UN CAFÉ COMO EN PARÍS (215)

Al conocer ese bar pensé inevitablemente en Toulouse-Lautrec y en el espectáculo de la vida. A Lautrec le interesaba exclusivamente el hecho humano, el ambiente y el paisaje son sólo un complemento. “No existe más que la figura” -le decía a su amigo y biógrafo Joyant- “El paisaje no es nada y no debería ser sino un accesorio”. “El paisaje sólo debería usarse para hacer más inteligible el carácter de la figura”. Su elección temática era el mundo del circo, los espectáculos, los cafés, los cabarets y los prostíbulos, visto sin condenas moralistas pero también sin complacencias sensuales. Lo que a él le interesaba registrar era la vida, tal como era, no como pudiera ser o parecer. La actitud de un cuerpo femenino en reposo o danzante, el ademán de un brazo, la mueca de una boca, una mirada captada en el instante de su máxima expresividad gesticular.

El Café de la Plaza, de Concepción del Uruguay, siempre me produjo esa misma sensación. Un lugar ameno para la reunión con los amigos, un espacio incomparable para leer el diario con un delicioso olor a café con leche por las mañanas, acompañado por las inevitables medialunas y con ese rumor inconfundible de los grandes cafés del mundo,  que al caer la tarde, se pueblan con gentes de todo tipo que buscan refugiarse alrededor de sus mesas.

Ese viernes era también especial. Tocaba el grupo de “Chaca y un, dos, tres…probando” con todo su chévere. Por lo que sabía, harían dos entradas y ya se acercaba la hora de la primera. Cuando lo anunciaron, el café estaba atestado de gente expectante. El «Chaca» Apeceche en el teclado, Analía Chichizola, en voz y guitarra y Verónica Sommer en voz.

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Sombra, Thalía, Gal Costa, Vinicius de Moraes, Chico Buarque y otros monstruos de la música caliente y sensual latinoamericana, hicieron que el ritmo se vuelva febril desfilando por entre las sillas del café. El clima llegó al paroxismo cuando anunciaron que habían convocado para la reunión a la batucada de la Comparsa Aimará, con la presencia estelar de su pasista «Pachi», que arrancó más que aplausos. Estallaron gritos alucinados de más de un parroquiano del lugar. Cuando Pachi empezó a contornearse y a vibrar al ritmo de la música del Brasil, sentí que me faltaba el aliento. Como pudimos, nos pedimos otra vuelta de cafés con algo más, para soportar estoicamente las alucinaciones que nos producía la calentura de la imaginación. Los algo más de los cafés eran: Ron (en el Cubano), Cointreau (en el Suizo), Whisky (en el Irlandés) y  Cognac (en el Napoleón). Como era muy fuerte, la alucinación se entiende, acompañamos el café con un par de copas supletorias para soportar estoicamente la diminuta bikini que lucía la pasista.

         Con la cadencia de la batucada, Pachi arrancó balanceando sus caderas vestida por una diminuta bikini con flecos confeccionados de mostacillas y colores brillantes. Con la luz direccional de los reflectores sobre el pubis, las mostacillas parecían un calidoscopio lanzado a velocidad vertiginosa. A medida que los redobles se multiplicaban, el cuerpo de la pasista se contorneaba de pies a cabeza vibrando rítmicamente y, ofreciendo al acalorado público, un espectáculo con alto contenido erótico. Inevitablemente tenía que suceder. Con el apretujamiento y el abundante alcohol, desde la barra atestada de gente, se fue abriendo paso un borracho que a los empujones se dirigió directo al escenario exhibiendo impúdicamente un puñado de dinero en su mano derecha.

         – ¡Permiso, dijo un petiso! ¡Ya voy, mi amor…, a ver como bailás para mí solito!  ¡Dale, perra…, yo te pongo estos billetes en el concherito pero tenés que mover el culito para que te vea de cerca! – Y a medida que balbuceaba, con mano torpe, intentaba sujetar los billetes en el elástico de la bikini de Pachi.

