos, lugar de residencia y demás, yo entré con un simple: “Hola”. Mientras le explicábamos el motivo de nuestra visita, la “bruja” puso su mirada fija en mí y no me quitaba ojo de encima. Me estaba empezando a incomodar cuando, cada vez que me movía, me seguía con su mirada. Harto de su seguimiento visual, y ya que yo no me corto para nada en lo que digo y pienso, me dediqué unas sencillas preguntas: ¿qué pasa? ¿te gusto?…

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Su respuesta fue tan rápida como corta, ni que estuviese esperando mis dudosas preguntas. Con un simple: “Noooo”, se deshizo aquella neblina de silencio que se había formado entre ella y yo. Me agarró del brazo y me arrastró tras de sí hasta un saloncito muy mono y muy bien decorado. Al más estilo burdel de periferia, con una mesita redonda en el centro, nos hizo tomar asiento en aquellas incómodas sillas decoradas con cojines de colores, muy a los años 50. Mi amiga no reaccionaba. Se fijaba en toda la decoración existente y no perdía detalle ninguno. Yo, en cambio, no dejaba de lado la mirada de la bruja que no dejaba de hacerme preguntas estúpidas para mi gusto. Cuando me cansó, le dije en voz aletardada y un poco fuera de tono: “Mire, señora. He venido a acompañar a mi amiga a que usted le eche las cartas y le pase el agua o lo que quiera. Sinceramente, creo que es una grandísima pérdida de tiempo estar aquí. Ella es la que cree y la que le va a pagar. Repito que yo solamente he venido a acompañarla. Me hubiese quedado en la Feria de Muestras, que aún me quedaba muchas cosas por ver…” La dejé perpleja, no se lo esperaba. Puso una cara muy mística y, muy seria, intentó responder algo, pero no debió atreverse. Se quedó como con cara de mal humor. Pensé que la había cagado. Me preguntó si yo creía en lo paranormal, en los espíritus, en lo evidente aunque no esté al alcance de la vista, en la vida después de la muerte, en puertas astrales… y no sé qué más paranoias más. Le dije que sólo creo en mis propias posibilidades. Que creía en lo justo y nada más. No dispongo de tanto tiempo para dedicarme por completo a ello. A partir de ese momento, el diálogo entre ella y mi amiga se desvaneció por completo y se fue centrando en mí. No sabía por dónde salir de aquella conversación. No encontraba ni pies ni cabeza, ni por dónde sostener aquel diálogo…

CONTINUARÁ…

Jezabel ✻ 🂽

COMO UN SUEÑO (074)

Quisiera contar una vivencia basada en hechos reales. No estoy muy seguro, pero creo que fue en el verano del 2003, en Gijón, en pleno agosto. Un agosto muy caluroso. De la calle no logro acordarme. Me costaba hasta escribirla. Del nombre de ella, sí. Concepción se llamaba y, de oficio, bruja.

Fuente de la imagen

Tengo una amiga que cree en todo cuanto se pueda creer. Creyente a más no poder. Mitomaníaca, supersticiosa y devota compulsiva. Se moriría si se le cruzara un gato negro, sin ser capaz de remediar algo pronto para deshacer el entuerto. No pasa por debajo de las escaleras apoyadas en la pared. Creo que, incluso, no pasa ni por las que están cerradas y en el suelo. Se levanta con el pie derecho siempre y reza cada vez que sus pies tocan la calle. Como si en casa no le fuese a pasar nada malo. Lleva consigo todo tipo de amuletos “mágicos” para ahuyentar todo mal de su lado. Llega a irritarte con su mirada inquieta, cuando no te quita ojo de encima, para ver lo que haces o dejas de hacer. Resulta molesta a veces pero se le acaba cogiendo cariño. Tiene otro tipo de cualidades que le hacen innata. Me ayudó en momentos clave de mi vida y, por muchas rarezas que tenga, me gusta como es. Sabe de sobra que yo no creo en esas estupideces. Con la suerte se tropieza de vez en cuando y que, cuando algo malo te pasa, es porque algo mejor está a punto de cruzarse en tu camino.

Pues bien. Aquel sábado caluroso de agosto no había nada bueno que hacer. Lo primero, pisamos la Feria de Muestras a una hora muy prudente y, cuando empezó a apretar bien el sol, salimos de aquella ratonera y fuimos directos a tomar unas cervezas a una terraza, a orilla del Piles, lindando con Somió. Por la tarde, ella había quedado en un gabinete de esoterismo, con una de esas que se hacen llamar brujas. Accedí a acompañarla, no me lo podía perder por nada del mundo. Me debatía entre pasar calor o reírme un rato, no lo dudé ni un instante. La cuestión era echar las cartas y pasar el agua, porque algo malo le estaba pasando. O eso afirmaba. Llevaba unas semanas muy malas y no había manera de quitarse el supuesto mal de ojo que le habían echado. Aparcamos el coche en El Molinón y decidimos ir caminando. Mala idea. Demasiado largo el camino, mucho sol y poco dinero en el bolsillo para refrescar la garganta. El trayecto, poco alentador. Las “batallitas” que me iba contando amargaban mis pasos. De repente, me dijo: “aquí es”. Una luz se me iluminó.

Respiré lentamente y esbocé una sonrisa, antes de meterme en aquel sombrío portal. El aire era fresquito allí dentro, pero no disponía de ascensor y encima era un quinto piso. Supuse que, al ir a ver a una bruja, era lo normal el vivir lo más cerca posible del tejado. Para qué quería un garaje, pudiendo usar la escoba para moverse por la ciudad… La luz de la escalera se nos apagaba casi en cada piso. Qué ganas de llegar al quinto… Si todas las puertas de las viviendas, disponían de un timbre normal y corriente, ésta no iba a ser tan vulgar. A falta de timbre, en la puerta colgaba una mano sujetando una bola, de algo parecido al cobre, pero roñoso. Saqué la mano del bolsillo y me decidí a dar con fuerza a la puerta. Que se imaginase la bruja qué tipo de gente era la que llegaba a su casa. Gente con decisión y sin miedo. Todo mentira. Si mi amiga estaba acojonada, yo creo que más, pero solamente respiraba cierto respeto. Aquel sitio me ponía los pelos de punta. Menudo antro de perdición, ni en las mejores películas se encontraba algo así. Golpeé la puerta, si no recuerdo mal, unas cinco veces. Una por cada vez que se nos apagó la luz mientras subíamos. Mi amiga sudaba en frío. Estaba mal, muy mal. Intenté bromear para que se relajase un poco: “Parece que tarda en abrir… Se estará colocando bien el ojo de cristal”. Resultó, pero se puso más nerviosa aún.

CONTINUARÁ…

Jezabel ✻ 🂽