– ¡Rajá de acá, borracho de mierda, si no querés que te estropee la trompa! – Dijo el morocho del bombo mayor, blandiendo amenazadoramente el mazo frente a la cara del atrevido parroquiano.

         – ¡A quién vas a estropear, croto! – Se encocoró el borracho, poniéndose en guardia, y allí se armó una trifulca mayor porque empezaron los forcejeos entre todos los que estaban cercanos al escenario.

         Mientras tanto, el resto del auditorio había hecho un profundo silencio tratando de no perderse detalle de la pelea. Todos estaban pendientes del morocho y del borracho y especulaban con las dotes pugilísticas de cada uno; cuando, desde el fondo del bar, se escuchó un reclamo alcoholizado pidiendo más acción:

         – ¡Sangre…, quiero ver sangre! ¡Sangre…, quiero ver sangre!…

         – ¡Si querés ver sangre, pinchate el culo! – Contestó muy suelto de cuerpo el borracho que había iniciado la trifulca y, con la carcajada general, se dio por terminado el conflicto.

*** Daniel Omar Granda ***

LAS TETAS DE ANGELITA (211)

Siempre me obsesionaron las tetas pero, las de mi tía Angelita, eran algo descomunal. La tía era solterona y en realidad, tampoco se sabía que fuera pariente en línea directa. Angelita era una gringa grandota y  fuerte como un buey, prima lejana de la abuela Rosa, había venido a la casa de la calle San Luis, por unas semanas solamente, para ultimar los detalles de su casamiento con un candidato que vivía en Buenos Aires. Como nunca se casó, terminó compartiendo la pieza con mi madre, a la que llamaban Porota.

Angelita tenía horarios poco regulares porque era enfermera así que, a veces, trabajaba por las noches en un sanatorio privado y otras, durante el día en el Hospital de Niños. Nunca sabíamos cuando la tía iba a estar en la casa y eso nos desorientaba, porque de ello dependía nuestra propia seguridad infantil.

Como no tenía hijos, Osvaldo y yo, éramos su debilidad. Nos llegaba a perdonar la peor de las travesuras y siempre fue el aliado indispensable cuando el pelotazo artero acertaba  en el vidrio de la puerta del tío José, o sobre el jarrón de la abuela. Angelita, con sus dos tetas enormes, se interponía entre la paliza segura y nosotros. Fue el mejor abogado de causas perdidas que tuvimos durante la infancia, hasta que un día, sin muchas explicaciones, se volvió a Rojo y nunca más supimos de ella.

Gustaba, como todas las mujeres de la casa, del cotorreo incesante que acompañaba la ronda de mate en el centro neurálgico de la casa de la calle San Luis: la cocina. Angelita tenía la voz gruesa y la risa fácil. Como buena gringa, era bien dispuesta para el trabajo y como a ella le gustaba asegurar en su jerga de enfermera: ¡Nunca le sacaba el culo a la jeringa¡ Siempre se mostraba solícita para cualquiera de la familia que pudiera necesitarla.

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Su más secreto orgullo y motivo de todas las cargadas familiares eran esas dos tetas enormes que lucía con particular satisfacción. Lo notorio no era el tamaño sobrenatural de las mismas sino su propia consistencia. En ellas no había artificio, era todo absolutamente natural. Además, se destacaban particularmente, porque la tía Angelita tenía la cintura diminuta, anchas las caderas, piernas fuertes pero bien torneadas y una alzada espectacular de yegua percherona salvajemente elegante.

En la mesa de los domingos, cuando no estaba trabajando, todos esperábamos el momento en el que la tía se sentaba relativamente lejos de la mesa, iba corriendo con disimulo la silla hasta apoyar literalmente las tetas sobre el borde de la tabla y, acomodaba el plato con los ravioles o los fideos estratégicamente justo en el centro, para intentar llevar el tenedor a la boca sin que se le escurriera por el escote algún resto desagradable de pasta. Era un espectáculo aparte. Hacíamos apuestas para ver en qué momento la tía se distraía y un tallarín, serpenteando en el aire, desaparecía como por arte de magia entre los atributos con que la naturaleza la había dotado.

Una siesta de verano, con un calor y una humedad verdaderamente insoportables, entré como una tromba en la pieza de mi madre. Ella no estaba y yo, necesitaba urgentemente las rodilleras y los botines de fútbol que guardaba en su ropero. En medio de la penumbra, empecé a revisar todos los estantes para encontrarlos. Al pasar de un cuerpo del ropero al otro, sobre la luna del espejo del centro, vi un espectáculo que me dejó sin aliento.

A mis espaldas, acostada en su cama y tapada con una sábana hasta la mitad del cuerpo, dormía la tía Angelita. Estaba desnuda y cada una de sus tetas reposaba distraídamente al costado de su cuerpo.

Tenso como un gato me di vuelta lentamente. Al instante olvidé mi objetivo y el poderoso imán de lo desconocido me puso en movimiento. Me fui acercando a la tía, controlando su respiración pausada. A medida que ganaba terreno, la aparente tersura de esos senos me llevaban hacia la locura de querer tocarlos. Extendí los dedos, pero no me atreví. Me contuve un instante y cobré aliento. Las manos me temblaban, el corazón galopaba tan fuerte que era capaz de delatarme. Como rindiéndome ante la octava maravilla del mundo, me fui agazapando. Estaban tan cerca de mi nariz que tuve miedo de que la respiración agitada y caliente me delatara. Las recorría una y otra vez. Desde la base de su nacimiento, en ese pecho que se expandía con rítmica respiración, hasta la curva oscura y perfecta del pezón turgente. Era una enorme ciruela jugosa con una pequeña protuberancia en la punta. Los medí, los pesé, calculé que  apenas cabrían en una fuente de regular tamaño, los olí y casi me pierdo.

Por un fugaz momento me pareció que el ritmo de su respiración cambiaba. Asustado di vuelta la cabeza y creí ver que Angelita sonreía. Fue lo último que alcancé a razonar. Con el resto de mis fuerzas, ordené a mis piernas que saltaran, salvándome por milagro del sonoro cachetazo que no pudo sonar sobre mi rostro adolescente.

*** Daniel Omar Granda ***

LA PIEL, PLACER FEMENINO (180)

¿Quieren en verdad saber cuál es el secreto, único y verdadero, del placer femenino?

A veces los misterios más grandes tienen su respuesta en la palma de nuestra mano. Literalmente. Como secreto que se precie, por misterioso y bien guardado, su desvelo no es asequible a cualquiera, no, eso le quitaría valor, de ahí que: “entiende el que puede y no el que quiere” pero, tengo el compromiso de dar luz y eso haremos hoy. Les hablaré con conocimiento, como siempre, quizás cite alguna fuente pero hoy, en honor a alguien muy especial, hablaré de mi propia experiencia. Así que, con el tono que conocemos, conjuro a las palabras una vez más…

La arquitectura de nuestro cuerpo, perfectamente diseñada (casi al límite de lo inverosímil), tiene como culminación de obra un órgano tan extenso como sensible. Y todo el mapa del placer femenino está dibujado artísticamente sobre él. El placer tiene una vinculación existencial con las sensaciones. Sin sensaciones, no hay placer. De ahí que, muchas veces como disparador  y otras tantas como en si mismo, el motor de las sensaciones se enciende, tiene su punto de partida en cualquier punto de este mapa…

La piel en toda su extensión, en cada centímetro de ella, es el vehículo que nos transporta sin escalas al placer. El conocedor sabe qué lugares de este mapa y su ubicación obtienen una respuesta más directa y qué lugares no. La piel nos separa del mundo y, a la vez nos conecta con todo; y, cuando está concientemente estimulada, responde de un modo que a veces pareciera tener voluntad propia.

La piel es ama y señora, la piel decide. La piel por cercanía o contacto nos dice que tan cerca o que tan lejos puede llegar el otro. La piel nos alerta y a la vez anestesia, la piel es el horizonte de nuestro cuerpo. Sin piel, desconoceríamos el universo del placer.

Hay pieles que responden a otras pieles, se llama química. Hay pieles que se encienden con otras pieles, hay pieles que se funden con la que le sabe provocar y es difícil ver dónde empieza una y dónde termina la otra. La piel es un órgano inteligente, toma decisiones y las comunica al cerebro. Acercarse de mal modo, o del modo incorrecto puede hacer que nuestra piel reaccione. En la intimidad, no es muy distinto. Muchas veces el hombre se preocupa por el órgano sexual, los modos de estimularlo, las poses, las formas… y se olvida que, todos los órganos sexuales, están recubiertos por piel. Antes de aprender a estimular nada hay que saber cómo tocar una piel.

Millones de terminales nerviosas conforman la piel. Existen lugares de alta sensibilidad erógena, más en la mujer: el cuello, los oidos, la ingle, el límite entre la espalda y la cola, esa región donde el cuerpo femenino hace como un medio arco en la mayoría de las mujeres.A los comúnmente visitados, pezones y clítoris, estas regiones tienen la capacidad de procesar a velocidad de la luz la respuesta sexual femenina, antes de estimular mecánicamente, clítoris o pezones, predispone al goce, relaja.

La previa del encuentro sexual, quizás por una sobredosis de información, precondiciona al varón en general a que, juego previo, es estimulacion directa del clítoris, pezones o zona anal.

El hombre como humano avanzó mucho y lo seguirá haciendo pero, en cuestiones sexuales, seguimos siendo muy primitivos. Y en la mujeres seguirá ganando el que sabe más cómo que dónde.

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El roce no sólo es necesario sino fundamental. La caricia tiene un preámbulo como toda buena obra y es el roce. El roce es el acercamiento, suave, apenas presionado de una piel con otra piel. El roce toma datos que el cerebro decodifica al instante: es compatible, me gusta, me excita, puede seguir avanzando y da señales. Cambia de temperatura, humedad, se enardece, se prepara y, prepara al resto del cuerpo, para el choque, la fusión.

Acercarse a otro respetando los límites que la piel establece y violándolos cuando lo permite, marca la diferencia entre un encuentro sexual exitoso o  no. No todos nacen, si se hacen, en el arte del sexo para saber dónde exactamente una mujer explota al amar, pero todo el mundo puede y debe aprender cómo.

Generalmente, uno trata al otro como lo tratan y con la piel no es excepción. Aún para esos días donde el amor pide ser salvaje, no pensado, rápido y furioso, los dos segundos en que la mano tocó el otro cuerpo, en la conciencia de que pasa el límite del otro, es decir, está tocando su piel, hace la diferencia.

Siempre será excitante en una mujer sana con una pareja que le guste, sentir su mano sobre el pubis pero, si antes se acerca por detrás con una mano junta sus muñecas en la espalda, mientras su boca apenas roza el cuello de ella en un jadeo contenido, y con la otra baja, suave, despacio, buscando el borde de su ropa interior, creedme que si honras a la piel, ella sabe cómo retribuirte.

“Dios hizo a los gatos para darle al hombre el placer de acariciar un animal salvaje”

*Buenos vientos, navegantes* (ASTªREBRILLª)

DIBUJANTE DE SONRISAS (084)

Saboreaba el dulce prohibido de la pasión. ¡Huele ese perfume impregnado de amor! Por cada uno que nos intenta parar hoy, habrá dos que no se detendrán… tú y yo.

Quería ser algo más que un instante en tu vida, recuperando el tiempo perdido. Dibujar y dibujar, moriría dibujándote caricias, y susurrándotelas al oído. Para verte siempre sonreir…

Mis lágrimas se funden con las gotas de lluvia, aún siendo el mismo, ¿hay tiempos mejores? …nunca. Cansado de abrir y cerrar mis ojos, todo continúa igual a mi alrededor. Llorar y llorar, sé que moriré llorando, si nunca deja de llover. La vida no espera, he de seguir…

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Fuí dibujante de sonrisas para colgarlas de tu boca, tejedor de nubes para abrigo de tus sueños. He aprendido a dudar de mi mismo, negando reconocer, que ya he perdido mi sitio. A veces lloro sin saber el porqué. Inútil distanciamiento, aquí no queda nada qué hacer… Desesperado lanza el viento palabras de aliento que distan de la realidad…

Acariciando la suave brisa mostrará la herida que el tiempo no logra curar… Querías algo más que desplegar tus alas y volar… Nunca pude imaginar que tanto dolor ahogara mi corazón… Y desde tu jardín pude ver con mis ojos tristes la mirada perdida puesta en metas difíciles. Y mi voz aturdida te relataba absurdas palabras, cansadas, que apenas hoy, no sirven de nada.

Fuí dibujante de sonrisas para colgarlas de tu boca, tejedor de nubes para abrigo de tus sueños. Desesperado lanza el viento palabras de aliento que distan de la realidad… Acariciando la suave brisa mostrará la herida que el tiempo no logra curar… Querías algo más que desplegar tus alas y volar…

Nunca pude imaginar que tanto dolor ahogara mi corazón… Y desde tu jardín pude ver con mis ojos tristes la mirada perdida puesta en metas difíciles. Y mi voz aturdida te relataba absurdas palabras, cansadas, que apenas hoy, no sirven de nada.

Fuí dibujante de sonrisas para colgarlas de tu boca, tejedor de nubes para abrigo de tus sueños. Y desde tu jardín pudía ver con mis ojos tristes la mirada perdida puesta en metas difíciles. Y mi voz aturdida te relataba bonitas palabras, que ahora sé que no valen nada, nada…

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ANQUE LLEGUES AL FINAL (067)

Andes a guet’al mío camín de pasos escaecios que nun lleven a ningún llugar. Cuandu nun vives, la nuechi escríbete versos amargos d’angustia, d’ansiendad. 

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Sufres momentos de soledà y medrana cuando una lluz nidia apúntate a traición. Llores frases perdíes d’escenes vivies ente paxines escaecies d’un canciu. 

Fas cuanto dice por facer la mio vida imposible por teneme reblagau ante tos pies. 

…Y anque llegues al final, les sombres atraparánte y encueyise’l mio alma, sele y callada como les agues del mar… 

Pa siempre dolida vagará atristayá la to vida por saber que un erru desfíxoxe la niñez. 

…Y anque llegues al final, la nuechi nun cesará y estremezse’l mío alma, tibia y tentá como les agues del mar.

*TRADUCCIÓN LIBRE HECHA AL ASTURIANO POR LIONEL Y CECILIA, DE LA VERSIÓN ORIGINAL “AUNQUE LLEGUES AL FINAL”.

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INCIERTOS HÉROES Y BENDITA GLORIA (047)

El cielo se va tiñendo de gris. Sombras que atrapan destellos de luz. Corazones rotos, ira de hermanos…

Han llegado hasta mi, en silencio: traición, miradas clavadas. ¿Por quién doblan hoy las campanas? Tan lejos, tierras por conquistar. Miles, víctimas olvidadas. Inocentes, claman al cielo…

Voces que ansían ser algo más, ardiendo, bañadas en sangre. Pueblos que buscan lento su final.

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A lomos del miedo cabalgan los sueños, y lágrimas de honor, palabras que hablan de libertad. Sé de un lugar donde aún puedo soñar, siendo uno más, sin más muerte que vida.

Eco de batallas son mi soledad…

Luché para no rendirme jamás. Suspiro que aún se mantiene en pie, mantiene en pie, mantiene en pie…

Fruto de vida dando sin tener. Honor y gloria, nada que ofrecer, nada que ofrecer, nada que ofrecer...

Sin amor, injusta soledad. Llantos, su maltrecho caminar. No mueren si no se olvidan…

A lomos del miedo cabalgan los sueños, y lágrimas de honor, palabras que hablan de libertad. Sé de un lugar donde aún puedo soñar, siendo uno más, sin más muerte que vida.

Eco de batallas son mi soledad…

Luché para no rendirme jamás. Suspiro que aún se mantiene en pie, mantiene en pie, mantiene en pie…

Fruto de vida dando sin tener. Honor y gloria, nada que ofrecer, nada que ofrecer, nada que ofrecer...

Sin amor, injusta soledad…

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